Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Flotando

No navegamos, flotamos sin rumbo. Días pasados esperaba ante el televisor la transmisión del partido de fútbol entre Nacional y River Plate. Soy de Nacional, pero, aludiré a la realidad que vivimos, que no tengo camiseta.

No navegamos, flotamos sin rumbo. Días pasados esperaba ante el televisor la transmisión del partido de fútbol entre Nacional y River Plate. Soy de Nacional, pero, aludiré a la realidad que vivimos, que no tengo camiseta.

Los miles de personas que fueron al Parque Central, los que entraron, los que quedaron en la puerta, los llegados desde lejos y las decenas de miles de televidentes que seguíamos el espectáculo por televisión y radio, quedamos afeitados y sin visita. Un descerebrado ingresó al estadio y atacó vilmente a un funcionario que cumplía su tarea de control de ingreso, de forma alevosa, lastimándolo. A partir del hecho que merece repulsa, nos enteramos de la existencia de una “intergremial” que aparentemente reúne a representantes de distintos grupos de personas ligadas a la organización del espectáculo futbolístico, y así supimos que se habían retirado los servicios de ingreso, se habían cerrado las puertas, y tras cabildeos invisibles, que el encuentro deportivo se suspendía. La medida adoptada -con perdón- no parece acertada. No se consideró to-do lo que componía la situación. Hacia el futuro cualquier anormal puede hacer suspender los partidos y ¡guambia! si ello alienta a que haya quienes planifiquen ganar los puntos en la comisaría antes que en la cancha.

Lo que pasó no es raro. Es lo diario. De la mano de un gobierno que no ejerce la autoridad, particularmente en Montevideo, todos corremos riesgo de integridad y de vida al circular por cualquier lugar de la ciudad. Cada acto criminal es condenable, recordar algunos solo lo impone la ilustración de la palabra. Una agente policial -Ingrid González Martínez- vecina del Barrio Borro vivió la agresión permanentemente de palabra de malvivientes de la zona en que residía y pereció el pasado mes de enero en un incendio intencional del apartamento que habitaba. Acaba de fallecer Julia Elena Stewart, una profesora de inglés jubilada del instituto Crandon, de 74 años, tras ser asaltada en el barrio Atahualpa. Un delincuente desde una moto la arrastró por la calle para quitarle el bolso que llevaba en la espalda mientras caminaba. Desde entonces, 18 de febrero, hasta su muerte, no había recuperado el conocimiento. Sus familiares han dicho que ya había sido víctima de tres asaltos previos. Son solo perlas del rosario de inseguridad vigente.

En el fútbol la agresión a tiros en Santa Lucía de supuestos hinchas de Nacional a otros de Peñarol, que cobró una vida joven, lo ocurrido en el suspendido clásico… son datos que advierten que el tema va más allá de las oportunistas soluciones del presidente Tabaré Vázquez, que lleva al despropósito de entradas sacadas de antemano, cédulas de identidad en mano y un sinfín de medidas que hablan de una sociedad de tradición democrática con una convivencia desmantelada. Cuando el Frente Amplio inició su gobierno nacional habían algo más de mil presos, hoy pasan los diez mil, y la inseguridad generalizada es gigante.

Hay principios de respeto a los demás, de convivencia, de conducta social que con el frentismo se han perdido, que no se arreglan con aspirinas, sino con cirugía mayor que el actual gobierno no está en condiciones de ejecutar. Menos aún, al permanecer enquistado en los asientos de gobierno con una desmedida soberbia que le impide encarar soluciones de políticas de tono nacional. Acordadas entre todos.

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