Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Teníamos razón

Siguen líneas dirigidas a los cientos de miles de compatriotas que a lo largo de los últimos más de 50 años, padecimos como uruguayos, las acciones destructivas de quienes estuvieron, están y seguirán haciendo daño, a la vida política nacional.

Siguen líneas dirigidas a los cientos de miles de compatriotas que a lo largo de los últimos más de 50 años, padecimos como uruguayos, las acciones destructivas de quienes estuvieron, están y seguirán haciendo daño, a la vida política nacional.

No porque seamos hijos de verdades reveladas, pero sí, como expresión de la humanidad, que sabe de equivocaciones, pero es la que alimenta las posibilidades de superarlas en el diálogo inteligente que sirve al progreso posible del pueblo.

No se equivocaba Churchill cuando sostenía que “la democracia es un mal régimen, pero que es el mejor de todos los que se conocen”.

Al ingresar en la Facultad de Derecho y Ciencias sociales pública en 1965, conocimos el fascismo en acción, desplegado por agitadores comunistas, entrenados para promover el caos como medio de acercar la suerte de nuestra República a los intereses del caído imperio soviético y por amorales terroristas de una causa criminal inventada por la oligarquía castrista. Hija del primero citado, igualmente brutal y liber-ticida, económica y socialmente tan fracasada como el mismo. Autora de un “plan Cóndor”, conocido como OLAS, que soñaba con la sumisión de América Latina al despotismo caribeño.

Fascismo, reza el diccionario oficial de nuestra lengua, es la intención de imponer a los demás, conductas por la fuerza, contra su voluntad. La notoria implosión del comunismo de raíz rusa y sus satélites y el Muro de Berlín eximen de comentarios, y la desgracia del pueblo cubano empobrecido y preso en una isla, hablan solos.

Por estos días la llegada al país del señor de los mil pasaportes, otorgados por “generosidad graciosa” de generales del ejército fallecidos, cuando estamos en una nación llena de impostergables desafíos ciertos, de nuestra vida nacional en lo inmediato, ha sacudido el avispero. Tras causar daños irreparables al país y sus libertades seculares, intercambian voces entre ellos. “Es un traidor” gritan unos. “Más traidor es fulano”, “peor era merengano”, y “¿que me dicen de perengano?”, responden otros, mientras se suceden los ingresos a los juzgados penales y las noticias policiales, propias de una escuela del crimen, ejecutora de los actos inhumanos más horribles de concebir contra un pueblo atacado alevosamente por la espalda.

Y, se suceden otras voces. “Si podía lo mataba”, “agárrenme que lo mato”, “lo voy a reventar a trompadas” y similares. Bastaría recordar el despilfarro, desorden, destrucción de la educación pública, inseguridad ciudadana, etc. del último tramo de gobierno frentista para constatar una vez más, la capacidad de destrucción de un núcleo ciudadano, que viene de quebrar a la nación en el tramo de mayor bonanza internacional recibida a lo largo de su Historia.

Los autoproclamados guerrilleros definitivamente han llegado al lugar que merecen, el de la mediocridad soberbia, la destrucción de la democracia, la justificación de un golpe militar que supieron generar y promover y sabemos que al igual que los comunistas, supieron pedir contando con la complicidad de escasos mili-tares con los que -parece- compartieron complicidades.

Para los demócratas, que creemos en las instituciones libres, la separación de poderes y que el progreso se construye desde la educación y el trabajo, el fallo de la Historia es inapelable: teníamos razón.

Lo político debe encuadrarse en la Ley.Teníamos razón

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