Sergio Abreu
Sergio Abreu

Primero: la transparencia

La transparencia es una forma de definir conductas; es también un objetivo a alcanzar para ser juzgado no solo un gobierno sino todos aquellos que tienen la responsabilidad de ejercer funciones públicas.

El gobernante a todos los niveles, administra recursos que provienen del bolsillo de la población, cualquiera sea la posición social o económica que sus integrantes tengan. Por eso, la democracia política, la economía de mercado, la Administración y las empresas Públicas conviven en una sociedad que necesita alcanzar la máxima estabilidad institucional.

El trío virtuoso integrado por la libertad política, la eficiencia y la equidad social solo puede armonizarse cuando la transparencia y la moral no se transforman en los principales elementos que afectan la credibilidad de las instituciones.

Por tanto, las condiciones para gobernar un país podrán discutirse en términos de preparación de los candidatos, la solidez de los programas partidarios y la capacidad de administrar los complejos temas de gobierno, pero esas diferencias nada tienen que ver con la consistencia moral y ética que debe exhibir toda persona que aspire a tener o tenga responsabilidades públicas debe exhibir.

El poder tiene, entre otras características, la capacidad de convocar demonios como el amiguismo, el clientelismo y la corrupción que aunque en distintos grados corren el riesgo de generalizar una peligrosa pasividad frente a todo tipo de inconductas; es más, pueden potenciar la reacción de algunos actores concentrando acusaciones más fuertes contra el adversario en lugar de reconocer las fragilidades internas y sanear los cuadros partidarios. En este escenario todos sabemos cuál es el resultado. Y ese, es aquel que la ciudadanía resume en una conocida y lapidaria sentencia: "todos los políticos son iguales".

En este contexto, la solución no viene simplemente por impulsar una renovación generacional de dirigentes. Aunque ésta siempre es necesaria y positiva, en forma alguna puede decirse, que asegura que todos los que accedan a posiciones de gobierno estén exentos del germen de la corrupción, ya que a veces sucede que muchos ya se han formado haciendo cursos intensivos de vicios viejos. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia existe entre los que se van y los que los suceden si la única diferencia termina siendo cuántos son los votos que se obtienen y no las cualidades personales de los que aspiran a gobernar?

Maquiavelo afirmaba: "los profetas desarmados perecerán". Y en cuanto a las reglas democráticas tenía razón, porque sin votos no es posible sobrevivir; pero también es cierto, que los profetas sin armas intelectuales y morales no solo perecen ellos sino que destruyen un sistema basado en la libertad al afectar su credibilidad.

Hace dos días en el convulsionado Brasil el General Antonio Hamilton Martins Mourao dictando una conferencia en la masonería aseguró que las FFAA de ese país están listas para "imponer" una solución al problema de la corrupción; el resultado fue que no recibió sanción alguna por parte de los mandos superiores ni fue repudiado por la opinión pública.

Hacemos esta mención, no para ser agoreros de dramas institucionales, sino para insistir en que la mejor forma de defender las instituciones democráticas es tener conductas transparentes antes que algunos vientos desestabilizadores puedan volver a soplar. Por eso, flaco favor le ha hecho al sistema el ex presidente Mujica al relativizar lo sucedido con el Sr. Sendic y describir una de sus acciones como una insignificante compra de un "short de baño para un empresario"; un hecho que consideró hasta ridículo ante la danza de millones de dólares descubierta en un "convento" de la Argentina y en el apartamento de un Ministro del gobierno del Brasil.

Por favor!! ¿así que el monto hace a la conducta? Si algo faltaba hasta la nueva Vicepresidente vio el inexistente título "de esa cuestión biológica" y Mujica "los papeles de tres años de esfuerzo aunque los estudios de una licenciatura tan complicada no estén terminados".

Solo falta que se sostenga que los 800 millones que perdió Ancap fueron un gasto social que no merece ser aclarado por su altruista motivación.

Que quede claro, no estamos hablando de una pecata minuta, ni en este caso ni en otros que puedan presentarse en otros partidos y como sucede también en el Partido Nacional.

Para evitar que todos los políticos sean considerados iguales, estos deben enfrentar sus responsabilidades de la misma forma que todo ciudadano; aunque deba precisarse que no es lo mismo el rumor malicioso y las habladurías que los hechos concretos.

No se trata de "cobrar al grito" como se dice vulgarmente sino de medir a todos con la misma vara. Y donde haya una desviación de conducta, sea donde sea, el criterio y los procedimientos deben ser iguales. También es lógico que una definición terminante no es lo más agradable cuando se trata de compañeros que se conocen de larga data. Pero aun así sin negarle a nadie el derecho a un debido proceso debemos insistir en que los valores a preservar son siempre superiores a los afectos partidarios y personales.

En consecuencia, la tranquilidad y estabilidad del sistema depende de cómo reaccionamos ante la falta de transparencia; y para eso la historia enseña a pesar de que nos empeñemos en sumergirnos en una amnesia voluntaria.

Roberto Campos en uno de sus escritos recordaba las leyes de Kruschev y Lenin: "los políticos", decía el primero, "en cualquier parte son los mismos. Ellos prometen construir puentes aun donde no existan ríos", y el segundo, fiel a su filosofía transpersonalista afirmaba que "era verdad que la libertad es preciosa. Tan preciosa que es preciso racionarla".

Ese es un riesgo real y tenemos que evitar que más gente siga pensando que los partidos políticos no luchan por el bien común sino que pelean por alcanzar el poder engañando a la sociedad para que les voten.

Sobre todo esto debemos reflexionar, porque al final no es que los políticos engañan sino que la población se deja engañar hasta que deja de creer en el propio sistema.

En la edad media nos recuerda Fernando Savater que el lugar donde se decidían los torneos era llamado "el campo de la verdad". Y ese campo es ahora el espacio público de lo político donde debatimos, luchamos y se nos juzga por nuestras acciones.

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