Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Moderados y radicales

Uno de los ejercicios preferidos de los analistas políticos consiste en medir el equilibrio de fuerzas entre moderados y radicales dentro de la izquierda. Así, por ejemplo, se especula que el episodio de Pluna va a debilitar al astorismo frente al MPP, o se alienta la esperanza de que la reciente renovación de autoridades en el sindicato de docentes de Secundaria reduzca la influencia de los radicales adictos a los paros.

Uno de los ejercicios preferidos de los analistas políticos consiste en medir el equilibrio de fuerzas entre moderados y radicales dentro de la izquierda. Así, por ejemplo, se especula que el episodio de Pluna va a debilitar al astorismo frente al MPP, o se alienta la esperanza de que la reciente renovación de autoridades en el sindicato de docentes de Secundaria reduzca la influencia de los radicales adictos a los paros.

El ejercicio es entretenido, pero ignora un dato central: al menos desde que el general Seregni fue desplazado como líder del Frente Amplio por Tabaré Vázquez (que lo desbordó por la izquierda) los radicales siempre han terminado en la posición dominante. Las sucesivas derrotas del astorismo y del propio Astori, el triunfo de la candidatura de José Mujica de cara a las últimas elecciones presidenciales y el desproporcionado peso del Partido Comunista en relación a sus votos son manifestaciones del mismo fenómeno.

No es que el ala radical consiga siempre el cien por ciento de sus objetivos. Claro que hay transacciones internas. Pero, en general, los éxitos del ala moderada consisten en evitar que los radicales pongan en práctica los puntos más extremos de su agenda. Aun cuando celebran sus propios logros (por ejemplo, su notoria influencia sobre la conducción económica), los moderados dedican más energía a resaltar lo que evitaron (“aquí no se hicieron los disparates de Argentina”) que a resaltar sus objetivos de mediano y largo plazo. ¿Qué tipo de economía quieren para dentro de 50 años? Esta pregunta sólo la responden los radicales: quieren el socialismo.

Hay poderosas causas políticas que explican esta dinámica, y entre ellas están los resultados electorales. Pero importa observar que, en un nivel más profundo, las causas son de orden conceptual: el equipamiento intelectual de la izquierda sigue siendo el de sus sectores más tradicionales. Los moderados no han sido capaces de generar una alternativa. Lo que hacen más bien es diluir ciertas ideas provenientes de la ortodoxia izquierdista y agregar otras nociones que toman prestadas a sus adversarios políticos (típicamente, las relativas a la economía de mercado).

La izquierda moderada uruguaya sigue sin desafiar el pensamiento económico marxista. Por ejemplo, ninguno de sus líderes va a decir en público que la idea de plus valía carece de valor analítico porque se apoya en una concepción del valor económico (la teoría del valor-trabajo) que ha quedado desacreditada. Del mismo modo, en lo político nadie va a desafiar públicamente el funcionamiento regimentado de la bancada parlamentaria, pese a que se trata de la aplicación de una idea leninista (el centralismo democrático) que de democrático sólo tiene el nombre.

Para administrar estas tensiones, los moderados suelen recurrir al doble discurso. En público adoran los tótems de la izquierda tradicional, mientras que en privado los atacan. Esto les trae algunas ventajas de corto plazo, pero al mismo los condena: mientras las ideas de base no sean cuestionadas, los radicales siempre conseguirán poner a los moderados contra las cuerdas, acusándolos de no ser suficientemente izquierdistas o de traicionar la unidad, ese valor supremo y paralizante.

En esas condiciones, es inevitable que los radicales sean los que pongan la música y los moderados queden condenados a bailar como puedan.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)