Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Leer poco

Si usted está leyendo esta columna, probablemente haya escuchado más de una vez cómo se descalifica a alguien diciendo que nunca leyó un libro. Ese desprecio doctoral encierra varias confusiones (no es verdad que solo se aprenda leyendo, ni que la ausencia de lectura conduzca a la irracionalidad), pero al mismo tiempo incluye una cuota de verdad: ya bien entrado el siglo XXI, la lectura sigue siendo una fuente privilegiada de conocimiento y de reflexión.

Si usted está leyendo esta columna, probablemente haya escuchado más de una vez cómo se descalifica a alguien diciendo que nunca leyó un libro. Ese desprecio doctoral encierra varias confusiones (no es verdad que solo se aprenda leyendo, ni que la ausencia de lectura conduzca a la irracionalidad), pero al mismo tiempo incluye una cuota de verdad: ya bien entrado el siglo XXI, la lectura sigue siendo una fuente privilegiada de conocimiento y de reflexión.

Hay, sin embargo, algo peor que no haber leído nada, y es haber leído muy poco.

El lector de un solo libro (o de apenas algunos) tiende a quedar deslumbrado con lo que leyó y a convertir sus escasos descubrimientos en verdades reveladas. Su breve experiencia lectora le abrió un horizonte nuevo y estimulante, pero todavía no le permitió descubrir que sobre cualquier tema complejo hay muchos autores inteligentes diciendo cosas que se contraponen.

Al lector de un solo libro (o de muy pocos) todavía le faltan algunas experiencias cruciales, como la de entusiasmarse con un autor para descubrir más tarde que hay otros igualmente inteligentes que relativizan sus afirmaciones. Por eso, el lector escueto tiende a ser dogmático: repite acríticamente lo poco que aprendió, urgido por transmitir una verdad absoluta que solo él cree conocer.

Quien lee mucho, en cambio, aprende que la gente inteligente tiende a discrepar entre sí, que sobre cualquier asunto hay muchos enfoques valiosos y que formarse una opinión sólida sobre cualquier tema es un proceso trabajoso.

El que lee mucho también descubre que las posiciones inteligentes y elaboradas tienen una lógica interna, lo que hace difícil tomar prestados algunos fragmentos de una propuesta para emparcharlos con algunos fragmentos de otra. Si esa operación se hace sin el debido cuidado, es probable que solo lleguemos a un adefesio intelectual, carente de la más mínima coherencia.

En nuestro debate público se ve bastante gente que da la impresión de haber leído muy poco. Se les nota cuando se topan con alguna idea que les parece ajustada a sus convicciones y tratan de incorporarla sin tomarse el trabajo de entenderla del todo, ni de armonizarla con sus opiniones previas.

Un ejemplo al respecto es el reciente interés por la idea de Renta Básica Universal: una propuesta que viene siendo planteada desde hace más de 30 años por algunos autores muy respetables, pero que recién ahora llega a estas lejanas playas.

Algunos defensores de las transferencias incondicionadas creen que la Renta Básica Universal es simplemente una generalización de sus propias ideas. Por eso pasan a presentarse como sus defensores, con la satisfacción de poder invocar algunos nombres bien conocidos en el mundo académico.

El problema es que no han leído lo suficiente como para descubrir, por ejemplo, que la propuesta de Renta Básica Universal incluye el desmantelamiento del Estado de Bienestar tal como lo conocemos: no más asignaciones familiares, ni seguro de desempleo, ni nada por el estilo. Solamente un ingreso básico asegurado a todos. Cuando descubran esta clase de detalles (si es que eso llega a ocurrir), se van a llevar un susto. Mientras tanto, defienden una idea renga y, de paso, económicamente inviable.

El debate de ideas es una de las cosas más apasionantes que existen en este mundo. El problema es que, para participar en serio, hay que leer bastante.

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