Sergio Abreu
Sergio Abreu

Definiciones necesarias

El Emperador Adriano en sus famosas crónicas definía a la Paz como la “libertad tranquila”. Analizada desde esta década puede decirse que pocas sombras se ciernen sobre la estabilidad de nuestro sistema democrático porque los partidos políticos uruguayos a diferencia de la implosión que han venido sufriendo en Brasil, Argentina o Perú, para poner unos ejemplos, mantienen sus estructuras firmes a pesar de los remezones internos que experimentan.

El Emperador Adriano en sus famosas crónicas definía a la Paz como la “libertad tranquila”. Analizada desde esta década puede decirse que pocas sombras se ciernen sobre la estabilidad de nuestro sistema democrático porque los partidos políticos uruguayos a diferencia de la implosión que han venido sufriendo en Brasil, Argentina o Perú, para poner unos ejemplos, mantienen sus estructuras firmes a pesar de los remezones internos que experimentan.

En nuestro caso, las mayorías parlamentarias obtenidas por el Frente Amplio desde el 2004 se han hecho jugar luego de negociaciones realizadas fuera del Parlamento, por lo que, tomadas las decisiones ninguna modificación es admisible, por razonable que sea, en función del riesgo que alterar el difícil equilibrio inestable de esa fuerza política.

Esta situación no durará mayor tiempo, ya que, en las próximas elecciones el Partido que llegue al gobierno seguramente tendrá que negociar con los demás los votos necesarios para alcanzar las mayorías. Un gran desafío para el sistema político porque las situaciones que se planteen transmitirán a las demás fuerzas serios conflictos internos en relación las decisiones que deban tomar.

Este eventual escenario debe servir de advertencia a todos los Partidos Políticos, porque mas allá de sus destacadas antigüedades no tienen extendida la garantía de su subsistencia ni siquiera por el 10% de lo que llevan de vida institucional.

Por esa razón hay que insistir en que democracia sin partidos políticos no existe. Convivencia y tolerancia son los pilares que defienden la libertad y los derechos fundamentales de todas las personas. Por ello, está muy bien festejar y recordar cada episodio partidario que hace a la contribución de la formación histórica del país, que desde hace 180 años han corrido en forma paralela.

Pero no puede confundirse música con ruido, ni recuerdos con nostalgia; y mucho menos caer en una patología discursiva inconducente a la hora de resaltar los valores que hacen a la esencia de nuestra sociedad.

Lo cierto es que en estos tiempos el futuro ya no es como lo imaginamos.

La realidad nos obliga a ajustar conductas, corregir comportamientos, estudiar, intercambiar ideas, competir sin mezquindades, trabajar sin pensar sólo en candidaturas, en definitiva, tener una visión estratégica sin perder la armonía interna. En otras palabras, todo esfuerzo en la democracia debe canalizarse a fortalecer los Partido Políticos con pragmatismo y sólida estructura moral.

Por otro lado, también es cierto que dirigentes con carisma y dedicación deben renovar cada colectividad política; es de su naturaleza “enamorar”a sus seguidores y es lógico que sientan con orgullo el bramido de un pueblo esperanzado que los vota y los acompaña.

Pero eso solo se logra con sentido de unidad y compitiendo lealmente por lograr la preferencia de la ciudadanía través de rescatar valores, cultivar las buenas relaciones dentro y fuera de cada Partido y hacer de la formación el principal distintivo personal a tener en cuenta para encarar las tareas de gobierno.

Sin embargo, nada vale sin una organización política que ofrezca diversas opciones; y menos, si sus sectores en su afán de perfilar sus candidatos descalifican a quienes dirigen o acompañan otras expresiones partidarias.

Un Partido pierde autoridad cuando no puede disciplinar los excesos o es ganado por el egoísmo de los que creen que nació o muere con ellos.

Esa forma de pensar deriva hacia el principio letal de que el fin justifica los medios por lo que los recursos que se obtienen se destinan a comprar conciencias en vez de extender la mano a aquellos que solo abrigan la esperanza de vivir en una sociedad mas justa; tan es así que cuando el clientelismo y la demagogia se instalan en la sociedad la democracia pierde toda su credibilidad.

Por estas razones, grandeza y alegría son los mejores atributos de cualquier dirigente cualquiera sea su nivel. Y estas deben volcarse primero hacia el interior de la vida partidaria, porque es el único medio de responder al clamor de una colectividad política que no sólo se alimenta de entusiastas militantes sino de una creciente masa ciudadana que migra de un partido a otro tratando de superar su descreimiento.

En tiempos turbulentos donde la inseguridad es la norma, la buena educación una excepción y la calidad de vida una incertidumbre, los que valoran algo mas que lo material no quieren divisiones, ni enfrentamientos ni protagonismos desmedidos. Sólo aspiran a verse reflejados en conductas y hechos concretos que muestren que un Partido es un instrumento de buen gobierno y no un refugio de oportunistas que mantienen su compromiso ligado a su destino personal.

Por esas razones un Partido Político no es un inmueble decorado con símbolos y retratos que refieren a su pasado histórico. Tampoco es un lugar para que sus autoridades cumplan con formalidades mientras que los dirigentes mas significativos prefieren aislarse en sus escritorios rodeados de sus incondicionales.

Que no se nos interprete mal. Y que nadie piense que estos comentarios tienen un destino personal. Decimos lo que muchos nos reclaman: firmeza para enfrentar al gobierno y unidad cuando se trata de tomar decisiones que hacen a la suerte del País.

En ese sentido, es de todos conocido que el Frente Amplio está desgastado, fracturado y contaminado por clientelismo y corrupción; a tal punto que luce como “emperrado” en perder la próxima elección. Aunque tampoco sorprende -y es lo que se siente y se transmite- que la oposición no haga lo posible para transformarse en una verdadera opción de gobierno.

En este contexto surgen candidaturas y nuevos grupos, la mayoría provenientes del muchas veces postergado interior del país. Todos ellos son bienvenidos en la medida que los espacios que abran tengan un horizonte más ambicioso que la simple competencia interna, porque no es aceptable que se diga que la mayoría de los dirigentes que actualmente se proyectan no tiene condiciones ni formación para gobernar.

La experiencia del gobierno de José Mujica habla por si sola, al ganar la elección nacional como candidato del Frente Amplio con la frase “como te digo una cosa te digo te digo la otra”.

Finalmente, una aclaración personal por única vez. La voz del Partido Nacional es para nosotros la columna vertebral de nuestras luchas y principios políticos. Washington y Enrique Beltrán me formaron en la unidad partidaria y en ejercer las responsabilidades publicas con eficiencia y transparencia. Eran tiempos de la vieja lista 400. Tengo el mayor respeto por los dirigentes de mi partido; y soy consciente de que los resentimientos esclavizan a los que los sienten. Y éste, a Dios gracias, no es mi caso.

Como hombre de partido no me planteo otra opción que trabajar con él y para él. Eso no quita que tenga el mayor de los respetos y amistad por Edgardo Novick un luchador que la Concertación acompañó en la elección municipal. Él y todos saben que mi apoyo, cuando se necesite, no quedará reducido a mi Partido. Pero como dijo Wilson el Partido Nacional sigue siendo el camino para canalizar una ola incontenible de esperanza compartida. Y de él, ni me he movido ni me moveré.

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