Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Partidos políticos

Cuando se mira en el largo plazo nuestra historia política, dos hechos llaman la atención. El primero es la centralidad de los partidos políticos. Nuestro país tiene dos de los partidos más antiguos del planeta, cuyas raíces son anteriores a la propia independencia nacional.

Cuando se mira en el largo plazo nuestra historia política, dos hechos llaman la atención. El primero es la centralidad de los partidos políticos. Nuestro país tiene dos de los partidos más antiguos del planeta, cuyas raíces son anteriores a la propia independencia nacional.

El Frente Amplio, siendo muchísimo más reciente, también es una fuerza política longeva. Solo en Uruguay se llama “nuevo” a un partido de gobierno que tiene 45 años de vida. ¿Cuántos casos similares hay en la región?

El segundo fenómeno llamativo es la recurrencia de los sentimientos de rechazo hacia los partidos políticos. Justamente porque son tan protagónicos, los partidos siempre han sido objeto de críticas descalificatorias por parte de quienes creyeron encontrar mejores alternativas. La lista incluye a los fusionistas y principistas del siglo XIX, a los pocos outsiders que lograron alguna gravitación, y a los golpistas.

Los críticos de los partidos siempre han tenido en qué apoyarse. Es un hecho que todos los partidos existentes (en Uruguay y en el mundo) son muy imperfectos. También es verdad que han sido vehículos para la transmisión de múltiples vicios. Pero quienes descalifican a los partidos parecen perder 2 o 3 cosas de vista.

La primera es que la imperfección no es propia de los partidos sino de la condición humana. Los partidos son imperfectos porque todas las organizaciones humanas lo son, trátese de iglesias, medios de prensa, sindicatos, empresas o movimientos ecologistas. No hay absolutamente nadie que esté libre de críticas en este sentido.

Lo segundo que olvidan quienes descalifican a los partidos es que fueron ellos quienes construyeron el Uruguay del que nos sentimos orgullosos. El Uruguay democrático y respetuoso de los derechos no fue obra de los fusionistas ni mucho menos de los golpistas. Fue más bien el resultado de las luchas impulsadas por paisanos como Timoteo Aparicio: un analfabeto que, por pertenecer a un partido, estaba rodeado de doctores.

La división del país en jefaturas políticas es fácil de criticar desde el hoy, pero fue el camino que, en pleno siglo XIX, permitió impedir el monopolio del poder político. Ya que no se podía distribuir el ejercicio del gobierno a lo largo del tiempo (porque lo impedía el partido hegemónico de la época) al menos se consiguió distribuirlo en el espacio. Era una solución rudimentaria, pero en ella está la raíz de nuestra tradición de coparticipación y de rotación de partidos en la conducción del país. Eso explica por qué en Uruguay no practicamos la política de tierra arrasada que es tan frecuente entre nuestros vecinos. Aun las pretensiones refundacionales del Frente Amplio, por funestas e injustificadas que hayan sido, no llegan a lo que se ve en otros países.

Por último, los partidos consolidados aportan previsibilidad y madurez a los sistemas políticos. Son escuelas de civismo y son escuelas de gobierno. Además, por ser organizaciones que aspiran a mantenerse vigentes a lo largo del tiempo, tienen motivos para preocuparse por la calidad de su gestión. La lógica de un partido político establecido es lo opuesto al “toco y me voy”.

Todo esto explica por qué los uruguayos somos tan envidiados por otros cuando observan nuestro sistema de partidos. Y todo esto explica por qué es importante que los cuidemos y nos esforcemos por renovarlos desde adentro.

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