Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Futuro en riesgo

La senadora Mónica Xavier salió al cruce de cualquier sentimiento de superioridad que podamos sentir los uruguayos y advirtió que nuestro país no está a salvo de una crisis institucional como la que sufre Brasil. “Lo de Brasil no debe pasar en Uruguay -dijo-. Poder, puede. Las cosas son hasta que dejan de serlo. La democracia no es un maná del cielo”.

La senadora Mónica Xavier salió al cruce de cualquier sentimiento de superioridad que podamos sentir los uruguayos y advirtió que nuestro país no está a salvo de una crisis institucional como la que sufre Brasil. “Lo de Brasil no debe pasar en Uruguay -dijo-. Poder, puede. Las cosas son hasta que dejan de serlo. La democracia no es un maná del cielo”.

Las declaraciones de Xavier suenan tremendistas a corto plazo, pero son muy correctas si se considera un período más prolongado. La estabilidad democrática nunca está asegurada. Los uruguayos ya pasamos por la experiencia de creernos a salvo de las dictaduras que sufrían nuestros vecinos, sólo para descubrir un día que nos había pasado lo mismo que a ellos.

De modo que las palabras de la senadora Xavier son un buen antídoto contra la autocomplacencia. En lo que se equivoca por completo es a la hora de identificar dónde está el peligro. A ojos de Xavier, lo que puede desestabilizar nuestra democracia es la acción de una oposición que critica al gobierno y aspira a sustituirlo. Pero eso no puede ser malo para las instituciones, porque es justamente lo que toda oposición debe hacer. Lo que la senadora Xavier no percibe es que la mayor amenaza para nuestra estabilidad institucional reside en la incapacidad de su propia fuerza política para gobernar con seriedad y eficacia, porque eso impide solucionar los problemas que pueden terminar por acorralarnos.

Hagamos una única comparación con ese Brasil que hoy sufre una grave crisis política. Es verdad que la destitución de la presidenta Rousseff ha sido un episodio penoso, como también lo fue la corrupción generalizada de los gobiernos del PT. Pero, así y todo, nuestros vecinos se las han arreglado para tener una política educativa que incluye a grandes masas de alumnos, mejora la calidad y reduce las desigualdades internas (todas cosas que nosotros no hacemos). En el corazón de esa política hay una planificación estratégica que permite alinear las decisiones del gobierno federal con las que toman las autoridades de cada estado, al mismo tiempo que permite controlar el uso del dinero.

Hoy está vigente en Brasil un “Plan Nacional de Educación 2014-2024” que incluye 10 grandes directrices, 20 metas a ser alcanzadas, y un conjunto de indicadores y líneas de base que permiten monitorear avances y evaluar resultados. Cuando se pasa revista al listado de 20 metas para 2024, aparecen aspiraciones bien definidas como “triplicar la matrícula de la educación profesional técnica de nivel medio” o lograr que “al menos el 25% de los alumnos de educación básica” asistan a escuelas de tiempo completo. El grado de cumplimiento de estas metas es permanentemente monitoreado por un instituto independiente de quienes tienen la responsabilidad de ejecutarlas.

Brasil tiene hoy muchos problemas sociales y una institucionalidad democrática que enfrenta una situación límite. Pero, a pesar de todos los pesares, sus gobiernos han conseguido diseñar y aplicar políticas públicas modernas y profesionales que dan razones para esperar un futuro menos problemático. El partido de la senadora Xavier, en cambio, lleva más de una década despilfarrando recursos y perdiendo oportunidades. Sus políticas son antiguas, ineficaces e inevaluables. Aunque el riesgo no sea inmediato, allí es donde radican las peores amenazas para nuestra democracia.

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