Martín Aguirre
Martín Aguirre

Vendiendo humo

El tema de la venta de marihuana estatal se presta para un análisis desde el humor. El triunfalismo de los burócratas, la excitación de los periodistas, y hasta el orgullo pueblerino ante las cámaras de TV internacionales, son un vergel para el sarcasmo y la ironía.

El tema de la venta de marihuana estatal se presta para un análisis desde el humor. El triunfalismo de los burócratas, la excitación de los periodistas, y hasta el orgullo pueblerino ante las cámaras de TV internacionales, son un vergel para el sarcasmo y la ironía.

Tal vez por un sentimiento contracorriente, que uno entiende inherente al periodismo, intentemos entonces analizar este tema desde una visión despojada de insidia. Y con una mirada menos convencida de que lo visto estos días sea realmente para generar festejos y alegrías.

Como decía hace días un amigo en las redes, empecemos a criticar el tema “por izquierda”. Estamos ante una medida fácilmente catalogable como “careta”. ¿Qué significa esto? Durante mucho tiempo, los usuarios de drogas usaron este calificativo despectivo para referirse a quienes no estaban en el tema. Pero el “careta” también se usaba para definir una postura ante la vida dogmática, materialista, intolerante, cerrada. O sea la contracara de quien estaba abierto a experimentar, a abrir la mente, a ser distinto, a no dejarse llevar por la presión de la masa.

Pues bien, esta norma es todo lo opuesto. Una ley diseñada por un conjunto de burócratas, que transforma el hecho de consumir una droga en un acto administrativo, donde usted va, pone su huella digital, y le dan un sobre aséptico, con un producto testeado, supervisado, regulado, que no tenga más de 2% de THC. No sea cosa que se me vuele mucho y se salga del canon aceptable. Y encima si usted osa criticar algo de esto, la nomenclatura bienpensante lo crucificará como facho, conserva o “de derecha”. ¿Hay algo más “careta” que esto? Disculpe, pero parece difícil imaginar a Peter Tosh, a Timothy Leary, a Bezerra poniendo su huella en un registro estatal, o comiendo fetuccinis de porro (palión) con un grupo de señoras de mediana edad y buen pasar en el Museo del Cannabis.

Un segundo aspecto extraño de todo esto de la marihuana en farmacias, es que los mayores beneficiarios no parecen ser consumidores. Viendo los números oficiales, parece claro que esos masivamente quedaron contentos con las medidas previas (el autocultivo y los clubes) y se retiraron del debate con discreción.

Esta es una medida que parece más beneficiar a los políticos que están haciendo gira por canales y medios, a los que consiguieron tareas bien pagadas en evaluación y estructura estatal, y a las dos empresas que plantan para el Estado. En uno de estos casos al menos, el de un importante financista uruguayo, esto ya habría generado buen dinero en la bolsa y algún suculento contrato para exportar producto, incluso más allá de lo que hoy tiene permitido plantar por ley. Con un agregado, es una apuesta sin riesgo, ya que el Estado le garantizó comprar todo lo que produzca, aunque después no se venda. ¿Es progresista ofrecerle un negocio sin riesgo a un millonario? ¿Que el contribuyente le financie el negocio a alguien que tiene una isla en el Mar Jónico?

Un tercer punto podría ser una severa interrogante sobre la selección de las prioridades del gobierno. Y del país en general. Por dar un ejemplo, desde hace años si usted tiene determinada edad y la desgracia de que le detecten algún problema de salud complicado, es probable que le tenga que hacer un juicio al Estado. Porque ese Estado dice que son tratamientos muy caros y que no tiene obligación de pagarlos ya que, en el fondo, a usted le queda poco. Es más, hace unos meses, el gobierno intentó meter en la ley de Presupuesto un listado de medicamentos, especialmente oncológicos, que no quería pagar aunque un juez lo obligara. La Suprema Corte lo declaró inconstitucional.

¿Cómo cree el amable lector que se siente un enfermo que, además de apechugar con ese diagnóstico, ve que ese Estado que hace lo imposible para no pagarle el tratamiento, se gasta recursos en financiar todo esto?

Ya se escuchan los comentarios: “Pará, ¡¿cómo vas a comparar una cosa con la otra?! “El Ircca tiene un presupuesto chico, y va a ganar plata con esto”. Un Estado que pierde en los casinos y en la distribución monopólica de combustible, ¿ganará produciendo marihuana? Lo otro, la plata sale toda del mismo lado, y que un Estado que hace eso con los enfermos, gaste aunque sea 10 pesos en bancar una estructura burocrática para asegurarse que al tipo que le gusta el porro y que no pone el mínimo de esfuerzo en plantar o asociarse a un club, pueda drogarse, es una señal poco edificante.

Más allá de estos tres puntos, hay un cuarto. Las drogas, todas las drogas, no son bobada. Quienes las hemos usado sabemos que lo que a mí me hace reír y distenderme, al de al lado le puede provocar un tema grave de salud. El furor bastante banal que hemos visto estos días con un tema así, que algunos han visto como algo progresista, moderno, solidario, a la vista de estos argumentos puede verse también como mucho más cerca de la frivolidad, el infantilismo y la irresponsabilidad.

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