Sergio Abreu
Sergio Abreu

Cuidemos a La Vieja

Los intereses de un Estado son intransferibles. Ellos se relacionan con su aparato productivo, con el bienestar de su sociedad, con su inserción externa y fundamentalmente con las reglas de juego que se establecen internamente e internacionalmente.

Los intereses de un Estado son intransferibles. Ellos se relacionan con su aparato productivo, con el bienestar de su sociedad, con su inserción externa y fundamentalmente con las reglas de juego que se establecen internamente e internacionalmente.

El instrumento pacífico de cualquier Estado para defenderse y negociar en un complejo escenario globalizado y desordenado es el Derecho; es decir, las normas por las que se asumen obligaciones; las que nos permiten aferrarnos a los principios del Derecho Internacional; es decir, la solución pacífica de las controversias, la autodeterminación y la igualdad de los Estados.

A través de este escudo, un Estado puede evitar que los poderosos impongan por la fuerza sus criterios y sus intereses que distan mucho de ser semejantes a los que este quiere preservar.

El ex canciller argentino, Guido di Tella (ocupó el cargo desde enero de 1991 hasta diciembre de 1999) era un hombre pragmático, duro para negociar, en clara y entendible sintonía con el Brasil y con poderosas potencias extranjeras. En nuestra primera reunión en Madrid me dijo con crudeza y sinceridad: te voy a pedir dos cosas: no me invoques permanentemente el Derecho Internacional, y “no te metas con la vieja”. La vieja tan gráficamente referida eran “Las Malvinas”.

La negociación surgió tan simple como fue planteada; mi respuesta fue que el Derecho no era para enseñar, sino para escudarse en él, y que aceptada su solicitud, se la cambiaba por la necesidad de que la Argentina no se metiera con “el viejo”. Ante su pregunta aclaratoria le expresé que me refería al Canal Martín García y a su dragado.

El tiempo fue muy dinámico, la Ronda Uruguay del Gatt, el inicio del período de transición del Mercosur, el Protocolo de Ouro Preto, el atentado terrorista a la AMIA en Buenos Aires y todos los temas internacionales que exigían definiciones políticas, negociaciones a varios niveles y planteaban no pocos enfrentamientos.

En el caso de Argentina, la vieja fue debidamente protegida, fundamentalmente, en aspectos laterales en que los ingleses se movían con gran astucia y buscaban a través de propuestas fragilizar su posición en innumerables aspectos.

La firmeza, posiciones bien fundamentadas y un diálogo fluido con el Presidente y las otras fuerzas políticas nos llevó a un estado de negociación permanente (como lo es siempre). Al final, más allá de fuertes escaramuzas con nuestros grandes vecinos, el Uruguay logró encaminar su Proyecto estratégico en el marco de la esencia de toda negociación: la insatisfacción compartida.

Lo expuesto viene a cuento porque la complejidad del momento exige una gran profesionalidad en la Política Exterior; ajena a la improvisación, a la ingenuidad y a la equivocada idea del “amiguismo” entre Presidentes. Y ello, porque el Estado, como decía Herrera, “no tiene realidad sustancial sino accidental; no tiene sentimientos como el ser humano”.

Las negociaciones reclaman memoria institucional, contactos personales, trabajo en equipo y verticalidad en el mando. El peor de los mundos para un negociador es quedar librado a su criterio individual, sin instrucciones, o quedar encerrado entre lo que opinan otros actores internos incluso adentro del partido de gobierno, o a lo que el Presidente de la República pueda decir o hacer en forma aislada.

No hay que tener miedo a negociar ni negociar con miedo. Eso se percibe en forma personalísima; sobre todo, cuando el interlocutor sabe hasta dónde puede llegar su contraparte.

El Uruguay no puede amenazar con la fuerza por razones obvias, pero sí debe desarrollar una inteligencia molesta que obligue a los demás a pensar, a reconocer la sustancia de sus propuestas, y por ende a respetarlo.

El asesoramiento y el respaldo de un equipo formado y reconocido son vitales; como lo es la coherencia y la señal de que lo que se defiende afuera no tiene dos visiones adentro. Un gobierno dividido en sus planteos pierde fuerza, se lo debilita alimentando sus discrepancias internas y termina siendo un tomador de decisiones externas derivadas de imposiciones hábilmente disfrazadas.

Entre la política y el Derecho no se opta; se los complementa.

El interés nacional es un proyecto político que solo puede concretarse con seguridad jurídica, es decir, con reglas de juego que no se alteren de acuerdo a cada circunstancia tanto en el ámbito doméstico como en el externo.

Dicho esto, no podemos ignorar que un sólido equipo negociador no tiene éxito sin un respaldo jurídico atemorizante. De ahí surgen los argumentos más convincentes, la confianza de un Estado y la fortaleza de sus gobernantes que se sienten respaldados para ejercer a su debido tiempo también, una Diplomacia Presidencial concreta y efectiva.

Vamos a integrar el Consejo de Seguridad de la ONU. Estamos planteando un Mercosur viable sin desplantes ni desvaríos. Donde estemos, tenemos que ser el Uruguay predecible, firme y respetuoso. La voz de un Estado que sea escuchado y mantenga los principios sin oportunismos o afinidades del momento. Un nacionalismo auténtico y solidario. Tan comprensivo como inclaudicable; que sea un intérprete pragmático del interés nacional.

Esa es nuestra "vieja" y hay que cuidarla.

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