Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Costo laboral

El país ha ingresado en un proceso político, económico y social de dificultades. Los años de bonanza han sido tirados a la calle y desperdiciados en aras de políticas populistas, aceleradas durante el quinquenio del “Pepe”, cuya peor herencia es no sólo el desquicio y el decaimiento del Estado en todos sus órdenes, sino una nación alimentada por el odio hacia los que compran en los “yopings”, por los que lo hacen en el almacén del barrio, entre los “oligarcas” y los pobres, entre los que se esfuerzan por ser más y los quedados y marginados, a los que se subsidia, al tiempo que se les niega educación, seguridad pública, espíritu de superación y vocación de integración social.

El país ha ingresado en un proceso político, económico y social de dificultades. Los años de bonanza han sido tirados a la calle y desperdiciados en aras de políticas populistas, aceleradas durante el quinquenio del “Pepe”, cuya peor herencia es no sólo el desquicio y el decaimiento del Estado en todos sus órdenes, sino una nación alimentada por el odio hacia los que compran en los “yopings”, por los que lo hacen en el almacén del barrio, entre los “oligarcas” y los pobres, entre los que se esfuerzan por ser más y los quedados y marginados, a los que se subsidia, al tiempo que se les niega educación, seguridad pública, espíritu de superación y vocación de integración social.

Así, se inicia un tiempo de decisiones trascendentes, que comienzan por las negociaciones salariales en el sector privado y el Estado.

Al blindaje sin parangón en el Derecho comparado, otorgado por Vázquez en su primera administración a los sindicatos, estos responden invocando a la “lucha de clases”, y el ataque al derecho al trabajo, al del orden público, la libre empresa y la propiedad.

En crisis -además- es mucho más difícil encarar las cosas, con un Estado engordado por 300.000 empleados públicos, de los cuales 60.000 fueron nombrados a dedo en los últimos diez años. ¿No saben los sindicalistas privados que esta burocracia obesa y promedialmente ineficiente, quita asado del plato de los empleados del sector privado, que concurren a pagarla? Entonces es un ¡vamo’ todos arriba!, que a lo único que conduce es a tirar leña en la hoguera de la descomposición.

Vale la pena en este momento recordar como se integra el costo laboral.

En primer lugar están los salarios. Son su ingrediente fundamental y para la producción -que se traduce en la exportación de bienes y servicios- implica su consideración en una moneda de cambio, esencialmente el dólar, para apreciar en qué medida afecta o no la competitividad del país en el mercado internacional, en función de los precios de exportación. Esto, en definitiva, representa incluso respecto del mercado interno, creación, mantenimiento o pérdida de puestos de trabajo.

En segundo lugar, están las otras partidas salariales -licencia, salario vacacional, aguinaldo- y demás que existen según los sectores. Calculadas en referencia al monto del salario, también son costo salarial.

Finalmente está el costo de la seguridad social vinculada al valor del salario, pagada por aportes de empleadores y trabajadores, que comprende fundamentalmente la cobertura de la vejez, del desempleo, el seguro ante la enfermedad y, en caso de accidente profesional o no profesional, el grotescamente ineficiente y deficitario sistema de salud vigente, y las asignaciones familiares (llamadas “salario familiar”).

O sea que el trabajador se lleva en mano un dinero, las partidas salariales, menos los aportes. Además tiene una protección que viene de larga data y que no tiene parangón en ningún otro Estado al sur del Río Bravo, que concurre en su amparo y en el de su familia. Y todo pesa en el presupuesto de empleadores y empresas.

Barricadas rojas en la actividad privada y la burocracia pública, se encargarán de incendiar el mañana. Si desconocen las emergencias nacionales y acuden a la imprudencia, la disminución de plantillas, el cierre de empresas y el aumento del desempleo, están a la distancia de un “tiquiñazo”.

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