Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Juzgar y entender

La ola progresista ha traído una epidemia de narcisismo moral: mucha gente está obsesionada por mostrar todo el tiempo que pertenece al bando de los buenos. En favor de ese objetivo está dispuesta a sacrificarlo todo, incluyendo su propia capacidad de entender. Lo que importa no es desarrollar una mirada lúcida, sino emitir juicios que expresen superioridad.

La ola progresista ha traído una epidemia de narcisismo moral: mucha gente está obsesionada por mostrar todo el tiempo que pertenece al bando de los buenos. En favor de ese objetivo está dispuesta a sacrificarlo todo, incluyendo su propia capacidad de entender. Lo que importa no es desarrollar una mirada lúcida, sino emitir juicios que expresen superioridad.

El narcisismo moral no es una enfermedad de estos tiempos, sino una inclinación propia de la condición humana. Tampoco echa raíces únicamente en estas lejanas playas. Basta recorrer la prensa internacional y las redes sociales para verlo activo en muchos sitios. Pero el peso que ha adquirido entre nosotros ha contribuido, entre otras cosas, a deteriorar la calidad de nuestro debate público.

Un síntoma claro de narcisismo moral consiste en demonizar o santificar palabras, sin hacer ningún esfuerzo por entender su significado. Un ejemplo entre otros posibles (en este caso, de demonización) es la expresión “capital humano”.

Desde que fue acuñada por el Premio Nobel Gary Becker, la expresión “capital humano” no solo se incorporó al lenguaje de los economistas sino también al de los especialistas en educación. Pero en estas tierras muchos la demonizan con un argumento que parece respetable. Ese argumento dice que es moralmente inaceptable tratar a las personas como si fueran un capital que se pueda invertir y del que sea posible extraer dividendos. El solo hecho de pensar de este modo es una falta de respeto a la dignidad humana.

El argumento suena bien y deja en una posición de superioridad moral a quienes lo formulan. Pero el problema es que es un disparate, porque todo él está fundado en un acto de ignorancia.

Desde Gary Becker hasta hoy, nadie mínimamente serio utilizó la expresión “capital humano” para referirse a la gente. El capital humano no está constituido por las personas, sino por los saberes y habilidades que las personas aportan a las organizaciones con las que se vinculan. Por eso, una organización que incorpora a un científico altamente calificado incorpora más capital humano que si incorporara a tres personas de baja calificación. Todos ellos son iguales en términos de dignidad humana, pero no son iguales en términos de los conocimientos y habilidades que aportan. Con la incorporación del científico, la organización podrá hacer cosas que antes no podía.

Cada uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con Gary Becker y su teoría del capital humano. Pero, para poder discutir seriamente, lo primero es preocuparse por entender lo que significa la expresión. Eso es justamente lo que no hacen aquellos que, sin haber leído una sola página al respecto, deciden que esas palabras son inaceptables porque erosionan la igual dignidad de los seres humanos.

Una vez que uno se preocupa por entender el concepto, queda claro que quienes hacen esa crítica no están discutiendo con nadie. Su supuesta victoria moral es puro humo. Pero eso no significa que la maniobra no dé resultado. Dado que hay muchísima gente que desconoce el significado técnico de la expresión “capital humano”, el argumento suena convincente en muchos oídos y genera aprobación y confort.

Los supuestos representantes del bando de los buenos obtienen así una victoria de corto plazo. Pero al mismo tiempo están contribuyendo a que, como sociedad, seamos menos lúcidos y más hipócritas.

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