Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Novelería tecnológica

En el lejano 1953, Ray Bradbury escribió Farenheit 451. Esa novela predijo muchos avances tecnológicos, como las pantallas planas del tamaño de una pared o los dispositivos que nos permiten escuchar música en el oído. Pero además consiguió anticipar pautas culturales y comportamientos.

En el lejano 1953, Ray Bradbury escribió Farenheit 451. Esa novela predijo muchos avances tecnológicos, como las pantallas planas del tamaño de una pared o los dispositivos que nos permiten escuchar música en el oído. Pero además consiguió anticipar pautas culturales y comportamientos.

En ese mundo distópico donde los libros se queman y la gente es ejecutada por leer, cada casa tiene un enorme televisor. Allí se transmite de continuo una serie que relata la vida de un núcleo familiar. Los miembros de esa sociedad han dejado de tener vidas reales, de modo que consideran a ese grupo humano como su familia: se duelen con sus dolores y se alegran con sus alegrías, como si fueran íntimos.

Aunque estamos lejos de eso, inquieta observar un desplazamiento similar en Facebook con la palabra “amigo”. Mucha gente se ha acostumbrado a decir que tiene tantos “amigos”, o que tal persona quiere “ser su amigo”. Pero el término se usa en un sentido muy alejado del tradicional. Los “amigos” de Facebook rara vez son amigos. Más bien son compañeros de actividades, relaciones ocasionales y hasta perfectos desconocidos. Los “amigos” de Facebook son tan amigos como eran parientes los miembros de “la familia” descrita por Bradbury.

La cosa entraña un par de riesgos. El primero es que perdamos de vista el valor y la densidad de las relaciones personales. Existe el peligro de que empiecen a debilitarse las habilidades sociales que durante siglos hemos desarrollado por la vía de entrar en contacto directo con los demás. Quienes estudian el tema confirman que, al menos en algunos grupos específicos, esto puede estar ocurriendo.

El segundo riesgo es que, llevados por la novelería tecnológica, terminemos por perder todo realismo.

Hace pocos días, la prensa divulgó la historia de Neil Harbisson, considerado el primer “artista ciborg” del mundo (un ciborg, u “organismo cibernético”, es alguien que funciona combinando elementos orgánicos con dispositivos implantados). Harbisson nació con una condición que le impide ver colores. El suyo fue siempre un mundo en blanco y negro. Pero hace unos años se le incorporó una antena que lleva fijada al cráneo y que incluye un chip conectado al cerebro.

Los titulares de prensa anunciaban en estos días que, gracias a su antena, Harbisson ahora puede percibir colores. Pero una lectura atenta revelaba que, en realidad, no puede verlos sino “escucharlos”.

Toda persona de bien debe desear lo mejor para el señor Harbisson y aplaudir cualquier mejora en su vida. Pero hay un pequeño detalle: los colores se ven, no se escuchan. Sea lo que sea que perciba el primer “artista ciborg”, eso no es un color. Decir que Neil Harbisson percibe colores es tan engañoso como decir que la gente tiene muchos amigos porque tiene muchos seguidores en Facebook.

Hay casos peores. Esta semana, el diario El País de Madrid publicó un artículo titulado: “Alcanzar el sueño de la inmortalidad gracias a la tecnología”. Se trata de la más fáustica de las promesas, atractiva para cualquiera que tenga por delante menos años de los que ha vivido. Pero, cuando se lee el artículo, la cosa luce menos alentadora.

El informe habla de un proyecto llamado LifeNaut, impulsado por la Terasem Movement Foundation. Se trata de construir una gran base de datos alimentada por sus propios usuarios. Allí se acumularán imágenes, textos, música, videos, sonidos, que se usarán para construir un avatar de la persona que los proporcionó. Ese avatar tendrá la capacidad de interactuar con otros usuarios, emulando las reacciones, gustos y actitudes de quien lo generó. “Sería lo más parecido -dice el artículo- a tener una conciencia clónica guardada en un ordenador”.

Esta idea puede ser interesante, pero no tiene nada que ver con la inmortalidad. Creer que estoy con alguien porque puedo interactuar con una máquina que refleja sus gustos o puede recuperar imágenes que esa persona consideraba significativas, es todavía más burdo que confundir a un amigo real con uno de Facebook. Ni el muerto va a estar menos muerto, ni el vivo va a dejar de sentir su ausencia.

Tal vez por eso, el proyecto promete más. La intención también es guardar “material biológico” de quien lo solicite para, más adelante, reconstruir su cuerpo y reimplantarle su “conciencia cibernética”. Según Bruce Duncan, el líder de la fundación, “en el futuro será muy común relacionarnos con seres cibernéticos basados en humanos que nos abandonaron”. Muy impresionante. Sólo que la propia construcción de la frase revela que se trata de cosas diferentes.

La tecnología ha prolongado nuestra vida y nos ha dado posibilidades enormes. Es seguro, además, que lo más espectacular está por venir. Pero no ganamos nada si, llevados por la novelería, empezamos a marearnos con las palabras. Al menos de momento, sigue habiendo muchas cosas deseables y valiosas que la tecnología no puede proporcionar.

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