Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Elección de horas

Las amenazas de paro en los liceos continúan, y ahora se suman algunas acusaciones graves. Dirigentes del sindicato montevideano de docentes de Enseñanza Secundaria (conocido por la sigla ADES), afirmaron que las autoridades educativas estarían “escondiendo” horas de clase disponibles en algunos liceos muy codiciados (se mencionó en particular al IAVA), ya sea para repartirlas entre docentes amigos o para forzar la elección de horas en liceos de la periferia.

Las amenazas de paro en los liceos continúan, y ahora se suman algunas acusaciones graves. Dirigentes del sindicato montevideano de docentes de Enseñanza Secundaria (conocido por la sigla ADES), afirmaron que las autoridades educativas estarían “escondiendo” horas de clase disponibles en algunos liceos muy codiciados (se mencionó en particular al IAVA), ya sea para repartirlas entre docentes amigos o para forzar la elección de horas en liceos de la periferia.

¿Se trata de una acusación bien fundada? La verdad es que nadie ajeno a la estructura burocrática de Secundaria está en condiciones de saberlo. En cualquier caso, la carga de la prueba recae sobre los dirigentes sindicales que hicieron la denuncia, quienes ahora deberán mostrar si se están comportando con seriedad o de manera irresponsable.

Pero lo importante es percibir que el centro de la cuestión está en otra parte. Lo que realmente importa para la sociedad en su conjunto es que esa acusación podría ser cierta (aun en el caso de que no lo sea), porque el sistema de distribución de horas que se utiliza en Secundaria es vulnerable a esa clase de arbitrariedades.

El sistema de distribución de horas de nuestra enseñanza media es centralizado, opaco y burocrático. Cada docente sabe cuáles son las horas entre las que puede elegir, pero no sabe por qué las demás horas quedaron en manos de otros docentes. Los directores no tienen la menor capacidad de influir en el proceso, ni tampoco de controlarlo. Quienes sí pueden hacerlo son las autoridades centrales (desde los inspectores hacia arriba), que son las únicas que pueden acceder al conjunto de la información.

Esta falta de transparencia es suficientemente grave en sí misma, pero a ella se suma la ausencia de todo mecanismo de rendición de cuentas. Las autoridades centrales no se sienten responsables de la distribución final de horas, porque quienes eligieron no fueron ellas sino los docentes. Y los docentes tampoco se sienten responsables del resultado final, porque cada uno se limitó a hacer la elección que le resultaba más ventajosa dentro de un marco de restricciones impuesto por otros.

Cada año lectivo se pone en marcha este perverso mecanismo, que no tiene paralelos en ninguna parte del mundo. Y el único resultado seguro es que casi todos saldrán perjudicados. Se perjudicará la mayor parte de los alumnos y sus familias (muy especialmente, aquellos de condición más humilde), porque se verán condenados a tener relaciones siempre transitorias con planteles docentes muy inestables. Se perjudicarán los directores, porque no tendrán condiciones para ejercer ninguna clase de liderazgo pedagógico. Se perjudicarán los docentes más jóvenes (en un sentido muy amplio del adjetivo “joven”, que abarca más de la mitad de la vida profesional), porque deberán contentarse con las migas que dejen caer los docentes más veteranos.

Frente a esta situación, los sindicatos han mantenido una actitud muy llamativa. Año a año denuncian todo lo que anda mal con la elección de horas, y ahora agregan denuncias potencialmente graves. Pero al mismo tiempo se han opuesto a todos los intentos de modificar el sistema vigente.

A primera vista parece una actitud incoherente, pero tal vez sea buen negocio para algunas dirigencias. El centralismo y la burocratización benefician a quienes quieren acumular cuotas de poder.

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