Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Historia reciente

La publicación de un libro de texto para escolares donde se compara al comunismo con la aldea de los Pitufos es un episodio bochornoso. Pero es también el resultado de haber hecho las cosas mal durante unos cuantos años.

La publicación de un libro de texto para escolares donde se compara al comunismo con la aldea de los Pitufos es un episodio bochornoso. Pero es también el resultado de haber hecho las cosas mal durante unos cuantos años.

La enseñanza de la historia reciente es un tema debatido en las sociedades democráticas. Algunas admiten esa práctica y otras prefieren detener la enseñanza de la historia bastante lejos del presente. Aquellas que optan por hacerlo con seriedad, someten el tema a debate público y rectifican el rumbo cuando hay objeciones.

Si una sociedad democrática decide introducir la enseñanza de la historia reciente, lo primero que debe resolver es cómo establecer el límite entre historia y presente. O lo que es lo mismo: cómo marcar la frontera entre la historia académica y el debate político en curso. Esta pregunta no recibe una única respuesta. Algunas sociedades optan por una moratoria móvil. Por ejemplo, consideran parte del presente todos aquellos acontecimientos cuyos protagonistas están vivos. Eso fija un límite que se va corriendo a medida que transcurre el tiempo.

Otras sociedades optan por un punto fijo, normalmente constituido por algún acontecimiento que marca un antes y un después. Durante los años de la Guerra Fría, era frecuente que ese punto se fijara en el fin de la Segunda Guerra Mundial. Era una manera de acercarse bastante al presente y al mismo tiempo evitar la consideración de sucesos fuertemente cargados de significado político. En el Uruguay de hoy, una decisión de este tipo sería, por ejemplo, detener la enseñan-za de la historia en marzo de 1985, es decir, en el momen- to de la recuperación democrática.

En cualquier caso, lo que ninguna sociedad democrática y pluralista considera aceptable es extender la enseñanza de la historia reciente hasta el triunfo electoral del partido que está ejerciendo el gobierno. Llevar las cosas hasta allí puede generar la ilusión de que la historia desemboca y culmina en ese hecho político, en lugar de verlo como un resultado de la normal alternancia en el ejercicio del gobierno.

Otro punto a definir es cómo se gradúa la enseñanza de la historia según la edad de los alumnos. Quienes creemos en la libertad pensamos que no hay nada mejor que exponernos a una diversidad de mensajes e interpretaciones, para que luego cada uno saque sus propias conclusiones. Pero lo que es verdad para los adultos, no lo es necesariamente para los menores de edad. Si exponemos a niños de diez años a un tiroteo de mensajes políticos y religiosos formulados con afán proselitista, es probable que solo generemos tensión y desconcierto. La vulnerabilidad al adoctrinamiento tampoco es la misma a lo largo de la vida. Por eso no es lo mismo enseñar historia reciente a alumnos de sexto de escuela que a estudiantes de bachillerato.

Hace una década, el Frente Amplio decidió introducir la historia reciente en nuestros centros de enseñanza. Pero no dio ninguno de estos debates ni propuso criterios que pudieran ser sometidos al escrutinio público. Actuó de este modo porque no estaba movido por una sensibilidad democrática genuina, sino por una visión gramsciana que lo impulsaba a servirse del sistema educativo para construir hegemonía.

Aquellas aguas trajeron estos lodos: el “pitufogate” es solo una consecuencia de la manera poco democrática en que se manejó todo el asunto.

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