Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Los derechos

La polémica entre el arzobispo de Montevideo, las autoridades educativas y los movimientos que representan a las minorías sexuales se ha convertido en uno de los episodios más visibles de este fin de año. Se trata de un debate complejo que toca asuntos vitales. Por eso es frecuente en las sociedades democráticas.

La polémica entre el arzobispo de Montevideo, las autoridades educativas y los movimientos que representan a las minorías sexuales se ha convertido en uno de los episodios más visibles de este fin de año. Se trata de un debate complejo que toca asuntos vitales. Por eso es frecuente en las sociedades democráticas.

El tema puede ser analizado desde varios ángulos, pero hay uno que merece especial atención. Se trata de la tendencia general, en este caso encarnada por los movimientos de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, a defender cualquier posición desde lo que suele llamarse “la perspectiva de los derechos”. ¿Se trata de una estrategia razonable?
La pegunta no es si los derechos son o no son importantes. Por supuesto que lo son. La pregunta es si conviene apelar a algo tan importante como los derechos para plantear cualquier demanda o procesar cualquier debate. A primera vista puede parecer que sí, pero un examen cuidadoso plantea dudas.

Si reducimos todas las demandas y debates a una cuestión de derechos, corremos el riesgo de trivializar un concepto clave para nuestro orden institucional. Con un poco de imaginación, cualquier tema puede convertirse en una cuestión de derechos. Por ejemplo, puede sostenerse que el alumbrado público o el mantenimiento de las rutas son un tema de derechos humanos, porque condicionan el ejercicio de la libertad ambulatoria. O que el endeudamiento público es una cuestión de derechos, porque afecta el margen de acción de las generaciones futuras.

El filósofo Ronald Dworkin decía que los derechos son como los comodines en los mazos de cartas: tienen la capacidad de bloquear a cualquier otra. Pero, para que los comodines puedan cumplir su función, tienen que ser pocos. Un mazo únicamente compuesto de comodines es lo mismo que un mazo sin comodines. Algo así puede pasarnos si recurrimos a la noción de derechos para resolver toda controversia. La idea de derechos nació para priorizar la defensa de cosas extremadamente importantes, como la vida, la libertad y la integridad física. Si reivindicar un derecho es lo mismo que afirmar una preferencia particularmente intensa, eso se pierde. No es buena idea perder la capacidad de priorizar.

Complementariamente, si todo se vuelve una cuestión de derechos, ya no es posible distinguir entre un Estado que mata o tortura y la Intendencia Municipal de Montevideo, responsable de que haya calles intransitables. Y si bien las dos cosas están mal, parece claro que no son lo mismo. El día que todo se haya reducido a la “perspectiva de los derechos”, todos nos habremos vuelto violadores de los derechos y las diferencias serán una cuestión de grado.

Por último, reducir todos los temas a una cuestión de derechos tiene el efecto de paralizar el debate. Si todo se vuelve un deber primario del Estado, entonces no hay nada que discutir. Quienes se opongan a ciertas decisiones políticas (desde aumentar el presupuesto educativo hasta recibir prisioneros de Guantánamo) dejan de ser ciudadanos con otras opiniones para convertirse en monstruos que no respetan los derechos humanos.

Esto tiene la consecuencia de arrinconar a quienes no coinciden con la posición predominante. Y ese es un resultado preocupante, porque los derechos existen, ante todo, para proteger a quienes están en situación de debilidad o en minoría. 

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