Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Niños ricos

Un rasgo típico de muchos europeos es que son revolucionarios en el tercer mundo pero conservadores en casa.

Admiran las guerrillas de países lejanos (incluidas aquellas que atacan gobiernos constitucionales, como hicieron los Tupamaros), pero dan la espalda a las que se organizan en sus propios países. Hoy mismo hay personas cumpliendo condenas en Italia por haber formado parte de las Brigadas Rojas, mientras en Alemania siguen vigentes órdenes de captura contra miembros de la banda anticapitalista Baader-Meinhof. Pero casi nadie protesta. La corriente principal de la izquierda europea se siente cómoda con esa situación, como también se siente cómoda con los presos de ETA. El Che Guevara solo es un ídolo si dispara lejos de casa.

La izquierda europea también admira y aplaude a José Mujica, a quien describe como "el presidente más po- bre del mundo". Pero ningún país europeo hubiera tolerado los niveles de improvisación, chambonería y desconocimiento del orden jurídico que campearon en su gobierno. No lo hubiera tolerado la opinión pública en general ni tampoco la de izquierda. La experiencia reciente de Grecia enseña algo al respecto.

En este marco general, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina acaban de confirmar que su radicalismo político es un capricho de niños ricos, solo aplicable a lejanos lugares donde todavía esperan encontrar al buen salvaje rousseauniano.

Serrat y Sabina han sido grandes compañeros de ruta de la izquierda radical latinoamericana. Durante décadas fueron admiradores de Fidel Castro, y solo en los últimos años han empezado a reconocer que en Cuba no hay libertades. Serrat abrazó sin hacer preguntas la renga visión de la historia uruguaya que le contaron sus amigos artistas, varios de ellos largamente comprometidos con la legitimación pública de la violencia política. Una visión similar adoptó Sabina, quien, en su "Salutación del Optimista", dice que "hay primavera" y "no todo está perdido" si "gobierna Uruguay un tupamaro". Ninguno de los dos creyó oportuno preguntarse si tenía sentido apoyar una guerrilla que secuestraba y mataba gente, en un país que tuvo muchos más años de democracia que España a lo largo del siglo XX.

Cuando Serrat y Sabina miran hacia América Latina, piensan que es aceptable dejar de lado el orden jurídico para defender una causa que a ellos les parezca justa. Casualmente, eso es lo mismo que pretende Puigdemont: apartarse de los canales constitucionales y lograr la independencia por la vía de los hechos, sin contar siquiera con el apoyo de la mayoría de los catalanes. Es la misma lógica antiinstitucional de los Tupamaros, solo que sin violencia (un punto a favor de Puigdemont).

Pero resulta que Cataluña no queda en América Latina, sino en Europa. Y en casa hay que respetar el Estado de Derecho y las normas constitucionales. Así que Serrat y Sabina se pronunciaron en contra del "procés" y denunciaron el intento de referéndum como una maniobra antidemocrática.

Serrat y Sabina están en lo cierto. Su actitud revela madurez política y exige una cuota importante de coraje político. Eso hay que reconocérselo a ambos y muy en especial a Serrat, que es catalán y está metido en medio del lío. Lástima que esa madurez y ese coraje solo aparezcan cuando hablan de política europea, mientras están escandalosamente ausentes cuando hablan de América Latina. Cosas de niños ricos.

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