Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Rodó y la ballena

La prensa y las redes sociales se han inundado estos días de información sobre un terrible juego llamado “La Ballena Azul”.

La prensa y las redes sociales se han inundado estos días de información sobre un terrible juego llamado “La Ballena Azul”.

Se trata de un supuesto entretenimiento para adolescentes que se supone nació en Rusia y hoy circula por varios países. Su lógica es la de los desafíos crecientes. “La Ballena Azul” presenta una lista de cincuenta acciones, cada una de las cuales es más difícil y autodestructiva que la anterior: pasar 24 horas sin dormir, cortarse los labios, hacerse un agujero en una mano. A medida que se cumple cada paso, hay que mostrarlo en las redes sociales. La última acción consiste en suicidarse.
Los uruguayos estábamos comentando con suficiencia las cosas raras que ocurren en el mundo cuando descubrimos que una adolescente de 13 años había sido internada en Rivera por participar de este desquicio. Luego aparecieron otros casos. La ballena ya está entre nosotros.

Los comentarios que circulan en las redes abundan en críticas hacia los chicos que aceptan participar. El problema radicaría en que muchos jóvenes son demasiado inexpertos o demasiado estúpidos como para distinguir entre un simple juego y una invitación a la autodestrucción.

Pero basta conocer algo del mundo en el que viven muchos adolescentes y jóvenes (no solo en Uruguay, pero también aquí) para percibir que el problema es más profundo y las responsabilidades están más repartidas. Dejando de lado eventuales patologías (que no suelen ser muchas) un juego semejante solo puede atrapar a personas que no consiguen encontrarle ningún sentido a su propia existencia. No tienen un rumbo, no tienen proyectos, ni siquiera tienen conciencia de su propia valía personal. Solo tienen desorientación vital y mucho tiempo libre.

Esta constatación da pie a dos reflexiones. La primera es que los adultos tenemos una cuota de responsabilidad en todo esto. La completa desorientación vital en la que viven muchos miembros de las nuevas generaciones es el resultado de acciones y omisiones cometidas por sus mayores. Algunas de esas responsabilidades son individuales (por ejemplo, la deserción ante las exigencias y costos que están siempre asociados al ejercicio de la paternidad). Otras son de carácter colectivo (por ejemplo, nuestra incapacidad como sociedad para construir una enseñanza que disminuya la desorientación de nuestros jóvenes, en lugar de agravarla).

La segunda reflexión tiene que ver con el pensamiento de ese enorme uruguayo que fue José Enrique Rodó. Hay una lectura superficial del Ariel (su obra más influyente) que lo presenta como un acto de rechazo hacia el pragmatismo y el materialismo representados por Estados Unidos, frente a una vida centrada en la creatividad del espíritu que estaría asociada a lo latino.

Esa lectura muy difundida tiene el problema de chocar con la admiración hacia Estados Unidos muchas veces declarada por Rodó. Pero, además, lo convierte en un tiquismiquis estético e intelectual, condenado a perder todas las batallas.

En el Ariel hay un mensaje más sutil y, según va mostrando la historia, mucho más pertinente: la búsqueda de la prosperidad material no alcanza para resolver el más humano de todos los problemas humanos, que es encontrarle un sentido a nuestra propia existencia. No es que la prosperidad esté mal. Es que no es suficiente. No vamos a resolver el problema del sentido produciendo y consumiendo más.

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