Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Fiestas y vergüenza

Por encima de religiones, particularmente en Occidente, la historia del nacimiento de Jesús, protegido en un pesebre en un local precario, con sus padres José y María y el resto del escenario conocido, se aceptan como tiempo de paz en el año, humildad y de encuentro familiar.

Por encima de religiones, particularmente en Occidente, la historia del nacimiento de Jesús, protegido en un pesebre en un local precario, con sus padres José y María y el resto del escenario conocido, se aceptan como tiempo de paz en el año, humildad y de encuentro familiar.

La leyenda de Papá Noel, a su vez tiene su carácter. La referencia primera y de mayor crédito ubica el origen en San Nicolás de Bari, en Italia: un sacerdote -Nicolás- que los 24 de diciembre repartía juguetes entre los niños carenciados. De allí la idea pasó a los países nórdicos y Nicolás -“Niclaus”- pasó a ser Santa Claus, el abuelo obeso y barbado, abrigado, de blanca pelambre y roja vestimenta, quien -habida cuenta de que diciembre es allí invierno- recorre el mundo en trineo tirado por venados, en un marco de nieve, para distribuir regalos a diestra y siniestra.

Tomados los cuentos por ciertos se explica por qué cuando por aquí estamos en pleno verano, nos adornamos con nieve y venados. Y, mientras los creyentes cristianos aceptan la narración, normalmente los que siguen otras tradiciones no dejan de considerar el momento como un tiempo de sosiego y buena voluntad. Lo mismo pasa con el Fin de Año, que más allá de convicciones religiosas y filosóficas, es un tiempo en que con tolerancia los saludos y buenos deseos proliferan.

Ni que hablar del buen humor del comercio que por doquier suele hacer la diferencia de sus balances anuales en estas jornadas de aguinaldos y gastos.

Las fiestas tienen un trasfondo moral para todos los mortales de buena voluntad, que parte de la aceptación de los sentimientos ajenos y se extiende por valores como la sencillez, la familia y la amistad.

El cierre del año uruguayo, 2015, es la contracara de estas actitudes. Un desgobierno que ya lleva más de 20 años en Montevideo y más de 10 años a nivel nacional es todo lo contrario. Un himno a la soberbia, a la división entre uruguayos, a la mala administración del Estado, y al uso y abuso venal del mismo en perjuicio de la población.

Y, lo peor de todo, que concluye en una suerte de aplicación de la máxima de que “los amigos matan en defensa propia”, o de la que reza que “el hampa no habla”. Han quebrado la Intendencia de Montevideo que recauda más de 2 millones de dólares por día, y han dado lugar al escándalo más grande de la historia nacional que se llama Ancap. Y, lo más despreciable desde una ética elemental es que se niegan a investigar, a determinar responsabilidades y adónde fueron a parar cuantiosos recursos públicos, impunidad inadmisible a la que están abocados los presidentes Mujica y Vázquez. Cabezas del desaguisado al que, y esto es lo más despreciable, en una república apuñalada por la espalda, quieren tapar con un manto confeso de complicidad y encubrimiento, a los responsables directos de lo ocurrido.

Ocultando averiguar quiénes se han llevado cientos de millones de dólares de la producción, del trabajo y de los jubilados uruguayos.

Escamoteándolos a los hospitales, la educación y la vivienda.

Sin olvidar, que la frutilla de la torta es la acción robótica de una mayoría parlamentaria que adhiere a lo mal hecho, sin sentido de responsabilidad ni conciencia.

Como demócratas cabe esperar una condigna y rápida decisión de la Justicia, y la orden de que los principales amorales responsables y beneficiados con el saqueo vayan a dormir al lugar que merecen. Es una felicidad que la gente merece en 2016.

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