Matías Chlapowski
Matías Chlapowski

La bomba atómica

En agosto del año 1945, los EEUU utilizaron contra el Imperio Japonés dos bombas atómicas, que resultaron en su pronta e incondicional rendición. Hasta la actualidad hay gente bien y mal intencionada, que critica con mayor o menor vehemencia la decisión del presidente Truman, de utilizar esa terrible arma. Setenta años después, vale la pena analizar ese acto con la perspectiva que nos da la historia y la información que poseemos hoy.

En agosto del año 1945, los EEUU utilizaron contra el Imperio Japonés dos bombas atómicas, que resultaron en su pronta e incondicional rendición. Hasta la actualidad hay gente bien y mal intencionada, que critica con mayor o menor vehemencia la decisión del presidente Truman, de utilizar esa terrible arma. Setenta años después, vale la pena analizar ese acto con la perspectiva que nos da la historia y la información que poseemos hoy.

Se debe hacer hincapié en varios factores entre ellos I) el temple de su población y la valiente tradición guerrera japonesa, sin duda un factor determinante que influyó en la toma de esa decisión. Recordemos los kamikazes, 2257 de ellos, que despegaron para estrellarse contra barcos. II) También que a las democracias les es difícil lanzarse en una guerra, pero les es prácticamente imposible parar antes de vencer al enemigo. Especialmente, si el pueblo considera que fueron injustamente atacados.

Varios meses luego de Pearl Harbour y su derrota en Filipinas, los norteamericanos comenzaron el contraataque. El avance contra los japoneses era lento y costoso como la campaña en las islas Salomón (Guadalcanal, Bougainville) y Nueva Guinea, lo estaban demostrando. Se calculaba que recién se vencería al Imperio en 1947 o 1948.

Para eventualmente desembarcar en Japón había que: I) acercarse a ellos para poder bombardearlos, destruir sus fábricas y quebrar su resistencia II) infligir grandes pérdidas a su flota III) Cortar su abastecimiento de combustibles y otras materias primas. Para acortar los plazos se adoptó la estrategia de saltear, en lo posible, las islas bien defendidas como Truk, Rabaul, Taiwan. Inclusive hubo mucho debate de no distraerse con reconquistar Filipinas. La idea del almirante Charles M. Cook, a cargo de la planificación estratégica, era dar grandes saltos y atacar objetivos interesantes, desde el punto de vista militar, pero eligiendo los más débiles.

Así fue seleccionado Betio, un pequeño islote de las Gilbert, parte del atolón de Tarawa, que había pertenecido a Gran Bretaña antes del comienzo de la contienda y había sido invadido por Japón. Su longitud era de unos 5 kilómetros de largo y unos 500 metros en la parte más ancha. Poseía un pequeño muelle. Los japoneses habían construido algunas fortificaciones y estaban construyendo una pista de aviación. La isla estaba rodeada de corales. Los suministros de cemento y ametralladoras para preparar su defensa no les llegaban, pues los submarinos norteamericanos hundían las provisiones.

En el momento del ataque, el 20 de noviembre de 1943, había en Betio 4.601 japoneses, de los cuales 2.571 eran “rikusentai”, infantería naval, 2.000 civiles de la compañía de construcción y el resto eran mecánicos de la fuerza aérea. Se lanzó contra ellos una flota de 50 navíos, entre los que había 3 acorazados, 5 portaaviones. Se sometió al islote al más intenso bombardeo naval y aéreo a la fecha y finalmente, 19.000 efectivos de la Segunda División de Infantería de Marina comenzaron a desembarcar, en varias oleadas, la primera de 5.000 hombres.

La isla cayó al comienzo del 4° día de infierno de sangre y fuego. Murieron 4.455 del bando japonés y el 99,7% de los “rikusentai”. Los obreros lucharon a la par de ellos. Los que fueron capturados, estaban casi todos heridos, mutilados, quemados o aturdidos, con sus tímpanos reventados, ciegos algunos. Los norteamericanos tuvieron más de 3.400 bajas (1.115 muertos). Pudieron haber sido muchos más de no haber tenido la suerte a su favor, ya que el enérgico contraalmirante Shibasaki, a cargo de la defensa, fue muerto el primer día, al ceder su búnker para armar allí un hospital y acomodar a los heridos. Se salvó el USS Ringgold, un destructor que estaba dando excelente apoyo dentro de la bahía, a los marines atascados en la playa. Recibió el impacto de dos cañonazos de grueso calibre cuyos proyectiles lo atravesaron sin explotar, causando relativamente poco daño. Normalmente, allí hubieran muerto muchos de sus tripulantes. La batería japonesa fue luego destruida y el Ringgold, aunque algo maltrecho y haciendo agua, siguió apoyando el desembarco.

Las islas Gilbert, estaban a miles de kilómetros de Japón. ¿Entonces como sería cuando se desembarcase en su sagrado suelo, se preguntaron los norteamericanos en Washington? Se calculó entonces que en el asalto final al terruño japonés, de no rendirse morirían 10.000.000 de personas en su defen- sa. Las bajas aliadas no serían menores, 1.800.000 de los cuales, no menos de 1.000.000 de muertos principalmente norteamericanos.

Por otra parte, la bomba atómica, desarrollada con tanto costo, estaba disponible. ¿Cómo no utilizarla para lograr, de una vez por todas, la rendición incondicional del tenaz y temido adversario, que había empezado la guerra? Truman no dudó y creo que pocos líderes, en su lugar, se hubieran opuesto.

Se descartó lanzar una bomba sobre Tokio, ya bastante castigada, por temor de matar al emperador y quedarse sin interlocutor para firmar la rendición. Se eligieron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Estas habían sufrido menos. Destruirlas causaría un mayor impacto sobre los líderes japoneses. Podrían así convencerlos del nivel de destrucción que tenía la bomba atómica.

Pocos días después de que estallara la segunda bomba, Japón capituló. Uno los beneficios colaterales fue que no hubo necesidad de hacer intervenir a las tropas soviéticas en el desembarco y posterior ocupación, si bien Stalin sacó su tajada.

El general Douglas Mac Arthur fue designado gobernador militar de Japón. Desembarcó sin escolta armada y uno de sus primeros actos oficiales fue visitar al emperador al palacio en vez de hacerlo comparecer. Con ese gesto se ganó la simpatía y el respeto del pueblo. Introdujo grandes y positivas reformas, políticas, sociales y económicas. En menos de una generación Japón se convirtió en una potencia económica mundial; Hiroshima y Nagasaki son hoy grandes ciudades con parques y arboledas. Atrás quedó el horror de la bomba y aquella cruel pero estratégica decisión norteamericana que finalizó la contienda.

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