Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Peor que palos

El director del Plan Ceibal, ingeniero Miguel Brechner, concedió hace pocos días una larga entrevista a El Observador TV. Allí deslizó una frase que, a su juicio, explica buena parte de las dificultades que vive nuestra enseñanza: “vivimos en una sociedad abocada a pegarle a los docentes”.

El director del Plan Ceibal, ingeniero Miguel Brechner, concedió hace pocos días una larga entrevista a El Observador TV. Allí deslizó una frase que, a su juicio, explica buena parte de las dificultades que vive nuestra enseñanza: “vivimos en una sociedad abocada a pegarle a los docentes”.

La frase de Brechner es difícil de compartir, no porque sea falsa sino porque se queda corta. Lo que señala no es una verdadera causa, sino apenas un síntoma.

Es verdad que, a diferencia de lo que pasaba en otras épocas, nuestros docentes son objeto de críticas públicas. También es cierto, y extremadamente penoso, que aumentan las agresiones por parte de familiares de alumnos. Pero eso es solo una parte del maltrato que están recibiendo nuestros docentes. El verdadero destrato empieza en el propio diseño institucional de nuestra enseñanza. Ahí es donde están las causas de los síntomas a los que Brechner alude.

Nuestro sistema educativo maltrata a los docentes porque, en lugar de darles espacio para que desarrollen sus potencialidades y cooperen en la búsqueda de mejores estrategias de enseñanza, los somete a una maquinaria burocrática que les corta las alas y les asigna el papel de correas de transmisión. Después, muchos se quejan de la falta de valoración social de la profesión docente. Pero la sociedad no va a cambiar su mirada mientras las autoridades educativas no traten a los docentes como verdaderos profesionales, es decir, como personas a las que se concede espacio para tomar decisiones propias, fundadas en una formación debidamente acreditada.

Nuestro sistema educativo maltrata a los docentes porque es básicamente indiferente al grado de compromiso y a la calidad de los aprendizajes generados por cada comunidad educativa. El único mérito claramente premiado por nuestro sistema educativo es la antigüedad. En todo lo demás, el principio que rige es el siguiente: “Si usted hace algo mal, no pasa nada. Y si usted hace algo bien, tampoco pasa nada”.

Nuestro sistema educativo trata mal a los docentes porque les ofrece pocas oportunidades de desarrollo profesional. Un docente con años de trabajo comprometido y eficaz tiene tan poca capacidad de tomar decisiones sobre la orientación de su propia tarea como uno que recién empieza. El único camino de mejora consiste en pasar a desempeñarse como director o como inspector. Pero esta es una mala solución por varias razones.

En primer lugar, porque los puestos de dirección y de inspección son escasos en relación al número total de docentes. Eso significa que solo algunos tendrán abierto ese camino de desarrollo profesional.

En segundo lugar, porque no es seguro que eso sea lo que quieren todos los docentes. Para muchos de ellos sería mejor poder formar equipos coherentes y ganar autonomía en el propio trabajo de aula. No todo buen violinista aspira a convertirse en director de orquesta, ni todo buen futbolista quiere ser director técnico.

En tercer lugar, porque tampoco esos puestos son demasiado atractivos. Un director pue-de hacer muy poco en este país. Y la tarea de los inspectores se ha vuelto mucho más burocrática que pedagógica. Mientras no cambiemos estas reglas de juego, nuestros docentes van a seguir sintiéndose maltratados, y con razón. Pero el gobierno al que pertenece el ingeniero Brechner no ha querido o no se ha animado a intentarlo. Esa es la verdadera razón.

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