Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

La luz y el túnel

El miércoles pasado mucha gente se acercó al colegio Elisa Queirolo de Mailhos, ubicado en el corazón del Cerrito de la Victoria. Es probable que muchos no lo conozcan. Se trata de un pequeño colegio privado que desde hace años se esfuerza por ofrecer una educación de calidad a alumnos residentes en la zona.

El miércoles pasado mucha gente se acercó al colegio Elisa Queirolo de Mailhos, ubicado en el corazón del Cerrito de la Victoria. Es probable que muchos no lo conozcan. Se trata de un pequeño colegio privado que desde hace años se esfuerza por ofrecer una educación de calidad a alumnos residentes en la zona.

Un prejuicio infundado (como son todos los prejuicios) dice que los colegios privados son instituciones poderosas y con abolengo, que atienden a alumnos provenientes de hogares privilegiados. Pero eso solo es verdad para un puñado de instituciones. La gran mayoría de los colegios privados uruguayos son pequeños y frágiles, tienen un presupuesto muy bajo y se esfuerzan por educar a una población que está muy lejos de cualquier privilegio.

La razón por la que hace unos días tanta gente se acercó al colegio Elisa Queirolo de Mailhos es porque se hacía la presentación en sociedad de la Fundación Sophia, una iniciativa de la Iglesia Católica que fue creada a fines de 2014 por el cardenal Daniel Sturla.

La Fundación Sophia se dedica a dar apoyo pedagógico y administrativo a pequeños colegios católicos que funcionan en barrios populares.

Por una parte, la Fundación aspira a reforzar el trabajo educativo de esas instituciones, poniendo énfasis en áreas cruciales como matemáticas y lengua. En particular, el Centro Sophia de Innovación Pedagógica brinda cursos de perfeccionamiento para docentes, organiza evaluaciones de aprendizaje, propone planes de mejora pedagógica y realiza consultorías de diagnóstico y asesoramiento. Toda esta tarea se hace en el marco de convenios con universidades, obras sociales e institutos de formación. En el terreno de la administración educativa, la Fundación propone centralizar servicios con el fin de hacer economías de escala y asegurar un mejor aprovechamiento de recursos. En lugar de que cada pequeño colegio tenga su propia administración, la tarea se traslada a una unidad central que trabaja simultáneamente para varias instituciones.

La Fundación asiste actualmente a ocho colegios católicos montevideanos, pero sus planes van mucho más allá. Ya se están recibiendo solicitudes de colegios católicos del interior, y en los planes está integrar redes de las que también participen instituciones públicas. La Fundación Sophia se suma a muchas otras organizaciones privadas que están luchando por mejorar la educación de quienes más la necesitan. Colegios como el Jubilar, Impulso, Providencia o Ánima, y fundaciones como Niños con Alas, están ofreciendo a miles de jóvenes uruguayos lo que, lamentablemente, la enseñanza pública no está en condiciones de ofrecer.

La sociedad se mueve y busca soluciones, mientras el Estado sigue paralizado. Y, con demasiada frecuencia, quienes tienen una responsabilidad más directa en la crisis de nuestra educación pública miran con desprecio y desconfianza a quienes hacen el trabajo que ellos no están siendo capaces de hacer.

Cada día está más cerca el momento en que otros gobernantes (no los actuales, que ya han mostrado toda su impotencia) saquen a la educa- ción pública del pantano donde la han enterrado. A partir de ese día tendremos que mirar las cosas con menos rigidez mental, para sumar esfuerzos y aprovechar todas las experiencias. Entonces, una educación pública al servicio de los ciudadanos podrá aprender de lo que hoy está haciendo la sociedad.

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