Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

No hagan olas

El canciller Nin Novoa fue criticado en la interna frentista por la orientación que estaría intentando dar a su política comercial. Y el ataque lo preocupó lo suficiente como para que sintiera la necesidad de defenderse ante la Agrupación de Gobierno.

El canciller Nin Novoa fue criticado en la interna frentista por la orientación que estaría intentando dar a su política comercial. Y el ataque lo preocupó lo suficiente como para que sintiera la necesidad de defenderse ante la Agrupación de Gobierno.

El fondo de la discusión es materia de especialistas, pero lo interesante para quienes no lo somos es la estrategia elegida por el canciller. Ante las objeciones que estaba recibiendo dentro del propio Frente Amplio, la respuesta de Nin consistió en enfatizar que no hay ningún cambio de rumbo: el análisis de nuevas formas de apertura comercial, sostuvo, “lejos de ser un hecho improvisado o un cambio de rumbo, es un acto de responsabilidad”.

El canciller no defiende su política diciendo que es la mejor para el país, ni la más adecuada al contexto, ni nada parecido. Su argumento es que no está cambiando nada. Más aun, su fraseo sugiere que hay que elegir entre ser responsable y cambiar de rumbo.

Esta justificación en boca de un canciller llamaría la atención en buena parte del planeta. Asumir que la responsabilidad consiste en negarse a cambiar, sin mayores referencias al contexto, es una idea estrafalaria y potencialmente dañina. Si el Titanic hubiera modificado el rumbo a tiempo, nadie se acordaría de que un témpano se cruzó en su camino.

Pero lo de Nin está lejos de ser una originalidad. De hecho, es una respuesta bastante frecuente entre las principales figuras del Frente Amplio. Ante la ola creciente de rapiñas, hurtos y homicidios, el presidente Vázquez repitió durante meses que no pensaba cambiar su política de seguridad. Lo dijo y lo repitió como si se tratara de una virtud. Y cuando más tarde modificó su estrategia y convocó a la oposición, lo primero que dijo es que no iba a tocar al ministro.

Tal vez el único terreno donde el oficialismo habló transitoriamente de cambios fue el de la enseñanza. Durante la campaña, y en los primeros meses del actual gobierno, se prometió cambiar el ADN de la educación. Pero ese impulso reformista duró muy poco y, desde entonces, la frase ha sido enterrada. Nunca más se la escuchó en boca de nadie. Todos actúan como si decirla hubiera sido un error.

La cosa tiene su lógica. Uno de los rasgos más llamativos de nuestro debate educativo es que el solo hecho de proponer algún cambio es inmediatamente denunciado como un acto escandaloso. Querer cambiar es malo en sí mismo. Como si tuviéramos un sistema educativo perfecto, que solo pudiera empeorar si se le agregara o se le quitara algo. O como si los resultados que se están obteniendo fueran tan formidables que cualquier modificación implicara el riesgo de un deterioro.

El reflejo defensivo del canciller Nin Novoa es perfectamente ajustado al público al que se dirigía. El Frente Amplio se ha convertido en la fuerza política más conservadora, paralizada y estéril que existe en este país. No importa que tengamos la educación más desigual del planeta, que nuestros niveles de seguridad interna se desplomen o que nos hayamos convertido en un país comercialmente aislado en un mundo cada vez más integrado. Cambiar es malo y seguir como estamos es bueno. Por eso, la mejor manera de defenderse en la interna frentista consiste en decir que todo va a seguir como hasta ahora. Eso es lo que quiere escuchar una fuerza política bloqueada por los intereses creados y las rigideces ideológicas.

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