Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Narcisismo moral

El Frente Amplio viene de pasar unos días de tensión interna como pocas veces había vivido.

El Frente Amplio viene de pasar unos días de tensión interna como pocas veces había vivido.

Primero fue la aprobación de una comisión parlamentaria para investigar los vínculos entre empresas privadas y partidos políticos, incluyendo casos muy oscuros como el de Aire Fresco. Luego fue el golpe de Estado en Venezuela y la consiguiente necesidad de pronunciarse sobre esos hechos. Ambos episodios pusieron en evidencia fracturas muy profundas, que van mucho más allá de lo táctico y aun de lo estratégico. La tibia condena al golpe de Maduro que emitió la Mesa Política del Frente Amplio fue aprobada por un voto de diferencia.

Algunas figuras del oficialismo salieron a minimizar los hechos y hablaron de “circo político”. Pero la verdad es que esos cimbronazos los sacudieron. No sólo está en juego el espíritu de unidad entre las diversas fuerzas que conforman la izquierda, sino algo todavía más profundo: estos episodios suponen un duro golpe al narcisismo moral que, desde hace muchos años, ha sido uno de los rasgos distintivos del frenteamplismo.

El narcicismo moral es una actitud resumible en una única frase que se da por autoevidente: nosotros somos los buenos. Todo lo que hacemos está bien por definición, porque lo hacemos nosotros. Todo lo que hacen los otros está mal, porque lo hacen ellos. No hay nada que evaluar ni nada que vigilar respecto de nuestro propio comportamiento. Tampoco hay ningún mérito a reconocer en el comportamiento ajeno.

Un corolario político de esta visión es que lo mejor que puede ocurrir es que gobernemos nosotros. También por definición, nuestro gobierno será el gobierno de los buenos. En consecuencia, cualquier método que se utilice para llegar al gobierno es válido, como también es válido cualquier método para mantenernos en él. También es legítimo todo procedimiento que se utilice para impedir que gobiernen otros. Todo esto se justifica porque, nuevamente por definición, que ellos gobiernen es malo y que vuelvan a gobernar es un retroceso. En cambio, que lo hagamos nosotros es bueno para el mundo y supone un progreso en la historia.

Esta visión simplista y autocomplaciente es un pasaporte hacia la degradación moral. Dado que ya no hay cosas que estén bien o mal independientemente de quién las haga, todo se vuelve relativo: si lo hago yo es porque era necesario para asegurar el mejor resultado posible, que es, casualmente, que yo gane. Así es como uno termina permitiéndose mentir de manera descarada durante una campaña electoral (por ejemplo, prometiendo que no va a aumentar los impuestos aunque sepa que va a hacerlo), dar apoyo a un vicepresidente que engaña a un país entero acerca de sus títulos académicos o escandalizarse ante el ejercicio de una forma elemental de control democrático como son las comisiones investigadoras.

También por esta vía uno se autoriza a no considerarse responsable de nada. Uno no es responsable de las familias que sufren como consecuencia del delito, ni de los miles de “ni-ni” que se están quedando sin futuro, ni de las empresas que cierran porque no pueden con el costo del Estado, ni del despilfarro de centenares de millones de dólares en Ancap. Nada de eso es grave porque lo hice yo. Si lo hubiera hecho otro, sería escandaloso.

El narcisismo moral es una enfermedad infantil de la izquierda que nos gobierna. Felizmente, cada día es menos sostenible.

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