Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

A la avioneta

Una persona que reside en el extranjero viajó de urgencia a nuestro país con su familia.

Instalada, creyó oportuno dirigirse a la prensa. Se supo entonces que fuentes a su juicio confiables, le habían dicho que la semana próxima era el fin del mundo y sintió de su responsabilidad hacer público que se acercaron a nuestro país: "Porque en el Uruguay todo pasa mucho tiempo más tarde".

No le falta razón. Por estos días con participación de la Organización Internacional del Trabajo, convocada a dar opinión, que ya ha dado de forma reiterada desde hace tiempo a esta parte, se dijo una vez más que la ocupación de los lugares de trabajo lesiona el orden público, la libertad de trabajo de los trabajadores que quieren trabajar y el derecho de propiedad. Y… los muchachos del Pit-Cnt, no hay caso, quieren que les digan que pueden ocupar lo que se les dé la gana, por el tiempo que tengan ganas y hacer lo que se les cante siempre, por alguna suerte de derechos adquiridos ancestrales parecidos a los de los mapuches. Nunca por las normas de civilización que a comienzos del siglo XXI rigen las relaciones laborales de las sociedades mejor civilizadas. Y el ministro de Trabajo acompaña. No es llamativo. Cuando el mundo del socialismo real implosionó, fue uno de los muchos que estaban alistados en el partido extranjero que servía a los intereses de la Rusia soviética e hicieron diáspora ante el desastre y se vistieron con los atuendo de otras organizaciones "progresistas". En el fondo del alma comparten sinrazones con el núcleo duro bolivariano del FA. No tienen capacidad de razonamiento y apreciación libre de las circunstancias. Son ideológicos. Si les pasa un elefante por delante, dicen "es una hormiga". No hay que contradecirlos, al que nace necio es al ñudo esperar que razone.

Del despilfarro de los doce años que vamos pasando, no dicen nada. Son cómplices. Aunque los entuertos gubernamentales lesionen la inversión, el trabajo y la producción nacional. Tienen camaradas distinguidos. Así lo evidencia la comparecencia del exdueño de Fripur, la empresa pesquera que cerró sus puertas hace relativamente poco tiempo y cuyos trabajadores quedaron en la calle. El Sr. Alberto Fernández se presentó tras dilatorias en la comisión investigadora de Diputados. Reconoció ser "confeso frenteamplista" y "mujiquista", y dijo: "daría mi sangre y mi corazón por el Frente Amplio". En la caricia al oficialismo —mejor ser amigo del comisario cuando las papas queman— reconoció haberle prestado su avión particular al presidente Tabaré Vázquez en la campaña de 2004 (¿no es el mismo que había prestado a otros candidatos de otras tiendas, en otras elecciones?). Y sostuvo que todo fue a título personal y no de su empresa.

Lo último mueve a la duda. En 2004, cuando el Dr. Vázquez surcaba el cielo en la avioneta de Fernández, la empresa Fripur debía 300 mil dólares al Banco República, el banco de todos nosotros. Pero al momento de la quiebra en el 2015, la deuda con el banco "país" había crecido a la módica suma de 38 millones de dólares. Como dicen los musulmanes "la vida es una suma de casualidades". Esperemos no sea este un caso más de empresas fundidas y empresarios ricos. Perder hasta la casa se supone que no es lindo. Consuelo: resta una avioneta para ir a dormir. Ahora, con los que renovaban los vales incobrables en el República, hasta el acrecimiento de la deuda citado: ¿no va a pasar nada?

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