Martín Aguirre
Martín Aguirre

El Uruguay que duele

Mario Rodríguez es un niño como hay tantos. Vive en el interior rural, como muchos, es buen estudiante, como muchos, tiene problemas económicos, como demasiados. Su salto a la fama se dio hace unos meses cuando Unicef decidió entronizarlo como el "niño cero falta", lo cual motivó una catarata de discursos oficiales, plagados de autoelogios y florituras, que mostraban todo lo bueno del país. Esta semana, la noticia de que él y su madre habían estado internados por desnutrición, mostró mucho de lo malo que sigue pasando en Uruguay.

Mario Rodríguez es un niño como hay tantos. Vive en el interior rural, como muchos, es buen estudiante, como muchos, tiene problemas económicos, como demasiados. Su salto a la fama se dio hace unos meses cuando Unicef decidió entronizarlo como el "niño cero falta", lo cual motivó una catarata de discursos oficiales, plagados de autoelogios y florituras, que mostraban todo lo bueno del país. Esta semana, la noticia de que él y su madre habían estado internados por desnutrición, mostró mucho de lo malo que sigue pasando en Uruguay.

El tema se podría abordar desde varios ángulos, desde los positivos como ser la actuación de la sociedad civil, que reaccionó de inmediato luego de que la maestra del niño diera la alerta, con donaciones, ofertas de vivienda y trabajo; hasta las negativos, como la respuesta de los organismos públicos, marcada por las justificaciones, la demagogia, y la atribución de culpas a otros. Siguiendo el camino marcado por Lucía Topolansky, que dijo hace poco que los medios solo miran las cosas malas (toda una epifanía), hacia allí apuntaremos.

El caso de Mario Rodríguez es una muestra de lo que puede ser el enfoque burocrático de un problema social. Para empezar, se usó con fines propagandísticos a un niño para mostrar las bondades del programa "Cero Falta", pero al parecer después no se siguió con la debida atención la marcha de ese niño modelo ya que sino, no se debería haber llegado a la situación que se llegó. Como gran gesto se le regaló una tableta electrónica, pero al parecer nadie averiguó que el niño vivía en una casa sin electricidad, por lo que la tableta poco uso iba a tener.

Cuando "saltó" la noticia de los problemas del niño, el ministro Olesker dijo que se estaba trabajando con él desde el 2005 y que se le daba una cifra de dinero que la madre luego desmintió. El subsecretario sostuvo que la noticia era una cachetada en la cara de los que acusan al Mides de "asistencialismo", y la directora departamental levantó sospechas sobre por qué había surgido la noticia. Además afirmó que "no corresponde exponer lo que sucede con ciudadanos vulnerables. Esto me tiene muy preocupada". O sea, una familia con la que el Mides trabaja hace 8 años tiene problemas de desnutrición, pero a ella le preocupa que el tema se haga público. El Mides es una entidad que cuenta con más de mil funcionarios, entre presupuestados, pases en comisión y no dependientes.

El año pasado ejecutó un presupuesto de 139 millones de dólares. Y sin embargo a solo 15 km de Minas, pleno centro del país, explota un caso así. ¿Nadie pensó en el ministerio que hay muchas familias que viven lejos de los centros urbanos donde funcionan las tarjetas "solidarias"? ¿Cuántos casos más como éste hay?

Pero hay otro tema que no se puede dejar de lado. Según los jerarcas está mal que se difunda y se "visibilice" (pobre castellano) a un niño vulnerable, con el afán de "vender".

¿No es acaso eso mismo lo que hicieron desde las cúpulas del Estado y sensibles organismos internacionales cuando se lo llamó "niño cero falta"? Que un burócrata critique a la prensa cuando deja en evidencia sus errores es, si se quiere, comprensible. Pero lo que inquieta es que ese discurso haga carne también entre los propios periodistas. Varios colegas han sido muy críticos con la forma en que se difundió esta noticia, señalando que se podría haber hablado del problema en general, con cifras y estadísticas, sin necesidad de poner nombres y rostros al tema. Incluso un importante periodista del medio acusó en un artículo a quienes difundieron la noticia de tener "intenciones no necesariamente puras", y dijo que "es muy discutible que se utilice la notoriedad de una persona para lograr que el público se interese en un drama social".

La realidad es que, por lo menos desde hace medio siglo, eso es justamente lo que hace el periodismo de calidad. Usar caras, rostros reales, tangibles, para mostrar las miserias humanas, que la sociedad prefiere no ver. Desde Truman Capote y su "A sangre fría", pasando por Nick Ut y su foto de la niña vietnamita quemada con napalm, o la tapa de Time con la cara de Aisha, la niña afgana con la nariz cortada por su esposo talibán. ¿A quién conmueve la noticia de que el 0,9% de los niños uruguayos viven en la indigencia? ¿A cuántos sacudió ver el rostro en carne y hueso de ese drama? El solo hecho de que haya periodistas que defiendan un trabajo descafeinado, de cifras y estadísticas, es una muestra de los graves problemas que tiene hoy esta sufrida profesión.

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