Matías Chlapowski
Matías Chlapowski

Inevitable globalización

El comercio, la competencia, la innovación, el transporte, las comunicaciones cada vez más accesibles y baratas, la libertad; todo contribuye a la globalización.

El comercio, la competencia, la innovación, el transporte, las comunicaciones cada vez más accesibles y baratas, la libertad; todo contribuye a la globalización.

Esta se ha acelerado en los últimos tiempos, aunque el fenómeno en sí no es nuevo. Más bien es una constante del progreso de la especie. Desde que el ser humano bajó del árbol, comenzó a negociar, en el inicio con el intercambio de bienes en base al trueque. Eventualmente, empezó a trasladar productos en cierto volumen, para lo cual tuvo que domesticar al camello, al caballo, al burro, al buey y al elefante, apresar esclavos y lanzarse a navegar los ríos y el mar. Para mejorar el transporte se inventó la rueda, el barco, el remo, la vela, y para facilitar el intercambio apareció la moneda, la escritura y los asientos contables que permitieron una mayor fluidez de intercambio. Los fenicios en el Mediterráneo, establecieron los primeros asentamientos o “sucursales” para encauzar su actividad. Como se podrá percibir, ya se fue formando capital, el gran motor económico. El comercio, tanto por agua o por tierra, se fue desarrollando, por ejemplo, con la ruta de la seda desde Oriente, atravesando Asia, Asia Menor, hasta llegar a Europa.

El resto ya lo conocemos con más detalle. El avance de la humanidad no fue ni lineal ni justo. Fue interrumpido por las guerras, la codicia, la superstición y la ignorancia. Con el tiempo, la ciencia, a menudo combatida por la religión, fue ganándole a la ignorancia. Finalmente se comprobó que el planeta era redondo, que el Sol no rotaba alrededor de la Tierra, y los más osados, con la ayuda de la brújula (china) y los astros, se largaron a descubrir nuevos mundos. Los españoles, portugueses y luego los ingleses y franceses, exploraron nuevos continentes y llegaron también al Asia por vía marítima.

El mundo se benefició muchísimo de la actividad de estos aventureros, los padres de la globalización. El invento del fideo (chino) que llegó a lo que es hoy es Italia. La papa, el tomate y el maíz que llevaron los adelantados a Europa, y la vaca, el caballo, la oveja, el trigo, la vid y el olivo que llevaron a las Américas.

En Europa y la cuenca del Mediterráneo aconteció el ocaso del Siglo de Oro español, comenzó el declive otomano y surgió el poder francés, asentado en la tierra, y el británico y el holandés en los mares. Como nos recordó Jorge Batlle en algunas ocasiones, al ser derrotado Napoleón se liberó el planeta de muchas trabas al comercio, especialmente al marítimo, y se facilitó la independencia iberoamericana. España no pudo reconquistar su imperio. Se quedaron con Cuba y las Filipinas y algunas cosas más, al igual que Portugal, que eventualmente perdió Brasil, aunque mantuvo Angola, Mozambique, Goa Macao, etc.

El mercantilismo británico quedó asentado en el siglo XIX y con ello hubo más comercio, esta vez impulsado por el motor a vapor que trajo consigo también al ferrocarril, el canal de Suez y la tremenda expansión industrial que rebalsó el siglo XX, la que se acentuó con la llegada de la electricidad, la refrigeración, el motor a explosión y el canal de Panamá. La Primera Guerra Mundial creó una pausa. Gran Bretaña quedó debilitada y la posta la tomó EE.UU., una gran potencia industrial y agrícola, impulsora del comercio pero con sesgos proteccionistas. Otro gran golpe a la globalización fue la depresión económica que comenzó en 1929, seguida de la Segunda Guerra Mundial. Al final, el mundo quedó dividido en dos grandes bloques fuertes y otro amorfo, el de los no alineados. El capitalista progresó y el comunista encarceló y empobreció a su población (siguen haciendo lo mismo en Cuba, Corea del Norte).

Finalmente con Gorbachov que impulsó la transparencia (la Glásnot y la Perestroika), hizo implosión el imperio soviético y el chino, pegando un cambio radical. Después de la muerte de Mao, China adoptó un sistema mixto; capitalista pero con sistema político unipartidista. De la pobreza, ese gran país se convirtió en pocas décadas en la segunda potencia económica del mundo. Fue gracias al comercio, a la tradición de trabajar duro, al orden, al intercambio de tecnología y al gran impulso que se le dio a la educación que varios millones de chinos han sido becados y se recibieron en universidades occidentales. China se convirtió en una potencia.

¿Y a qué se debe la prosperidad en EE.UU., en la gran mayoría de las naciones europeas, en Japón, Corea, Canadá, Singapur, Australia, Nueva Zelanda? Todos ellos son el fruto de la globalización, del intercambio de conocimiento, de la buena educación, de gobiernos que a pesar de sus falencias, han hecho mejor las cosas. Llegó la informática que entrelaza al mundo; el contenedor metálico, otro gran invento, que actualmente se llevan hasta 20.000 en un barco, el flete aéreo. Además los avances en medicina y la importancia de la seguridad jurídica que tranquiliza al inversor. La globalización ha permitido que muchos países salgan de la pobreza o la mediocridad y se proyecten compitiendo con lo que mejor saben hacer. Los que se encierran y no compiten van quedando rezagados. Su población emigra, se degrada, se frustra. La globalización, entre otras cosas, ha permitido que los Estados pobres vendan a los ricos mejorando su nivel de vida, al tiempo que los avanzados se dedican a actividades más innovadoras. En la actualidad se ofrecen bananas ecuatorianas en Alaska, vino argentino en Holanda, carne uruguaya en Bora Bora (lo vi con mis ojos) y el mismo dentífrico en cualquier lugar del mundo. Se paga con una tarjeta de crédito emitida por un banco internacional. La globalización es tanto un desafío como una realidad. Nadie puede estar en contra. Sin embargo, hay quienes lo están...

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