Martín Aguirre
Martín Aguirre

El wilsonismo

La figura de Wilson Ferreira ha estado en el tapete en los últimos meses. Primero, por una película de Mateo Gutiérrez, hijo de uno de sus amigos, colega de exilio, y víctima de la dictadura de esos años. La película removió sentimientos, reflotó la épica de la política de antaño, y también algunas de sus miserias. Que no todo lo de antes siempre fue mejor.

Más recientemente, también por una declaración de su hijo Juan Raúl, que dijo que abandonaba el Partido Nacional debido a que allí no habrá espacio para el "wilsonismo". En los últimos años, Ferreira hijo ha ocupado cargos en las gestiones del Frente Amplio, por lo cual ha sido objeto de críticas, incluso de parte de familiares cercanos. Y ya desde tiempos de la transición, mantiene una pica personal con el expresidente Lacalle, que parece haber trasladado a su hijo, Luis Lacalle Pou.

Más allá de lealtades, genética, egos y urgencias, este reverdecer periódico de la figura de Wilson Ferreira, que hoy es reivindicado por gente de todos los partidos, invita a preguntarse un par de cosas. ¿Qué es el wilsonismo? ¿Cuáles son sus signos ideológicos? ¿En qué espacio político se puede encontrar su continuación?

Una micro referencia personal. Este autor se crió en un hogar marcado por dos cosas: una lealtad cuasi religiosa por la figura del extinto caudillo blanco y una biblioteca particularmente profunda en materia política. Sin embargo, no recuerda haber leído nunca un texto que esbozara de manera definitiva el canon del wilsonismo.

Existe sí una enorme cantidad de biografías, interpretaciones de su ideario de figuras cercanas y el famoso "Nuestro compromiso con usted". Ese sea tal vez el texto más citado para señalar lo que serían las bases del ideario wilsonista, al que algunos definen como "centro-izquierda". Pero tiene un problema central: se trata de un documento de campaña del año 1971, o sea 18 años anterior a la caída del Muro de Berlín, por señalar solo un pequeño episodio de relevancia posterior. Y buena parte de la vida política de Wilson Ferreira posdictadura lo mostró muy alejado de varios de los postulados centrales de aquel texto.

Entonces, ¿qué es lo que hace que su figura siga hoy tan vigente? ¿Hay un programa político "wilsonista" aplicable en 2017?

Acá entramos en el marco de las valoraciones personales, ya que las respuestas a estas preguntas pueden ser tan variadas como cuantos intenten responderlas.

Pero la sensación que da hoy es que si algo marca la revalorización de la figura de Ferreira es más una cuestión de personalidad, una actitud ante la vida política, una postura de compromiso, de sacrificio de intereses personales en aras del conjunto nacional. Pero también un carisma, una capacidad oratoria y una perspectiva de la globalidad del país, que resulta potenciada cuando se compara con lo que tenemos hoy.

Esto no quiere decir que haya que endiosar a una figura que no dejó de ser una persona de carne y hueso, y que seguramente merece una lectura crítica de varios de sus pasajes históricos. Tal vez uno de los más notorios, un exceso de soberbia y rencor en el período pre- dictadura que no debe haber colaborado en el final triste que tuvo el país. Y que no hay que descartar que una reconsideración de esos hechos haya sido parte clave de su decisión de apoyar la Ley de Caducidad.

Se suele decir que los hijos deben "matar" a los padres para que estos puedan ser valorizados correctamente. Como con casi todas las figuras de los 60 y 70, Uruguay aún se debe un análisis menos interesado electoralmente de esa época para poder dar a sus protagonistas la real estatura que tuvieron en la historia.

Ahora bien, todo esto no significa que no haya nada que rescatar hoy a nivel ideológico de Wilson Ferreira. La chance que da Youtube de ver muchos de sus discursos habilita identificar un par de preocupaciones centrales, que siguen tan vivas hoy como en los 60 y los 80. Un país macrocefálico, burocratizado, que vive de espaldas a su historia y a su principal producción como es el campo. Una sociedad con un estamento dirigente elitista, que lee la realidad más por manuales ideológicos y cifras del Banco Mundial que por conocer su historia y su presente. Un país donde el Estado, en vez de ser un apoyo para el desarrollo, es un fin en sí mismo, y un botín de reparto clientelar.

Parece curioso, pero muchas de las duras críticas que se pueden leer en sus discursos a la visión que generó el Uruguay de su tiempo, se aplican casi perfecto a las posturas gubernamentales de ahora. Entonces dentro de lo difícil de trasladar una visión política de hace 30 o 40 años, parece poco creíble que alguien que hizo bandera de sacrificar intereses personales en aras de lo que creía era lo mejor para su partido y su país, pudiera sentirse cómodo en otro partido que replica los mismos vicios contra los que se luchó. Y que usa los siempre escasos recursos públicos para intentar asegurarse un tiempito más a la sombra confortable del poder.

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