Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Muñoz y la democracia

La interpelación realizada por el senador Pablo Mieres a la ministra de Educación y Cultura fue una ocasión bien aprovechada por la señora Muñoz para agregar dos nuevas perlas a su ya frondoso disparatario.

La interpelación realizada por el senador Pablo Mieres a la ministra de Educación y Cultura fue una ocasión bien aprovechada por la señora Muñoz para agregar dos nuevas perlas a su ya frondoso disparatario.

En declaraciones realizadas al día siguiente del llamado a sala, la ministra juzgó “paradójico que un senador con 3 por ciento de respaldo cuestione al presidente y a las autoridades”. Días después, al ser interrogada sobre eventuales cambios en la cúpula de la enseñanza pública, Muñoz respondió: “Cuando Mieres sea presidente, no hay duda de que cambiaremos todos”.

La ironía es un arma peligrosa. Cuando es usada con talento, puede mostrar la inteligencia y rapidez mental de quien la utiliza. Pero cuando es usada con torpeza, puede hundirnos en el ridículo. Esto es, una vez más, lo que le pasó a la ministra Muñoz. Sus declaraciones no debilitaron a nadie y solo dejaron en evidencia la extrema pobreza de su cultura cívica.

Para la ministra Muñoz, la democracia es un régimen en el que una mayoría gana y luego hace lo que se le antoja. A quienes quedan en minoría solo les queda obedecer y esperar una nueva oportunidad en las urnas. Por eso le asombra que un senador de un partido pequeño intente controlar a quienes gobiernan, y por eso asocia la idea de ganar las elecciones con cambiar a todo el mundo en todos lados.

Las democracias liberales (que la ministra no aprecia ni parece comprender) funcionan de una manera muy distinta. Su punto de partida es que todas las mayorías y todas las minorías son transitorias. Lo único permanente es el interés en evitar que alguien ejerza un poder sin límites. Queremos seguir siendo respetados y libres aunque circunstancialmente nos haya tocado estar en minoría.

Por eso, quien pierde en las urnas no ejerce el gobierno pero mantiene influencia y cumple tareas esenciales para todos: debe controlar a quien gobierna, criticarlo públicamente y exigir mejores decisiones. Complementariamente, quien ejerce el gobierno no puede hacer lo que quiera. Desde el punto de vista institucional lo frenan los procesos formales definidos por la Constitución y las leyes, y desde el punto de vista político lo frena (y también lo impulsa) el temor a convertirse en un blanco fácil para las críticas opositoras.

Un senador con el 3 por ciento de los votos no solo tiene legitimidad para controlar y cuestionar “al presidente y a las autoridades”, sino que tiene el deber de hacerlo. Un ministro debe tomarse muy en serio sus críticas y reclamos, así como debe tomarse en serio los pedidos de informes que haga la oposición. Ningunear a un legislador porque está en minoría es ningunear a cada uno de los miles de uruguayos que lo votaron.

La señora Muñoz cree que la democracia es una simple cuestión de aritmética. No entiende de contrapesos, ni de equilibrios, ni de rendición de cuentas. Su visión de la democracia no solo es torpe y primitiva, sino también peligrosa. Exactamente como ella pensaba, por ejemplo, Benito Mussolini.

Lo bueno es que, con este episodio, los uruguayos hemos podido completar su retrato. Hasta ahora teníamos claro que la ministra Muñoz sabe muy poco de educación. Ahora sabemos que, además, tiene un déficit enorme de cultura política democrática. La pregunta es por qué el presidente Vázquez insiste en mantenerla en un puesto para el que evidentemente no está calificada.

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