Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Cuestión de identidad

A lo largo de una historia a menudo turbulenta, la sociedad uruguaya fue conformando una identidad que la diferenció de sus vecinas. Uruguay no solo fue una excepción en América Latina, sino una excepción orgullosa de serlo.

A lo largo de una historia a menudo turbulenta, la sociedad uruguaya fue conformando una identidad que la diferenció de sus vecinas. Uruguay no solo fue una excepción en América Latina, sino una excepción orgullosa de serlo.

Ese orgullo no nos impidió sentirnos parte de algo más amplio, pero colocó algunos mojones que debíamos respetar si no queríamos dejar de ser nosotros mismos.

Hacer el catálogo de esos valores identitarios puede, desde luego, dar lugar a debates. Pero hay al menos algunos puntos firmes. Por ejemplo, parece claro que esa identidad colectiva incluye un fuerte compromiso con los principios republicanos, como la idea de gobierno limitado o el respeto del orden jurídico como condición fundamental para la convivencia civilizada. No hay que olvidar que, en este país, los blancos no organizaban levantamientos armados para tumbar gobiernos sino para exigir cosas tales como el voto secreto. En cuanto a los colorados, uno puede discrepar frontalmente con la política económica y social de Luis Batlle Berres, pero no puede dejar de admirar su lealtad a los principios republicanos en una época en la que abundaban los experimentos de inspiración fascista, como el de Getulio Vargas en Brasil y el de Perón en Argentina.

También parece claro que la integración social y la igualdad de oportunidades fueron valores siempre apreciados por lo uruguayos. Creer que la sensibilidad social llegó al país hace diez años es desconocer una historia larga y fecunda. Está bien resaltar que Uruguay tiene hoy la distribución del ingreso más igualitaria de América Latina, pero está mal olvidar que eso es así desde hace muchísimo tiempo. Los indicadores sociales de Uruguay estuvieron en la punta del continente desde que se llevan estadísticas. Esto no solo vale para el ingreso sino también para el analfabetismo, la mortalidad infantil, el acceso a agua potable y muchos más.

Un tercer elemento razonablemente claro es que, a diferencia de lo que ocurre en otros países, aquí siempre se asoció la búsqueda del bienestar y la justicia social con la promoción de la cultura del trabajo, el respeto de la autonomía personal y el fomento de la responsabilidad individual. Ese es el origen del Uruguay meritocrático y fuertemente comprometido con la educación pública.

Esto es, al menos, parte de lo que hemos sido siempre. De esta misma cultura, aunque no solo de ella, se nutrió en los años setenta el tronco fundacional del Frente Amplio (digamos, el Frente Amplio de Seregni). Pero eso es lo que ha empezado a cambiar recientemente. Cuando hoy discutimos si las prestaciones sociales deben o no tener contrapartidas, cuando nos mantenemos paralizados ante la mayor crisis en la historia de nuestra educación pública, cuando ponemos en duda la supremacía de lo jurídico sobre lo político o cuando alineamos nuestra política exterior con el chavismo, no estamos simplemente procesando discrepancias políticas coyunturales: estamos debatiendo si vamos a seguir siendo la sociedad que hemos sido hasta ahora o si vamos a convertirnos en algo diferente.

Los conatos de reforma constitucional que emergen de un Frente Amplio cada vez más peronizado (es una fuerza política, es un movimiento, pretende ser una cultura alternativa a la vieja matriz republicana) parecen anunciar que se acerca el momento en el que, como sociedad, tendremos que decidirnos.

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