Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Luis E. González

Durante algún tiempo compartimos una oficina en el apartamento que en esa época ocupaba Equipos Consultores en la calle Andes. Yo era muy joven. Él me parecía un señor mayor, aunque ahora caigo en la cuenta de que no había llegado a los cuarenta. Todos los días, a media mañana, Luis Eduardo González se levantaba de su escritorio, iba hasta la cocina y volvía con una bandeja donde había una tetera y dos tazas. Entonces, con cierta solemnidad, servía té de menta y los dos conversábamos un ratito antes de volver al trabajo.

Durante algún tiempo compartimos una oficina en el apartamento que en esa época ocupaba Equipos Consultores en la calle Andes. Yo era muy joven. Él me parecía un señor mayor, aunque ahora caigo en la cuenta de que no había llegado a los cuarenta. Todos los días, a media mañana, Luis Eduardo González se levantaba de su escritorio, iba hasta la cocina y volvía con una bandeja donde había una tetera y dos tazas. Entonces, con cierta solemnidad, servía té de menta y los dos conversábamos un ratito antes de volver al trabajo.

Sólo años después, cuando nos habíamos hecho amigos, le confesé que nunca me gustó el té de menta. Pero era tal la amabilidad de ese hombre que decírselo me parecía una guarangada. Cuando Luis Eduardo lo supo, no paraba de reírse.

“El sordo” González llegó a Uruguay en pleno retorno a la democracia, para hacer el trabajo de campo de la tesis doctoral que estaba escribiendo en Yale. La tarea consistía en encuestar a todos los diputados y senadores que habían sido electos en 1984. Era la primera vez que se hacía algo así en el país. Y para algunos jóvenes que éramos sus asistentes, fue el descubrimiento de un mundo nuevo.

Cuando Luis Eduardo volvió luego de doctorarse, se ocupó del área de opinión pública de Equipos Consultores. En aquel tiempo había muy poca experiencia de encuestas en el país y el instrumento tenía mala fama. El grupo de trabajo que formaron con César Aguiar y Juan Grompone, entre otros, cambió radicalmente esa situación. Unos años más tarde, los partidos no salían a festejar hasta que Luis Eduardo González no decía en la televisión que habían ganado las elecciones.

Cuando Luis Eduardo González y César Aguiar decidieron seguir por caminos diferentes, para muchos fue como si se separaran los Beatles. Pero la coexistencia y la sana competencia entre las dos empresas, Equipos y Cifra, fue buena para el país. Si hoy existe en Uruguay un mercado de encuestadoras comparativamente confiable y maduro, eso se debe en buena medida a la historia iniciada por aquellos dos hombres.

Luis Eduardo fue además un gran docente universitario. Durante años empezaba sus cursos con el mismo chiste: “Quiero advertirles que además de ser sordo no escucho nada”. A pesar de esa limitación, pocos como él conseguían mantener al auditorio en un puño.

Ese es el lado más visible de la vida de Luis Eduardo. Del lado más íntimo hay una formidable historia de heroísmo personal. Luis Eduardo nació con una sordera congénita que se le fue agravando con los años hasta volverse casi total. De joven tuvo un accidente de auto que casi le cuesta la vida y le dejó numerosas secuelas (el bastón con el que andaba era el signo más visible). Como si eso no alcanzara, también le tocó una viudez temprana y repentina.

Si se hubiera dado por vencido, nadie hubiera tenido derecho a criticarlo. Pero él no se rindió. Estudió en Uruguay, Argentina y Estados Unidos, fundó una preciosa familia, tuvo una destacada trayectoria internacional como académico, contribuyó a cambiar la historia de las ciencias sociales en Uruguay. Y a pesar de todas las dificultades y dolores, nunca perdió el humor, la caballerosidad ni la bonhomía.

Ayer, una pequeña multitud fue a despedirlo al Cementerio Británico. Fue el final de una época para las ciencias sociales y para la política de este país. Y fue el cierre de una vida hermosa.

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