Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Vázquez es mano

Las declaraciones de Tabaré Vázquez tras su victoria del domingo generaron expectativas sobre el rumbo que tomará su segundo gobierno. En particular, muchos analistas resaltaron su convocatoria a buscar grandes acuerdos políticos y sociales para impulsar políticas de Estado. Si tal cosa ocurriera, estaríamos ante un cambio importante respecto de lo que ocurrió en su primera administración. En aquella ocasión Vázquez priorizó la búsqueda de equilibrios internos, hasta el punto de que integró el gabinete con cabezas de diferentes sectores del Frente Amplio.

Las declaraciones de Tabaré Vázquez tras su victoria del domingo generaron expectativas sobre el rumbo que tomará su segundo gobierno. En particular, muchos analistas resaltaron su convocatoria a buscar grandes acuerdos políticos y sociales para impulsar políticas de Estado. Si tal cosa ocurriera, estaríamos ante un cambio importante respecto de lo que ocurrió en su primera administración. En aquella ocasión Vázquez priorizó la búsqueda de equilibrios internos, hasta el punto de que integró el gabinete con cabezas de diferentes sectores del Frente Amplio.

Si el segundo gobierno de Vázquez se encaminara en la nueva dirección anunciada, sería una buena noticia para la República. Pero es demasiado pronto para saber si eso es lo que finalmente va a ocurrir.

En primer lugar, las convocatorias a la construcción de grandes acuerdos son parte de una cultura política compartida por los uruguayos. Eso tiene su lado positivo, porque confirma que seguimos manteniéndonos lejos de la política de exterminio que predomina en otros países de la región. Pero al mismo tiempo es cierto que las declaraciones de esta clase tienden a formar parte de una liturgia que no conduce a resultados concretos. También el gobierno de José Mujica empezó con la convocatoria a un diálogo político que, salvo en algún área específica, terminó en el uso avasallante de una mayoría parlamentaria regimentada.

En segundo lugar, las propias declaraciones del presidente electo dan lugar a cierto escepticismo. Al mismo tiempo que convocaba al diálogo y a la construcción de acuerdos, Vázquez se comprometió a aplicar “hasta la última coma” el programa del Frente Amplio.

Pero, dadas las diferencias que se hicieron notorias en temas como el déficit fiscal, la política exterior o la educación, eso nos deja casi sin margen para la búsqueda de entendimientos. Un presidente electo puede aspirar a hacer valer su triunfo electoral en el momento de buscar acuerdos con la oposición, pero no puede aspirar a que la oposición se limite a poner su firma al pie del programa del partido que resultó ganador.

Un motivo añadido de escepticismo es la convocatoria a un diálogo que no solo sea político sino también social. Todos los uruguayos sabemos que las grandes organizaciones sociales de este país tienen una alianza estratégica con el Frente Amplio. No por casualidad, casi toda la plana mayor del Pit-Cnt figuraba en las listas de la coalición, y no por casualidad la central sindical hizo campaña activa a favor de Vázquez. Convocar en pie de igualdad a representantes de la oposición política y de las fuerzas sociales, es simplemente una manera de aumentar la fuerza negociadora del Frente Amplio. Ese no es un escenario demasiado atractivo para los partidos de la oposición, que tienen el deber de representar a casi un millón de ciudadanos.

Nada de esto es motivo para rechazar toda propuesta de diálogo. Pero es importante percibir que las posibilidades de éxito o de fracaso dependerán del modo en que se haga la convocatoria.

Si el presidente electo está dispuesto a incorporar propuestas de la oposición y a impulsar acuerdos sobre planes de acción concretos, con metas y plazos bien definidos, entonces podrá abrirse un diálogo genuino. Pero eso no ocurrirá si todo se reduce a cumplir con algunos rituales vacíos. Tabaré Vázquez ganó las elecciones y ahora es mano.

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