Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Educación y dinero

El gasto educativo es uno de los grandes temas de debate en todas las sociedades democráticas. Y lo que se discute no es solo cuánto debe gastarse, sino cómo evaluar si es suficiente o no.

Una práctica frecuente es medir el gasto educativo como porcentaje del PBI. Se trata sin duda de un dato importante, pero no siempre es fácil de interpretar (porque el PBI varía a lo largo del tiempo) y puede conducir a comparaciones engañosas (en especial si no atendemos a la estructura demográfica de cada sociedad).

Una manera de salvar este problema consiste en dividir el gasto entre el total de personas en edad de ser escolarizadas (o comparar el gasto educativo como porcentaje del PBI con el porcentaje que ese tramo de edades representa sobre el total de la población). Este indicador nos permite hacer comparaciones internacionales sobre las necesidades de financiamiento educativo. Imaginemos dos sociedades con igual población que gastan la misma cantidad de recursos en la enseñanza. Pero supongamos que una tiene a la mitad de sus habitantes entre los 4 y los 18 años, mientras que la otra solo tiene al 25 por ciento. La población y el gasto son iguales, pero la cantidad de dinero disponible por cada alumno a incorporar será en la segunda el doble que en la primera.

El problema de este indicador es que, si bien nos informa sobre la relación entre el financiamiento disponible y el tamaño de la tarea a cumplir, no nos dice nada sobre lo que está ocurriendo. Imaginemos ahora dos sociedades con la misma cantidad de integrantes y con la misma estructura demográfica (por ejemplo, supongamos que ambas tienen al 40 por ciento de la población entre los 4 y los 18 años).

Supongamos además que las dos están gastando lo mismo en educación. Esto no significa que ambas situaciones sean iguales. Podría pasar que la primera esté escolarizando al total de habitantes en edad de ser escolarizados, mientras que la segunda solo llegue a un tercio. En ese caso, la primera sociedad tendría una enseñanza masiva y probablemente desfinanciada, mientras que la segunda tendría una educación elitista y con abundancia de recursos.

De modo que tampoco este indicador nos da todos los elementos de juicio que necesitamos. Y la manera usual de resolverlo consiste en recurrir a un tercero, que es el gasto por alumno. En este caso no estamos comparando el gasto real con la cantidad ideal de alumnos que podrían incorporarse al sistema, sino con los que efectivamente lo hicieron. Esto es un gran avance si queremos evaluar la disponibilidad de recursos de un sistema educativo tal como está funcionando. Se trata de un dato crucial en términos de gestión, al tiempo que facilita las comparaciones entre sociedades.

Pero, lamentablemente, todavía no hemos encontrado el indicador perfecto. Las comparaciones en términos de gasto por alumno pueden dar lugar a confusiones tan serias como las que genera el gasto medido como porcentaje del PBI. Que esto suceda o no depende básicamente de lo que se entienda por gasto y de lo que se entienda por alumno. Y aquí también hay problemas, porque no en todas partes esas dos palabras quieren decir lo mismo. Por esta razón, dos sociedades que tengan un gasto por alumno similar pueden estar en situaciones distintas, o dos sociedades que tienen gastos por alumno muy diferentes pueden estar menos alejadas de lo que parece.

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