Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Mujeres y docencia

La celebración del Día Internacional de la Mujer ha sido ocasión para recordar los múltiples aportes realizados por mujeres a la vida de nuestras sociedades, al conocimiento y a la cultura. En este marco, es oportuno rememorar la lucha librada por las feministas estadounidenses de fines del siglo XIX contra lo que consideraban una trampa peligrosa para las mujeres y, en general, para los profesionales de la enseñanza: la creación de instituciones exclusivamente dedicadas a formar docentes.

La celebración del Día Internacional de la Mujer ha sido ocasión para recordar los múltiples aportes realizados por mujeres a la vida de nuestras sociedades, al conocimiento y a la cultura. En este marco, es oportuno rememorar la lucha librada por las feministas estadounidenses de fines del siglo XIX contra lo que consideraban una trampa peligrosa para las mujeres y, en general, para los profesionales de la enseñanza: la creación de instituciones exclusivamente dedicadas a formar docentes.

Al igual que nuestro país, Estados Unidos tiene una larga tradición normalista (“escuelas normales” es el nombre que se dio inicialmente a las instituciones donde se formaban maestras). La construcción de una red de escuelas públicas iniciada en Massachusetts por Horace Mann fue acompañada casi desde el inicio por el desarrollo de una red de instituciones dedicadas a la formación docente. Entre 1840 y 1870, el número de escuelas normales pasó de 3 a 22. Esta expansión fue acompañada de otros procesos, como la rápida feminización de la profesión (que antes había estado mayoritariamente en manos de hombres), la consolidación de diferencias salariales respecto de las profesiones universitarias tradicionales y la aparición de los primeros síntomas de desprecio intelectual y social hacia los profesionales de la enseñanza.

Esta combinación de factores fue vista como algo más que una coincidencia por las primeras feministas estadounidenses. La maestra Susan B. Anthony, una de las activistas más visibles de la época, consideraba una tragedia que la docencia se convirtiera en una “profesión de mujeres”. Dirigiéndose en 1853 a una asamblea de maestros neoyorkinos presidida por hombres, dijo estas palabras que fueron recogidas por la prensa: “Me parece, caballeros, que ninguno de ustedes entiende realmente la causa del desprecio del que se están quejando. ¿No ven que mientras una mujer sea considerada incompetente para ser abogado, ministro o doctor, pero ampliamente capaz de ser maestra, cada hombre que elija esta profesión estará aceptando tácitamente que no tiene más cerebro que una mujer? ¿Y no ven que es también por esta razón que la docencia es una profesión poco lucrativa, dado que aquí los hombres tienen que competir con el trabajo barato de las mujeres?”.

Razonando de este modo, tanto Susan Anthony como Elizabeth Cady Stanton (la más intelectual de las dirigentes feministas de la época) se oponían a la creación de instituciones exclusivamente dedicadas a formar docentes, a las que veían casi condenadas a convertirse en establecimientos dedicados a formar mujeres que trabajarían en la docencia. En opinión de ambas, la única manera de convertir a la docencia en una profesión respetable y bien remunerada consistía en que los futuros docentes (hombres y mujeres) se formaran en las mismas universidades en las que se formaban los futuros médicos, abogados e ingenieros, y en contacto cotidiano con ellos. La formación docente aislada de la vida universitaria tradicional, escribía Stanton, se convertiría en un factor de “estancamiento intelectual” y era el primer paso hacia una dinámica de discriminación salarial y menosprecio social.

Recordar estas viejas luchas no solo vale como homenaje a aquellas aguerridas mujeres, sino también como punto de referencia para los debates y decisiones que hoy mismo nos toca procesar.

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