Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Uruguay es distinto

Cuando se recorre algo de mundo, a un uruguayo con capacidad de formarse opinión sobre las cosas le va a parecer más familiar la forma de vivir en lugares de Estados Unidos o Europa, que la de países centroamericanos y sudamericanos.

Cuando se recorre algo de mundo, a un uruguayo con capacidad de formarse opinión sobre las cosas le va a parecer más familiar la forma de vivir en lugares de Estados Unidos o Europa, que la de países centroamericanos y sudamericanos.

Abundan convocatorias a la “patria grande” en base a supuestos lazos arraigados en un pasado común, y la realidad les desmiente incluso con proyectos elaborados como el Mercosur. Apreciación similar cabe a los argentinos, particularmente a quienes están alcanzados por la influencia de la ciudad de Buenos Aires, ciudad que históricamente tuvo una ascendencia especial desde que fue la cabeza del Virreinato del Río de las Plata en tiempos de la colonia, y al consolidarse la Banda Oriental.

Hay en esta realidad ya perceptible cuando fue la Primera Guerra Mundial (1914-1919), temas insoslayables. Uno es la conformación de la población, y otro la potencialidad natural de la tierra y los puertos. Hay Estados que tuvieron volúmenes de exportación parecidos a los del Río de La Plata (como Perú, Colombia y México), pero su desarrollo político, económico y social fue distinto.

En el Plata no había mano de obra barata, representada por indios y mestizos sometidos a servidumbre, como en otros sitios del continente. El trabajo ganadero y agrícola, manifestación primera de la actividad material y las exportaciones, tampoco se llevó a cabo con el traslado masivo de esclavos africanos para trabajar como en Brasil o en otras poblaciones gobernadas por potencias europeas en Centroamérica, sino que inmigrantes europeos pobres, especialmente del sur de Europa, fueron quienes llegaron voluntariamente a estas tierras. Ya desde 1853 la Constitución argentina reconocía el derecho a la libre inmigración. Y en nuestro solar, cuando el gobierno de la Defensa bajo el mando de Fructuoso Rivera (1843-1851), amurallado en la fortaleza de Montevideo tras derrocar al gobierno legítimo del Brigadier Manuel Oribe, la población era mayoritariamente extranjera, integrada fundamentalmente por franceses, italianos, ingleses y vascos, al tiempo que las fuerzas oribistas se integraban con orientales, criollos descendientes de españoles. Ambas fuerzas a su vez abolieron la esclavitud -de limitada extensión-, a cambio de que los liberados sirvieran en los respectivos ejércitos.

En nuestro caso, concretamente, sobrellevando las alternativas propias de la afirmación del Estado nacional, tras la sólida fe republicana de José Artigas, los partidos fundacionales dieron lugar a una realidad particular con una columna prócer de gente como los antes citados, y la de otras personalidades seleccionadas arbitrariamente tales como Bernardo Berro, Leandro Gómez, José Pedro Varela, Batlle y Ordóñez, Washington Beltrán, Batlle Berres, Luis Alberto de Herrera y más cerca Ferreira Aldunate y Jorge Batlle. El carácter de nuestra nacionalidad, sus realizaciones políticas, institucionales, culturales, sociales, laborales, sus niveles salariales y sus servicios públicos fueron siempre una antorcha con luces propias. No obstante, ha habido desde siempre una corriente orientada a “latinoamericanizarnos”, deslumbrada por la anarquía y el totalitarismo marxista, o por tiranías como las de Cuba y Venezuela, países que nunca han conocido una soberanía internacional consolidada ni una realidad democrática y popular real, de la bondad de la de nuestro país.

Debemos bregar siempre sin quiebres por seguir siendo nosotros mismos.

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