Martín Aguirre
Martín Aguirre

La última batalla del “Ñato”

Su barba blanca, su tono profundo, su respiración entrecortada. La imagen que presenta por estas fechas el ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, recuerda cada vez más al capitán Ahab, aquel viejo marino que en busca de una venganza perturbada contra Moby Dick, protagoniza una de las obras cumbres de la literatura mundial. El problema con el ministro es que no termina de quedar claro cuál es esa ballena blanca que lo obsesiona en el tramo final de su carrera política.

Su barba blanca, su tono profundo, su respiración entrecortada. La imagen que presenta por estas fechas el ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, recuerda cada vez más al capitán Ahab, aquel viejo marino que en busca de una venganza perturbada contra Moby Dick, protagoniza una de las obras cumbres de la literatura mundial. El problema con el ministro es que no termina de quedar claro cuál es esa ballena blanca que lo obsesiona en el tramo final de su carrera política.

Si nos guiamos por una larguísima entrevista publicada días atrás en el semanario Voces, el archienemigo del ministro es el “consumismo”. Un odio que comparte con muchos viejos líderes de la edad de oro de las revueltas sociales, que ven que hoy hasta el discurso más pasional claudica fácilmente ante una liquidación de championes. Según dijo Huidobro allí, “el planeta ha entrado en colapso”, “el desarrollo es un mito, el PBI es una estafa”. Y agregó que “los grupos ecologistas tuvieron la virtud de dar la señal de alarma. La macana es que nadie les hizo caso”. Lo curioso es que no hace dos años, Huidobro decía que los ecologistas eran “la izquierda cholula, amante de los pajaritos y las ballenas blancas, hija de la bobera, apartada de la realidad, pero bien financiada”.

Esto nos llevaría a pensar que la némesis del ministro puede ser la financiación internacional. Pues esta semana monopolizó los titulares por una polémica con Serpaj y otros grupos de derechos humanos que lo criticaron por no aportar más para resolver casos pendientes de la época de la dictadura. El ministro fue contundente: los acusó de ser “imbéciles”, que se dedican a “hacer bulla”. Y agregó: “Nosotros no tenemos una fundación extranjera que nos financia, a la que le tengamos que rendir cuentas para que nos sigan pagando el sueldo. Rastreen quién está financiándolos, y se van a encontrar con las peores fundaciones de EE.UU.”. Lo peor es que algo de razón tiene.

Si hay un fenómeno que viene marcando la política uruguaya (y mundial) es el de las ONG y grupos que dicen representar a la “sociedad civil”, que imponen temas en la agenda pública más allá de las prioridades de fondo de un país. Aquí hemos visto cómo asuntos como la marihuana, la ley de Medios, y tantos temas, han tenido prevalencia en la discusión pública por encima de otros que lucen más urgentes, como la crisis de la educación pública o la marginalidad social. Esta semana se pudo comprobar el peso de estos grupos, que lograron frenar la votación de una reforma del Código Penal, porque no estaban de acuerdo con parte del texto.

Se trata de organizaciones muy distintas, pero que rascando un poco tienen una cosa en común: sus fuentes de financiamiento. Estas provienen de fundaciones europeas o americanas, en muchos casos creadas por filántropos aburridos o magnates con agendas muy específicas. Quienes hayan visto la popular serie House of Cards, habrán notado en el personaje de Claire, la esposa del inescrupuloso Kevin Spacey, la personificación de este nuevo jugador de la política. Pero algo tampoco cierra en esta lucha del ministro, y es que él fue uno de los impulsores del tema de la estatización de la marihuana, cuyo paladín global y financista local es nada menos que George Soros. ¿Alguien dijo revuelta en Ucrania y Primavera Árabe?

Tal vez habría que buscar entonces la ballena blanca del ministro en otro lado. Quizá en el seno de su propio partido, donde suele recibir los peores ataques. Y es que allí parece haber una interna generacional feroz y digna de estudio. Por un lado los dirigentes más veteranos, esos que se cansaron de estar en la oposición y de perder elecciones. Que asumieron que para incidir en la política nacional debían ser gobierno, y adaptaron su discurso, moderaron algunas propuestas, y salieron a buscar apoyo donde su proyecto nunca lo había tenido: en el interior, en los militares, en el empresariado. Estos dirigentes enfrentan cada vez más el acoso de una nueva generación, acostumbrada a los cómodos sillones del poder, y que no entiende el porqué deberían claudicar en lo que consideran son pilares de un “proyecto de izquierda”.

De hecho, resulta extraño ver que desde el oficialismo se plantea como si en materia de “derechos humanos”, Huidobro fuera una isla dentro del Frente Amplio. Dejando de lado que tanto Mujica como Vázquez (las dos usinas electorales que han hecho posible esta década de gobiernos frentistas) comparten claramente su punto de vista. Alguien recordó esta semana cuando Huidobro dijo en un congreso del Frente Amplio en el 2003 que toquetear la ley de Caducidad era “piantavotos” y que “podemos renunciar a todo menos a la victoria”. Tres victorias más tarde, Huidobro parece estar cada vez más solo en su bote.

Las implicancias de este fenómeno para el futuro de la relación del oficialismo con el votante medio, son difíciles de predecir.

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