Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Negarlo todo

La semana pasada fue prolífica en declaraciones gubernamentales que podrían figurar en una comedia si no fueran tan trágicas.

La semana pasada fue prolífica en declaraciones gubernamentales que podrían figurar en una comedia si no fueran tan trágicas.

El ministro Bonomi dijo que la delincuencia está bajo control, justo en la semana en que una chica de 16 años era víctima de la guerra entre narcos y a pocos días de que balearan al mejor golfista amateur del país. La inefable Celsa Puente dijo que los resultados educativos están mejorando, justo cuando se confirmó una caída récord en el número de maestros titulados y apenas horas antes de que se divulgara un estudio de la OCDE que coloca a Uruguay como uno de los países que más retroceden en el mundo. Para rematar, el senador Agazzi dijo que “la gestión de Ancap fue exitosa” y el ministro Rossi definió a Raúl Sendic como alguien “serio, disciplinado y ordenado”, justo cuando dos partidos decidían presentar denuncias penales por hechos ocurridos durante su calamitosa gestión.

Esta colección de frases no es un hecho aislado ni surge de una rareza personal de estos jerarcas. Más bien es un estilo de comunicación sistemáticamente aplicado por el oficialismo. La estrategia consiste en no reconocer ninguna fragilidad ni ningún fracaso, sino afirmar con voz calma y mirada tranquila que no está ocurriendo lo que de verdad sucede. Un ejemplo perfecto lo dio a lo largo de la última cam-paña electoral el hoy ministro Astori, cuando sostenía con aplomo que no había ningún riesgo para la economía y que teníamos una sólida situa- ción fiscal.

Este uso del discurso público hace pensar en la “Nueva Lengua” imaginada por George Orwell en su célebre novela “1984”. Una de las características de la Nueva Lengua (una jerga usada por el poder para manipular las conciencias de los ciudadanos) era la tendencia a emplear nombres que expresaban lo opuesto de lo nombrado. Así, el ministerio encargado de la guerra se llamaba “Ministerio de la Paz”, el ministerio encargado de manipular la información y la memoria histórica se llamaba “Ministerio de la Verdad”, y el encargado de torturar y hacer desaparecer a los disidentes se llamaba “Ministerio del Amor”.

Pero no hay que olvidar que la terrible distopía descrita por Orwell no era un simple fruto de su imaginación, sino un paralelo literario de la Unión Soviética de la época. Orwell (un anarquista que veía en el comunismo al peor enemigo de la libertad) quiso dar fuerza dramática a hechos reales que el mundo bienpensante se negaba a admitir.

La práctica propagandística e intimidatoria consistente en llamar a las cosas con el nombre opuesto al que merecerían era usual en el régimen soviético. Por ejemplo, todos los países de Europa oriental que fueron sometidos a dictaduras comunistas pasaron a llamarse “repúblicas democráticas”, es decir, justo lo que no eran. Y la doctrina estética oficial, el “realismo socialista”, era cualquier cosa menos realista. Esa doctrina obligaba a los artistas a no pintar lo que veían (por ejemplo, campesinos famélicos y sin herramientas) sino lo que supuestamente iban a ver el día que la revolución diera sus frutos (campesinos de físicos poderosos con herramientas relucientes en las manos). Y si no, a Siberia.

El estilo de comunicación del gobierno tiene antecedentes perturbadores, así como tiene similitudes preocupantes con las peores prácticas de la región. Por eso no es cuestión de tomárselo para la risa. El asunto es demasiado serio.

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