Sergio Abreu
Sergio Abreu

Las verdaderas certezas

Luego de la caída del muro de Berlín y del colapso del socialismo real Fukuyama y Huntington hicieron sus diagnósticos llegando a conclusiones diferentes; el primero, sentenciando el fin de la historia, y el segundo, anunciando que la globalización se enfrentaría a un choque de civilizaciones por conflictos raciales y religiosos más allá de los económicos que rigieron las controversias del “siglo corto” como lo describiera Hobsbawn.

Luego de la caída del muro de Berlín y del colapso del socialismo real Fukuyama y Huntington hicieron sus diagnósticos llegando a conclusiones diferentes; el primero, sentenciando el fin de la historia, y el segundo, anunciando que la globalización se enfrentaría a un choque de civilizaciones por conflictos raciales y religiosos más allá de los económicos que rigieron las controversias del “siglo corto” como lo describiera Hobsbawn.

La lectura actual de los acontecimientos mundiales no es ajena a esas definiciones más allá de las diferencias que puedan marcarse.

Uruguay no es una isla, recibe los impactos de la crisis económica mundial y de otros problemas globales y regionales como las pandemias, el crimen organizado, el narcotráfico, el terrorismo y los fenómenos ambienta-les con sus catastróficos resultados.

En el ámbito comercial el crecimiento de China, actualmente nuestro primer socio comercial, incide en nuestra economía como lo hacían en otros tiempos Brasil o Argentina; de tal modo que, bajar de un sostenido 10% en los últimos veinte años a un 6 % en el 2016 hace la diferencia para el comercio internacional, y en especial para nuestro sector exportador.

Por otra parte, la ONU, su Consejo de Seguridad y los organismos como el FMI, el Banco Mundial y la propia OMC (antes el GATT) actúan por inercia de un pasado superado por la realidad. A eso lo definimos como una crisis de la gobernanza multilateral. No hay más guerra fría entre dos bloques; por eso y otras razones de la modernidad, actores como China, Rusia, India, Japón, Europa y Estados Unidos, por decir algunos, acuerdan alianzas políticas, comerciales y negociaciones por bloques o bilaterales con una movilidad ajena a nuestra estrategia como país.

En EE.UU. se fortalecen las posiciones radicales como la del exótico Trump y el nuevo “ socialismo” de Sanders. En Europa, los refugiados generan tensiones sociales nuevas; la Sra. Merkell se ha visto obligada a aceptar inmigrantes, como varios miembros de la Unión, pagando el precio de la impopularidad; en cambio, otros Estados decidieron construir nuevos muros para contenerlos.

Francia va hacia un extremo como reacción al desempleo, el terrorismo y los refugiados; Hollande se reunió con el presidente iraní y Raúl Castro, el Papa visita a México, elogia la cultura y al pueblo chino y el rey de España pide a Sánchez (líder del socialismo) que participe en el gobierno.

Mientras tanto, los cancilleres de EE.UU. y China acuerdan promover sanciones a Corea del Norte por los desafiantes ensayos nucleares que lleva a cabo; Irán se beneficia del acuerdo nuclear con seis potencias (Alemania más los que integran el Consejo de Seguridad) y busca un acercamiento con Arabia Saudita para administrar el conflicto entre sunnitas y chiitas.

El Estado Islámico continúa con su acción terrorista y junto a los kurdos se oponen a las negociaciones de paz en Siria e intenta llegar hasta Australia con su insania destructora; simultáneamente el expresidente de Costa de Marfil, de cuerpo presente, es juzgado por genocidio ante la Corte Internacional.

¿Y nuestro continente está al margen de lo que sucede en el mundo?; ¿la caída del precio del petróleo no nos impacta a todos?; ¿el terrorismo puede seguir sufriendo de una hemiplejia moral para ser juzgado según su origen?; ¿cómo es posible que Venezuela y Brasil quieran ignorar que la Unasur y la Celac se resumen hoy en simples burocracias de utilería?; ¿quién en su sano juicio puede cuestionar la Alianza del Pacífico o el TISA por razones ideológicas?; ¿es entendible que los “progresistas” gobiernos de Chile y Bolivia tuvieran que ir a la Corte Internacional de la Haya a dilucidar sus ancestrales nacionalismos?; ¿la solidaridad es un “traje de medida” para cada circunstancia?; ¿nadie reconoce que Perú y Paraguay son las economías que más han crecido en los últimos tiempos sin necesidad de “patotear” a los demás?; ¿que esperamos; que el virus del zica que se extiende en el continente y más allá, se le atribuya también a una conspiración de la “derecha”?

Los objetivos de nuestro país son concretos: defender al que produce, apostar a una apertura con visión estratégica, consolidar la conectividad física en la Cuenca del Plata (como es el caso de la Hidrovía) alcanzar la autosuficiencia en generación de energía; privilegiar la gestión y la transparencia de las políticas públicas; volver a un Estado garante que transparente costos y sea evaluado por sus resultados; y fundamentalmente, llamar a la corrupción por su nombre y no definirla como “chambonadas” si los que delinquen son los “compañeros”.

Retomar la idea de la reforma del Estado como la madre de todas las reformas es la tarea central. A eso se comprometió el presidente Vázquez en su primer mandato y coincidimos con él, sin embargo, hoy todos los uruguayos sufren de una orfandad que entre otras cosas, se percibe en la Educación, la Salud y la Seguridad. La palabra final siempre la tienen las corporaciones y los sindicatos, y para decirlo claramente, ellos son los que mandan. Y así lo han hecho saber públicamente en los últimos días, pareciendo hasta una broma que los tan frentistas sindicalistas hayan puesto en funcionamiento la más eficiente máquina de impedir.

¿Los resultados de las elecciones en Argentina y Venezuela no nos están diciendo algo? ¿La caída de la popularidad de las presidentas de Brasil y Chile que las encuestas muestran es apenas una ilusión óptica?

La respuesta para Uruguay es clara. No hay otro desafío que aumentar la productividad y la competitividad; y para lograrlo, hay que bajar los costos de producción para insertarnos en mercados cada vez más globales y exigentes. ¿Y eso es tarea de Ancap, Antel o la UTE?: también puede ser, pero compitiendo y no seguir deambulando entre conceptos vacíos como la “autogestión” o monopolios cada vez más amparados por un oscurantismo antidemocrático.

En otras épocas el tiempo nos daba un respiro. En la actualidad nos quita el aire si no respiramos al ritmo adecuado. Nadie espera por nosotros, ni siquiera el chavista Maduro, que en su emergencia económica se olvidó de sus compromisos “socialistas” e incumple sus obligaciones de la misma forma que el matrimonio Kirchner, que nos llegó a considerar enemigos tan despreciables para ellos como los ingleses en las islas Malvinas.

Esas son las verdaderas certezas.

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