Sergio Abreu
Sergio Abreu

Brasil, un estribo perdido

Fukuyama escribió sobre el fin de la historia luego de la caída del socialismo real. Con mayor crudeza Huntington describió el futuro en el marco de lo que definió “el choque de las civilizaciones”. Ambas posiciones eran y son algo más que ideologías en reformulación.

Fukuyama escribió sobre el fin de la historia luego de la caída del socialismo real. Con mayor crudeza Huntington describió el futuro en el marco de lo que definió “el choque de las civilizaciones”. Ambas posiciones eran y son algo más que ideologías en reformulación.

Ese escenario nunca se planteó en el Brasil porque un fetichismo estatal y nacionalista ha estado siempre en el centro del espíritu lusobrasileño. Lo económico y lo estratégico han sido la nota diferente del desconocido vecino sudamericano. Un sincretismo nacionalista que lo preservó de fracturas territoriales como las que sufrió el resto de América y le permitió superar las crisis vividas desde la vuelta de la Corona a Portugal, los dos Imperios que lo gobernaron y la República que comenzó su vida simultáneamente a la abolición de la esclavitud al final del siglo XIX.

Ese nacionalismo se identificó con monopolios estatales sumados a la visión estratégica de las Fuerzas Armadas, grandes empresas y la diplomacia de Itamaraty. Eso le dio un sesgo particular a una dictadura militar con Presidentes rotatorios capaces de negociar con la guerrilla liberando entre otros al ex jefe de Gabinete del presidente Lula, José Dirceu a cambio del entonces secuestrado Embajador de los EEUU.

Todo cambió con la vuelta de la democracia. Ese nacionalismo tuvo otras expresiones, la apertura abrió una brecha en su tradicional proteccionismo aún luego de la crisis política y la renuncia de Collor de Mello. Los vientos de la modernidad se administraron prudentemente bajo la presidencia de Fernando Henrique Cardoso y el espíritu lusitano en su expresión más pragmática no siguió el camino de la revisión de los Derechos Humanos a partir de la Presidencia de José Sarney que supo integrar el Parlamento de la dictadura.

El Partido de los Trabajadores (PT) llegó al poder de la mano de sindicatos y viejos guerrilleros que pronto se adaptaron al sistema y a sus propias desviaciones. Agregó una dosis de fetichismo oleaginoso fortaleciendo el monopolio de Petrobras y de otras empresas públicas símbolos del tradicional nacionalismo. Una trinchera que relacionó al sector exportador con un Banco (Bndes) responsable de subsidiar importantes inversiones de sus cadenas productivas en el exterior.

Los principales dirigentes del PT pronto entendieron que el piloto automático de ese transatlántico llamado Brasil era inamovible, y que deberían adaptarse a un nacionalismo conformado con el aporte de las FFAA, las grandes empresas nacionales y el discurso de la diplomacia brasileña.

Lamentablemente, la ideología y la soberbia (una cualidad superlativa de la izquierda) pudieron más y un modelo de concentración trató de ser funcional al ejercicio del poder que llegó a extenderse hasta un proyecto de integración con problemas serios en manos de Presidentes no serios, como Chávez, Maduro, Lugo, el execrable Ortega, el matrimonio Kirchner, nuestro folklórico Mujica y otros asociados por etiquetas ideológicas.

Al impulso de los gobiernos de Lula y Dilma otros gobiernos “compañeros” con afinidad circunstancial quisieron construir una Sudamérica con poco mercado y más populismo. El ALCA quedó por el camino sin tener sustituto y una tecno-burocracia ideologizada asociada a Empresas y al Partido de gobierno avanzó convencida de que tanta dulzura no afectaría una dentadura de mordida tan armónica.

Lula da Silva y Dilma Rousseff desde su Partido y sus alianzas electorales (¿acaso Temer no era el Vice?) continuaron con ese mercantilismo empresarial acostumbrado a intercambiar favores con el Estado financiando campañas políticas de diputados y senadores de todo los puntos geográficos de ese Brasil continente. ¿Quién podría estar en contra? Ni el Petrossauro, ni las Fuerzas Armadas ni las grandes empresas podrían disgustarse, menos la diplomacia de Itamaraty que con su envidiable profesionalismo siempre defendió el interés nacional fuera de las cloacas de la corrupción.

Pero algo no cerró en los gobiernos del Partido de Lula, Dirceu y Dilma. Estos, aun mostrando algunos resultados positivos, terminaron por salirse de pista afectando la estabilidad macroeconómica contaminados por la corrupción. Todos ellos pensaron que el sistema tenía el blindaje suficiente para robar y hablar al mismo tiempo en nombre de los más necesitados. Y que los demás, incluyendo al Poder Judicial, no podrían entender la verdad revelada que representaban. Por tanto, el “lavajato” lejos estaba de ser una herejía.

Dos elementos provocaron este golpe tan escandaloso. El primero, la mano de la Justicia que decidió llamar a responsabilidad al sistema político, en especial al PT, y el segundo, la figura del arrepentido, un delincuente que decide delatar a sus socios para reducir sus años de cárcel.

Por eso, solo puede calificarse de una tontería hablar de conspiraciones de la “derecha”, del Imperio (los EE.UU.) o de “operadores políticos” dentro del Poder Judicial en el enigmático Brasil. Simplemente, sería mejor, que todos pudiéramos coincidir en que la honradez y la transparencia no son virtudes ciudadanas, sino valores inherentes a las personas y en particular a la conducta de todo gobernante cualquiera sea la ideología que invoque. Por otra parte, reconocer que los que roban son ambidiestros aunque se disfracen de solidarios compañeros enemigos irreconciliables de la explotación capitalista. No sea el caso de tantos que luego de leer “El Capital”, deciden desde el gobierno hacer su capital.

La Justicia debe ser igual para todos y deja de serlo cuando algunos tienen la posibilidad de burlarla. Thomas Jefferson decía que “algunos creen que hay seres humanos que nacen con una silla de montar en el lomo, mientras que ellos han nacido con espuelas para subirse encima”. En realidad, lo más preocupante es saber si estos gobernantes con tantos antecedentes han realmente cambiado, han dejado de ser intolerantes y se arrepienten de haber recurrido a la violencia. Si no fuera así robar es lo de menos. Pero si lo hacen, a diferencia de los regímenes que defienden, es bueno que su poder e influencia tengan el límite de una justicia independiente. A partir de allí, habrá más confianza en las instituciones y menos temor a los que se amparan en el poder y en sus influencias.

En ese estribo no vale la pena viajar.

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