Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Hora de evaluar

Esta semana los uruguayos cerramos una verdadera maratón electoral. Hace casi un año y medio que estamos en campaña. La cosa empezó a principios de 2014, con la preparación para las elecciones internas de junio. Luego fueron las elecciones parlamentarias (y primera vuelta de las presidenciales), el 26 de octubre. El 30 de noviembre llegó la segunda ronda de las presidenciales. Este domingo concluye el proceso, con las elecciones departamentales.

Esta semana los uruguayos cerramos una verdadera maratón electoral. Hace casi un año y medio que estamos en campaña. La cosa empezó a principios de 2014, con la preparación para las elecciones internas de junio. Luego fueron las elecciones parlamentarias (y primera vuelta de las presidenciales), el 26 de octubre. El 30 de noviembre llegó la segunda ronda de las presidenciales. Este domingo concluye el proceso, con las elecciones departamentales.

Algún día los uruguayos tendremos que revisar este extenuante calendario electoral, pero de momento conviene dedicarnos a evaluar nuestro propio desempeño. ¿Podemos sentirnos orgullosos de la larga campaña que hemos protagonizado? Porque de una campaña electoral no solo participan los candidatos, sino todos los ciudadanos.

Las opiniones más difundidas sobre este asunto no son siempre las más acertadas. Por ejemplo, muchos insisten en denunciar la falta de contenido. Pero, tanto si nos comparamos con otros países como si nos comparamos con nuestro propio pasado, esa crítica es infundada. Todos los partidos movilizaron equipos técnicos, todos hicieron esfuerzos de diagnóstico y todos presentaron propuestas de gobierno razonablemente precisas. Por cierto, no se trata de estudios académicos ni de nada parecido a una planificación estratégica. Pero eso no ocurre en ninguna parte del mundo. En comparación con las mejores prácticas democráticas, los partidos uruguayos no han hecho un mal trabajo programático.

Lo que sí ha faltado es debate entre los candidatos. Este es un déficit que nos deja mal parados tanto en relación a los demás como a nuestro propio pasado. Hay aquí una gran responsabilidad de quienes se negaron a debatir, en general escudados en el impresentable argumento de que no tiene sentido hacerlo cuando se va ganando. Si ese argumento fuera válido los debates no existirían, porque en todos lados las encuestas colocan a unos candidatos por delante de otros. Pese a eso, los debates son usuales en las democracias maduras.

Pero, si bien hay responsabilidad de los candidatos, también la hay de los ciudadanos. Si en muchas democracias se organizan debates, no es porque a los candidatos les guste sino porque saben que los votantes los castigarían si se negaran. Los debates son una exigencia de los electores, que quieren que los candidatos se midan cara a cara y muestren su capacidad de actuar con lucidez y autodominio en una situación exigente. Buena parte de los uruguayos ha decidido renunciar a ese reclamo.

Lo mismo vale para el otro gran rubro deficitario que es la calidad de la argumentación. En este terreno, la campaña que se cierra ha sido patética. Los intercambios de argumentos apenas han existido, ni siquiera a través de la prensa. Lo que primó fueron las descalificaciones personales, las estigmatizaciones, la caricaturización de las ideas ajenas, las pretensiones de tener el monopolio de la verdad y la virtud.

Todo esto también existe en las democracias maduras, pero hay dos cosas que llaman la atención. La primera es la gran frecuencia con la que se recurre a estas maniobras entre nosotros. Lo segundo es la ausencia de sanciones por parte de la opinión pública. Parece que en Uruguay se perdió el principal contrapeso contra estos abusos, que es la existencia de fuertes dosis de rechazo ciudadano. Tampoco en este caso podemos culpar solo a los políticos.

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