Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

La izquierda en el espejo

Uno de los rasgos más curiosos de lo que suele llamarse “la izquierda” es la distancia entre la imagen que tiene de sí misma y los hechos. A todos en alguna medida nos miente el espejo, pero aquí el contraste es brutal.

Uno de los rasgos más curiosos de lo que suele llamarse “la izquierda” es la distancia entre la imagen que tiene de sí misma y los hechos. A todos en alguna medida nos miente el espejo, pero aquí el contraste es brutal.

La izquierda, por ejemplo, suele hablar como si tuviera el monopolio de la lucidez. Ellos son los inteligentes. Los demás están cegados por sus intereses o limitaciones. Pero cualquier repaso muestra que la izquierda tiene una llamativa tendencia al error.

Hace más de un siglo que la izquierda viene anunciando la crisis final del capitalismo. Muchos llegaron a ponerle fecha. Mientras tanto, lo que se derrumbó fue ese socialismo que, según los mismos análisis, era un paso irreversible.

En los años 60, la izquierda latinoamericana creyó ver la llegada del hombre nuevo que construiría sociedades socialistas. Lo que vino fue una ola de dictaduras de derecha. Antes de eso, la doctrina del “foco revolucionario” había mostrado su falsedad. En ninguna parte (ni siquiera en Cuba) hubo un pueblo que se levantara en respuesta a una insurrección guerrillera. El “Ché” murió en Bolivia sin haber podido reclutar un solo campesino.

La izquierda uruguaya compartió esos errores y agregó otros. Cuando se lee lo escrito por sus intelectuales en los años 60 y 70, lo que se percibe es provincianismo y encierro ideológico. En los años 80 y 90, los grandes cerebros de nuestra izquierda restaban importancia a la inflación y a los desequilibrios macroeconómicos. Y hasta hace poco desdeñaban áreas enteras del conocimiento, como la microeconomía y el management. Eso ayuda a entender lo que ocurrió con Pluna y Ancap.

La izquierda también suele verse como ejemplo de rebeldía y espíritu crítico. Pero los hechos muestran que su rasgo principal es la obediencia. Mientras Stalin fue aliado de Hitler, buena parte de la izquierda mundial, liderada por los Partidos Comunistas locales (incluido el uruguayo), se abstuvo de criticar al nazismo y dijo que la guerra era un problema entre capitalistas. Pero cuando Hitler invadió la Unión Soviética, esa misma izquierda pasó a declararse enemiga del “fascismo” (mejor no usar “nazismo”) y nunca más se habló del tema.

Fulgencio Batista fue aplaudido por la izquierda latinoamericana mientras gobernó en alianza con el Partido Comunista cubano. En 1944 viajó a Chile y fue recibido por Pablo Neruda, que lo calificó de “hombre del pueblo” y “restaurador de una democracia hermana”. Pero, cuando el aliado del Partido Comunista pasó a ser Castro, el propio Neruda escribió: “El que no está con Cuba, con su revolución, con Fidel Castro, está (…) del lado de la ignominia y de la traición”. No hubo preguntas.

La izquierda uruguaya estuvo masivamente a favor de un golpe militar en febrero de 1973 y en contra sólo a partir de junio. Y, con la excepción de Seregni, volvió a honrar a un militar golpista cuando apareció Chávez. El propio Seregni fue un héroe hasta 1995, pero fue maltratado cuando declinó su liderazgo. No lo invitaban ni a los actos. Más tarde se lo devolvió al pedestal, otra vez sin que nadie hiciera preguntas.

Esta obediencia casi militar vuelve a aparecer con el tema Ancap. El diputado Darío Pérez dijo cosas valientes y lúcidas, pero terminó alineado. Muchos frentistas de a pie hacen piruetas para justificar lo injustificable, aun ante sí mismos. Los de arriba, tranquilos.

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