Sergio Abreu
Sergio Abreu

Un documental infiltrado

El fanatismo, la intolerancia y el odio andan siempre de la mano. Nos hemos enfrentado desde hace décadas a distintas expresiones que descalifican e insultan a los que piensan distinto. Cipayo, reaccionario, fascista, gusano, burgués, son términos peyorativos que se adjudican a los mal nacidos que no apoyaron la revolución cubana o critican la dictadura del chavismo de Maduro.

El fanatismo, la intolerancia y el odio andan siempre de la mano. Nos hemos enfrentado desde hace décadas a distintas expresiones que descalifican e insultan a los que piensan distinto. Cipayo, reaccionario, fascista, gusano, burgués, son términos peyorativos que se adjudican a los mal nacidos que no apoyaron la revolución cubana o critican la dictadura del chavismo de Maduro.

Una forma de intimidar a los que discrepan, en ejercicio de su libertad, con lo que otros defienden como lo único decente y aceptable que hay en el universo; es decir, los portadores de un pensamiento totalitario que cree en la democracia solo para llegar al poder y reniega de ella a la hora de entregarlo.

Los que así actúan no toleran ni perdonan nada y aprovechan como es lógico toda oportunidad para infiltrarse en otras filas, relativizar su intolerancia utilizando falsas cercanías con notorias personalidades y emitir confusas señales con claras intenciones políticas.

Esa conclusión puede extraerse del tan comentado documental sobre Wilson. Emocionante en muchos aspectos, pero teñido de testimonios de tupamaros que en plena democracia se erigieron como justicieros armados para destruir las instituciones, provocar como reacción una dictadura militar y transar después con ella al precio de proscribir a Wilson para evitar que el pueblo eligiera sin limitaciones.

La producción es buena y hay que reconocerlo, pero el contenido muestra que varios de los depredadores que hablan, más allá de los diálogos que mantuvieron en el pasado, no han sido capaces de hacer la mínima autocrítica. Wilson no se merece que estos participen sin que surja claro que eran sus enemigos porque ni él ni el Partido Nacional nada tuvieron que ver con los asaltos, secuestros y atentados que significaron una lamentable violación de los derechos humanos en el Uruguay.

El oportunismo es una enfermedad de la política. Y lo hemos tolerado sin denunciar que los que insisten en definirse de izquierda han hecho del progresismo revolucionario la única rectoría moral orientada a ser la voz de los más necesitados, la abanderada de la justicia social desde la mayoría de los paraninfos, facultades, movimientos estudiantiles y sindicatos autoproclamados defensores de los derechos de los trabajadores.

Da pena ver en un documental sobre Wilson a los primeros que lanzaron el ladrillazo ideológico de la lucha de clases con armas en sus manos. Y que lo enfrentaron cuando al salir de la prisión le tendió la mano al gobierno del Partido Colorado para evitar que el pasado se repitiera, incluso sin haber participado en el Pacto del Club Naval y en su discutido alcance que intencionalmente dejó “sobrevolando” temas tan delicados sin definir.

La democracia es generosa, tanto que a través del pronunciamiento popular, esos mismos han llegado a ser y son gobierno. Y se cuidan muy bien de advertir que si Wilson viviera estarían sufriendo el juicio implacable de su honestidad intelectual y personal; les estaría diciendo como verdadero blanco que no tienen derecho a mancillar la Constitución y menos a gobernar bajo la consigna de “cómo te digo una cosa te digo la otra”. Es más, les acotaría que la corrupción no es solo un bolsillo deshonesto sino poner al servicio de la concentración de poder las instituciones del Estado.

¿Dónde podemos imaginar que hubiera estado Wilson cuando se extraditaron los etarras? ¿En el Hospital del Filtro con algunos de los que aparecen en el documental? ¡NOOO! Si hoy fuera Senador ¿acaso estaría callado viendo cómo se esfumaron millones de dólares de Ancap o ahorrando ironías sobre el triste episodio que atraviesa el gobierno con la situación del Vicepresidente? ¡NOO! ¿Cuánto duraría el Ministro de Economía que nunca coincidió con sus ideas y se presenta como un elegido para elaborar el Proyecto de la CIDE que el Partido Nacional, Washington Beltrán, Enrique Iglesias y el propio Wilson impulsaron con visión de futuro? ¿Qué opinión hubiera emitido sobre el “estropicio” jurídico y empresarial de Pluna? ¿Cuánto tiempo podría haber durado en el cargo el Ministro del Interior si en estos tiempos fuera interpelado por Wilson por la permanente inseguridad que vivimos? ¿Podrían hoy arriesgarse a polemizar con él sobre todos estos temas? Seguramente ¡NOO!

Es natural entonces, que con forzada sabiduría hayan aceptado compartir un recuerdo a una figura nacional que no quisieron ni les conmueve hoy. La izquierda es por naturaleza hija de la palabra; con ella se articuló la denuncia de que Wilson Ferreira era financiado por la Esso, con ella lo combatieron por burgués y capitalista, con ella abjuraron de la democracia y arrastraron a cientos de jóvenes a creer que el plomo era en lugar de los votos un instrumento legítimo para transformar la sociedad.

Pero lo que más preocupa es que siguen pensando que lo político está por encima de lo jurídico. Y más lamentable es, comparezcan hipócritamente en un documental donde el personaje central sintió el orgullo de pertenecer a una colectividad que recoge en su propio escudo su lema histórico de Defensores de las Leyes.

Todo eso es lo que nos hace reaccionar. Que nada tiene que ver con el rencor sino con la memoria y la coherencia. El rencor no anida en el corazón de un verdadero demócrata porque no solo envenena al rencoroso sino a toda la sociedad. Pero cuando los que fueron invitados a comentar la historia personal de Wilson, abrazados a Castro y a Maduro, no aceptan que la seguridad jurídica es el único instrumento que hace de la tolerancia un estilo de vivir en sociedad, se concluye que el oportunismo pudo más que el valor de los principios que Wilson y su Partido siguen representando.

Sin duda alguna, algunos podrán decir que no seguimos el curso hegemónico de lo políticamente correcto. Tienen derecho a pensar así. Pero las diferencias se deben marcar, no para descalificar a nadie, sino para evitar que lo hegemónico avance de tal forma, que cuando queramos reaccionar sea tarde y nos encontremos con un taimado e irreversible consenso instalado en la sociedad. Y en ese momento no habrá remedio que lo cure ni documental que lo denuncie.

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