Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Ya gastamos el 6%

Es fácil tirar números mágicos sobre el gasto en educación, pero no es tan fácil hablar del tema con seriedad. ¿Cómo podemos saber si lo que estamos gastando es suficiente? ¿Debemos compararnos con nuestras necesidades, con los recursos disponibles o con lo que gastan los demás? Estas preguntas plantean desafíos conceptuales, pero también nos obligan a tomar decisiones operativas. Por ejemplo, ¿cuál es el indicador que debemos usar?

Es fácil tirar números mágicos sobre el gasto en educación, pero no es tan fácil hablar del tema con seriedad. ¿Cómo podemos saber si lo que estamos gastando es suficiente? ¿Debemos compararnos con nuestras necesidades, con los recursos disponibles o con lo que gastan los demás? Estas preguntas plantean desafíos conceptuales, pero también nos obligan a tomar decisiones operativas. Por ejemplo, ¿cuál es el indicador que debemos usar?

El gasto medido como porcentaje del PBI es de uso frecuente, pero sólo nos informa sobre un aspecto de la cuestión: el gasto en relación a los recursos disponibles. Además, puede conducir a comparaciones engañosas. Eso lleva a buscar alternativas, y entre ellas se destaca el gasto por alumno.

Pero también en este caso hay dificultades, porque “alumno” y “gasto” no quieren decir lo mismo en todas partes. En general, por “alumno” se entiende la cantidad de inscriptos al inicio de un año lectivo. Esto no plantea problemas en los países con bajo abandono, pero sí los genera cuando hay una diferencia importante entre quienes inician y quienes terminan un año lectivo. Dicho en breve: cuantos más alumnos abandonan, más artificialmente bajo es el gasto por alumno.

Una manera de evitar este problema es calcular el costo por egresado: el costo de producir un bachiller o un profesional no sólo incluye lo volcado en la formación de quienes terminaron, sino también lo gastado en quienes no llegaron al final. Cuando las cosas se miran de este modo, puede haber cambios en el paisaje. Por ejemplo, el costo por egresado de nuestra formación docente está lejos de ser bajo.

El otro problema es aclarar lo que cuenta como gasto. En general, lo que se considera en estas comparaciones es el gasto público en educación. Pero esto puede ser engañoso, porque mientras en algunos países casi todo el gasto educativo es público, en otros hay un componente significativo de gasto privado.

En países como Noruega, Finlandia u Holanda, casi no hay gasto privado en educación. Todo el financiamiento proviene del Estado. En Uruguay, en cambio, uno de cada cinco alumnos asiste a una escuela o liceo privado. A esto se suma otro factor. En los países con alto desarrollo educativo, la escuela o el liceo cubren todas las necesidades formativas de los alumnos. En Uruguay, en cambio, muchos padres mandan a sus hijos a una academia de inglés o de computación por fuera de la escuela o el liceo, o los envían a un club donde hacen natación, gimnasia o deporte, porque no existen las instalaciones correspondientes en los centros de estudios.

El resultado es que en Uruguay existe una diferencia importante entre el gasto público y el gasto total por alumno. Lo mismo vale para las comparaciones en términos de porcentaje del PBI. Cuando se dice que los países de Europa del Norte gastan más del 6 por ciento del PBI en educación, se está hablando del gasto público. Pero, según algunas estimaciones, en Uruguay existe un gasto privado en educación que se ubica en torno al 1,5 por ciento del producto. Por lo tanto, ya estaríamos en el 6 por ciento.

De aquí no se sigue ninguna conclusión acerca de cuánto hace falta gastar. Seguro que los uruguayos tenemos que seguir aumentando el gasto educativo para poder mejorar. Pero lo que no caben son las simplificaciones. No sólo hay que gastar más, sino que hay que gastar bien. Como no se hace ahora.


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