Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

“Buenismo” criollo

La palabra circula desde hace años en el mundo de habla hispana. En general se la usa para describir a aquellas iniciativas que generan en sus autores el confortable sentimiento de pertenecer al bando de los buenos, sin que importe demasiado si traen o no algún beneficio para alguien. A los cultores del “buenismo” les alcanza con sus intenciones y sus emociones. Si luego el mundo no colabora, tanto peor para el mundo.

La palabra circula desde hace años en el mundo de habla hispana. En general se la usa para describir a aquellas iniciativas que generan en sus autores el confortable sentimiento de pertenecer al bando de los buenos, sin que importe demasiado si traen o no algún beneficio para alguien. A los cultores del “buenismo” les alcanza con sus intenciones y sus emociones. Si luego el mundo no colabora, tanto peor para el mundo.

En Uruguay estamos viviendo una epidemia de “buenismo”. Por ejemplo, ante la constatación de que solo una minoría de los jóvenes estaba culminando la educación media, los redactores de la última Ley de Educación incluyeron un ar- tículo que extendió la obligatoriedad desde los 15 hasta los 18 años. Como no se tomó ninguna otra medida pertinente, nuestra tasa de egreso de la educación media sigue siendo tan penosa como antes. Pero alguna gente tuvo la ilusión de haber hecho algo.

El “buenismo” criollo también se manifiesta en lo presupuestal. El oficialismo lleva años festejando el aumento del gasto en educación o en salud como si fueran fines en sí mismos. El axioma implícito es que, si se trata de gasto social, más gasto es mejor que menos, sin que importe cómo se gasta.

Pero eso es insostenible. Si un gobierno gasta más en educación o en salud, pero ese mayor gasto no se traduce en mejores aprendizajes ni en mejor atención médica para más gente, entonces estamos ante un retroceso: no solo se fracasó en resolver un problema, sino que ahora hay menos recursos.

En cualquier parte del mundo, el párrafo anterior sería considerado una trivialidad. Pero aquí hemos perdido los puntos de referencia. Si alguien pregunta si hubiera sido mejor gastar 500 millones de dólares en el Plan Ceibal o en construir escuelas de tiempo completo, enseguida aparecen voces indignadas que hablan de neoliberalismo y de insensibilidad social. Parecería que hablar de plata cuando se trata de asuntos sociales es inhumano.

La verdadera insensibilidad, sin embargo, consiste en no evaluar la calidad del gasto. En primer lugar, si el gobierno extrae centenares de millones de dólares de los bolsillos de los contribuyentes, debería sentirse obligado a mostrar que esa plata estuvo bien gastada. Los millones que recauda el Estado se traducen en hogares con menos recursos para satisfacer sus necesidades.

En segundo lugar, si un gobierno gasta centenares de millones de dólares en un programa, eso significa que no podrá gastarlos en otro. Y si el programa ejecutado no tiene resultados al menos equivalentes a los que hubiera generado la alternativa, estamos ante un costo social.

Podría pensarse que el “buenismo” solo es una forma especialmente hipócrita de marketing político. Pero esa es la parte sencilla. Lo verdaderamente grave es que muchos cultores del “buenismo” creen de verdad que están cambiando algo y se sienten satisfechos. Su problema no es la hipocresía sino la confusión mental: no se dan cuenta de que una cosa es hacer el bien y otra muy distinta es sentirse bueno.

El “buenismo” tiene raíces hondas en este país. Autores como Eduardo Galeano hicieron carrera y fortuna, no por la vía de volver más lúcidos a sus lectores (de hecho, su pobreza analítica es atroz), sino vendiéndoles el sentimiento de estar del lado de los buenos. Hoy, el “buenismo” se ha vuelto un rasgo característico de una izquierda que ha dejado de pensar.

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