Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

¿Yo señor? No señor

Gobierna el país un conglomerado de gente que no cree que la Ley sea el principio de orden de una sociedad civilizada y garantía de sus súbditos, en relación con todos los valores que basan la vida democrática (respeto de los demás, en su integridad, su vida, su seguridad, su propiedad, la igualdad ante la ley, etc.), y por ello la decadencia moral y jurídica del país ha llegado a un fondo sin final a la vista.

Gobierna el país un conglomerado de gente que no cree que la Ley sea el principio de orden de una sociedad civilizada y garantía de sus súbditos, en relación con todos los valores que basan la vida democrática (respeto de los demás, en su integridad, su vida, su seguridad, su propiedad, la igualdad ante la ley, etc.), y por ello la decadencia moral y jurídica del país ha llegado a un fondo sin final a la vista.

Las estadísticas, que son números, pueden ajustarse a la realidad económica y social o ser lo que artistas interesados quieren ver y dibujar. Cuando no se puede salir a la calle sin riesgo de vida, los asentamientos se multiplican, la educación pública está en manos de sindicalistas fascistas que quiebran el brazo de las autoridades y multiplican el atraso cultural, la deserción estudiantil, las repeticiones de cursos, y en definitiva la ignorancia; la cosa es grave.

Cuando el porcentaje de menores que no estudian ni trabajan es altísimo; cuando el gasto público inútil orientado al alud incontenible de un clientelismo proselitista, y los impuestos se multiplican, mientras acrece la inflación; cuando tenemos los combustibles y la electricidad más caros del mundo, en servicios prestados por monopolios estatales encargados de servicios esenciales a la comunidad, la cosa es más grave aún.

Cuando se suceden escándalos públicos que van desde la “corruptocracia” de Pluna y los negociados del fútbol con el empujoncito del Pepe y su “pajarrico” celeste, pasando por una enorme cantidad de otras cañadas desbordadas de venalidad, ya la alegría para unos del dato estadístico no expresa la monumental y terrible decadencia nacional.

Y no nos engañemos detrás del desastre y la presión tributaria del IRPF y del IASS contra indefensos pasivos lo que queda es la ausencia de discernimiento sobre cuestiones de Estado, que van cerrando trás la bonanza económica más grande de la Historia de la república una década de gobierno pérdida, sin que sus mayorías parlamentarias absolutas —hecho inédito en nuestra vida nacional— les hayan servido como no sea para otra cosa que actuar arbitrariamente desconociendo el querer de por lo menos, medio país más.

Por estos días, cuando uno ve la realidad con el sol a la espalda y piensa en un tiempo que no va a vivir que será el de las generaciones que nos siguen, ante la improvisación y lo que pasa, siente dos cosas como muy rescatables.

La independencia del Poder Judicial, afirmada con la vanguardia de la Suprema Corte de Justicia en resoluciones graves y el claro pronunciamiento de fiscales y decisiones judiciales de jueces de primera instancia que no han tenido temblor en el pulso para decidir procesamientos, así como una Justicia de tangible hálito de dignidad y reserva de logros republicanos fundamentales a la deriva, que antes y por mucho tiempo dieron carácter único a nuestro país en el concierto continental.

Ahora hay hipócritas que se rasgan las vestiduras y corífeos de raíz partidaria que quieren desde derogar delitos consagrados por el orden público, hasta reclamar por consideraciones políticas que hay perseguidos de los jueces. “Yo no hice nada”, pregonan.
Señores: siéntense en soledad con la paz de la conciencia y sean honestos: hicieron directamente lo que nunca ética y jurídicamente debían haber hecho.

No importan banderías.

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