Sergio Abreu
Sergio Abreu

Honor, chumbos y duelo

El genial jurista Emmanuel Kant sostuvo que la ética nos enseña a seguir una norma moral que nos cuestiona con simplicidad: ¿esto es lo que yo quiero que todos hagan? Planteado así surge sin mayor rebuscamiento otra pregunta: ¿la crítica a la que tanto tiempo dedicamos hacia los demás tiene la misma agudeza que nuestra autocrítica?

El genial jurista Emmanuel Kant sostuvo que la ética nos enseña a seguir una norma moral que nos cuestiona con simplicidad: ¿esto es lo que yo quiero que todos hagan? Planteado así surge sin mayor rebuscamiento otra pregunta: ¿la crítica a la que tanto tiempo dedicamos hacia los demás tiene la misma agudeza que nuestra autocrítica?

Existen normas escritas y de las otras que regulan la forma en que debe conducirse cada persona en la sociedad.

En ese contexto y a todo nivel, las buenas intenciones de cualquier gobernante no alcanzan, ya que, actitudes que no son inmorales en la vida corriente lo son cuando se asumen responsabilidades públicas; por ejemplo, recibir regalos, gastar sin el debido control u obtener apoyos que hacen perder la neutralidad necesaria en la gestión de gobierno, y en particular, no tener la debida transparencia en el manejo del dinero de los sufridos contribuyentes.

Los gobernantes, sea del oficialismo o de la oposición, no solo tienen exigencias morales en el ejercicio de sus funciones, sino el deber de mostrar una preparación adecuada para cumplir a satisfacción sus obligaciones. Lo que Fernando Savater define claramente como la diferencia entre la moral y la política.

Entonces ¿qué es más preocupante, lo que se dice o las conductas? En todo caso lo que se diga sobre cualquier persona, sea verdad o mentira, tiene el ámbito de la justicia para ser aclarado; cara a cara, con pruebas y sin armas en la mano.

Plantear, en estos y en todo momento, la conveniencia de revivir el instituto del duelo en medio de escándalos, comisiones investigadoras, procesamientos y actuaciones de jueces, fiscales y organizaciones especializadas, no hace otra cosa que exponer al ridículo a quienes pretenden revivir instituciones que, cientos de años atrás, intentaron ser excepciones al delito de hacer justicia por mano propia.

El expresidente Mujica ha encendido una inconducente discusión sobre la mejor forma de defender el honor. Y si bien es cierto, que este es un patrimonio moral de personas e instituciones, sostener que se puede “limpiar” por las armas es un profundo error.

La experiencia de vida vale. Desde niño compartí el hogar de la familia Beltrán cuyo padre murió en un duelo con el Sr. José Batlle y Ordóñez.

El País (no solo el periódico) perdió un hombre público en plena juventud (36 años): al constituyente, al tribuno, al periodista, a un gladiador implacable, a uno de los primeros que se ocupó de la niñez desvalida, simplemente, porque el “honor” parecía defenderse de esa forma tan absurda como aleatoria. Pero como el joven Beltrán murió en un lance “ilegal”, porque el duelo no era permitido, se legisló después para ajustarlo a determinadas reglas que oportunamente el legislador derogó en 1991 contando con mi convencido voto como senador.

En estos días, se habla de volver a instalar el “duelo” como instituto idóneo para limpiar el honor de las personas. Cuesta aceptar que destacadas cabezas de distintos partidos insistan en engañarse a sí mismos sosteniendo que un enfrentamiento armado entre dos personas deje librado al azar la vida de los que pretenden defender “su honor”.

También pueden preguntarse ¿bajo qué normas, se definió el honor de los ejecutados por “justicieras armas” cuando la Constitución y la ley regían? Al infortunado gaucho Pascasio Báez ni siquiera se le dio la oportunidad de elegir un “duelo criollo” a facón y de poncho enrollado en el brazo; y así murió por una inyección de pentotal suministrada por un profesional integrante de las huestes del expresidente.

Se argumenta que el honor de los tupamaros está afectado por imputaciones que vinculan a una tupa- banda que en tiempos de recuperada la democracia aparentemente delinquía con el fin de obtener recursos para su sector político. Más allá de esa “epidermis de doncella” que se eriza ante esos roces dialécticos, lo cierto es que, en los episodios del Filtro un ómnibus repleto de armas se llevó al propio hospital para enfrentar a las fuerzas de seguridad que trasladarían a los “terroristas etarras” al aeropuerto para ser embarcados en un avión enviado por el presidente Felipe González.

Clausurada la Radio Panamericana por convocar a la gente a resistir una decisión de la Suprema Corte de Justicia, le fue aplicada una multa de varios miles de dólares. Según el libro “Un cero a la izquierda” el dinero fue aportado por los “compañeros” de Sendero Luminoso. Y del origen de esos recursos ¿no hay nada que decir o aclarar? ¿El honor terrorista es otro?

El Uruguay necesita de gobernantes que dejen de hacer tantas gárgaras respecto del honor y se concentren en cumplir con la obligación de respetar el derecho y demostrar que las promesas hechas se cumplieron; ¿por qué si a un actor político se le acusa de demagogo o mentiroso el duelo es el único camino para limpiar su honor?

Lo que vivimos con tanta intensidad necesita de una discusión permanente. Y los espacios periodísticos deberían utilizarse para discutir el rumbo que toma el país, el destino de las nuevas generaciones y el grado de transparencia en el actuar de todos los que toman decisiones que impactan en la sociedad. Si el duelo se volviera a instalar una arcaica cursilería ocuparía esos espacios con resultados aún más negativos sobre políticos de todos los partidos.

La que está realmente de duelo es la ciudadanía que con perplejidad se entera de procesamientos, comisiones investigadoras y del trabajo de jueces, fiscales y órganos de transparencia que intentan preservar el “honor colectivo” ante conductas de gobernantes del pasado y del presente.

En realidad, lo que nos debería preocupar es lo que sucede en nuestro país, en la vecindad y en la mayoría de los países del mundo desarrollado y subdesarrollado; sociedades con el sentido del “honor” más que devaluado.

La tarea es más simple. La Justicia se debe dignificar respetando el principio de separación de poderes. Esa es la mejor y única forma de hacer “honor” a los valores republicanos y a la estabilidad democrática.

Los “chumbos” y las espadas no limpiaron ni limpian el honor de las personas.

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