Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Dos caminos

El fin de semana pasado, Eduy21 puso en marcha la elaboración de una “hoja de ruta” para la reforma educativa. El hecho llamó la atención, entre otras cosas porque evidencia un extendido escepticismo respecto de lo que pueda esperarse del gobierno.

El fin de semana pasado, Eduy21 puso en marcha la elaboración de una “hoja de ruta” para la reforma educativa. El hecho llamó la atención, entre otras cosas porque evidencia un extendido escepticismo respecto de lo que pueda esperarse del gobierno.

Pero hay otra razón que explica la expectativa. Dentro de Eduy21 conviven sindicalistas y empresarios, militantes de diferentes partidos políticos, personas que han estado enfrentadas en el debate público.

¿Es posible que algo semejante llegue a buen puerto? Todo depende del camino que elijamos. Si seguimos el mismo camino que venimos recorriendo en otros temas (desde la política exterior hasta la basura en las calles), entonces solo podremos estancarnos. Pero hay esperanza si elegimos una vía alternativa.

El camino usual consiste en convertir cada problema en una batalla doctrinaria: antes de ver cómo resolvemos cualquier dificultad, tenemos que definir la concepción del ser humano que queremos promover y el modelo de país al que aspiramos. Solo después de haber generado grandes acuerdos en torno a esas definiciones podremos avanzar hacia ideas algo más específicas, como la concepción de ciudadano que vamos a impulsar (como si no existieran varias respetables). Y solo a partir de esas ideas-faro podremos derivar otras más específicas, como la clase de egresado de la educación media que queremos producir.

Puede que esta manera de encarar los problemas nos resulte familiar, pero la verdad es que es inusual y problemática. En primer lugar, no es así como funciona el mundo. En ninguna sociedad democrática existe una única concepción del ser humano ni un solo modelo de país. Lo normal es que convivan visiones y proyectos diferentes, impulsados por actores que compiten por influir sobre los acontecimientos. No hay un modelo de país común a todos los alemanes ni una concepción del ser humano suscrita por todos los canadienses. Los logros de estas sociedades no surgen de haber superado las discrepancias sino de haberlas vuelto fértiles.

Un segundo problema es que este enfoque suele hundirnos en la confusión. Muchos de quienes exigen definir un modelo de país son incapaces de ir más allá de oscuras generalidades cuando se les pide que lo hagan. Muchos de los que piden acuerdos sobre una concepción del ser humano, solo aportan algunas vaguedades bienintencionadas cuando se les pide que expliciten la suya. Que cada uno haga el intento.

Por eso es mejor el otro camino, que consiste en construir acuerdos de alcance medio sobre problemas y sus soluciones. Por ejemplo, en este país existen amplios acuerdos sobre los problemas que aquejan a la enseñanza. Empecemos entonces por buscar soluciones que podamos aceptar. Si muchos estamos de acuerdo en que hay que dar más estabilidad y autonomía a los equipos docentes, discutamos cómo hacerlo. Si muchos pensamos que la repetición tal como se viene practicando no es una buena respuesta a los problemas de aprendizaje, busquemos alternativas.

Este camino es viable para quienes comparten un mínimo catálogo de problemas y reconocen que nadie tiene el monopolio de la buena voluntad. Para avanzar no hace falta que nos pongamos de acuerdo en todo, sino ser capaces de recorrer juntos largos trechos del camino. De las discrepancias de fondo nos ocuparemos cuando nos paralicen. Pero puede que nos llevemos una sorpresa y eso demore en ocurrir.

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