Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Llamado de lo irreparable

A fines del año 2013 falleció el Dr. Enrique Beltrán Mullin. Sus lúcidos e invictos 95 años eran anuncio de que el tiempo pasa y lo acontecido no por previsible deja el sabor amargo de las pérdidas irreparables. Tan dilatada carrera en la prensa y la política, llevada adelante sin más interrupciones que las necesarias le hizo testigo de una dilatada jornada de la Nación. Impulsada desde la pluma, el Derecho, la tribuna, el Partido Nacional, el parlamento y la gestión de gobierno. Noble en la adhesión a una idea como en su defensa a capa y espada, tenía la virtud excepcional de que podía abrir camino a un debate sin concesiones pero nunca a un agravio.

Ingresado quien suscribe a la página editorial del diario El País a mediados de 1986, son casi 28 años, de presencia compartida, muy especialmente en las reuniones de los días miércoles en el cuarto piso de la vieja calle Cuareim. Su escritorio amparaba cotidianamente a su persona, se desempeñaba como Director Consultor del peri

A fines del año 2013 falleció el Dr. Enrique Beltrán Mullin. Sus lúcidos e invictos 95 años eran anuncio de que el tiempo pasa y lo acontecido no por previsible deja el sabor amargo de las pérdidas irreparables. Tan dilatada carrera en la prensa y la política, llevada adelante sin más interrupciones que las necesarias le hizo testigo de una dilatada jornada de la Nación. Impulsada desde la pluma, el Derecho, la tribuna, el Partido Nacional, el parlamento y la gestión de gobierno. Noble en la adhesión a una idea como en su defensa a capa y espada, tenía la virtud excepcional de que podía abrir camino a un debate sin concesiones pero nunca a un agravio.

Ingresado quien suscribe a la página editorial del diario El País a mediados de 1986, son casi 28 años, de presencia compartida, muy especialmente en las reuniones de los días miércoles en el cuarto piso de la vieja calle Cuareim. Su escritorio amparaba cotidianamente a su persona, se desempeñaba como Director Consultor del periódico y ejercía la presidencia natural de la reunión, y todos los presentes pudieron deleitarse con algunas de sus tantas anécdotas, que en última instancia, pasan a la tradición oral que hace a la continuidad de la República. Esta relación no exenta de admiración es la que aunque implique repetirse sobre conceptos ya dichos justifican la naturalidad de la presente columna.

Sabido es que junto con su hermano Washington periodista y político eminente que llegase a la Presidencia Constitucional de la República, y su hermana Elena fueron sorprendidos en la primera infancia con el temprano fallecimiento de su padre Washington Beltrán Barbat en un duelo con José Batlle y Ordóñez, cuando los asuntos del honor llegaban a limpiarse en una cancha a punta de pistola. La más chica de la familia, Marta, nacería incluso con su padre muerto.

A comienzos del pasado siglo el Partido Nacional sufrió una división, que se trasladaba a las urnas, que -por otra parte- sellaba su suerte electoral. A un lado estaban los blancos que respondían al caudillo Luis Alberto de Herrera y por el otro los que integraban lo que se conoció como "los nacionalistas independientes". Entre los "independientes", la agrupación "Divisa Blanca", lista 400 del Partido Nacional, fundada por los hermanos Beltrán, en la que revistaba además de los citados, Wilson Ferreira, llevó adelante una política de reunificación del nacionalismo y -en un tiempo que escapa a los tiempos de experiencia directa del suscrito- tal líneas de acción contribuyó a la victoria comicial de 1958.

La generación que integrase el Dr. Enrique Beltrán, conoció por militancia y por obvias razones de participación en la vida republicana de muchas circunstancias. A generaciones posteriores nos tocó ingresar en una situación difícil, que seguramente irá aclarando la historia nacional ajena a los vaivenes de los intereses que justifican unas y otras actitudes. Del magisterio de Enrique y de quienes le acompañaron en sus alternativas periodísticas y políticas, me quedo con una convicción que aparece como inapelable. No hay más garantía para los pueblos libres, que el Estado de Derecho, que la vigencia de la legalidad y la existencia de poderes independientes que sepan controlarse los unos a los otros.

El mundo y nuestro país enseñan que no hay libertades formales y que los poderes legislativo, ejecutivo y judicial actuando en el marco reglado de sus competencias son la mejor garantía con cuentan todos los ciudadanos para la defensa de sus derechos. Sin olvidar como expresaba José Pedro Varela que para tener Repúblicas hay que formar republicanos.

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