Martín Aguirre
Martín Aguirre

De los tiros a las risas

Cada vez que uno piensa que la política uruguaya atraviesa su peor momento, hechos globales muestran que siempre se puede estar peor. Las imágenes de Las Vegas y Cataluña pueden hacer creer que los papelones del caso Sendic, la debacle de ASSE, o las peleas internas de los blancos, son banalidades. Pero lejos de eso, a nuestra escala, el germen de lo que causó esos dramas late cada vez más fuerte en esta sociedad.

Las Vegas debe ser el lugar más extraño que este autor haya pisado. Y hacerlo 12 horas después de la peor masacre de la historia reciente del país no ayudaba a galvanizar sus aristas bizarras. En la misma manzana se podía ver a sobrevivientes del tiroteo colocando flores por sus amigos caídos, a unos fanáticos religiosos gritando que los muertos habían dado su vida por el resto de los pecadores, y a grupos de veinteañeros borrachos hasta las patas y festejando como si nada hubiera pasado.

La gran discusión en EE.UU., otra vez, es sobre el control de armas. Y de cómo una disposición constitucional, comprensible en el sigo XVIII como razonable desconfianza al despotismo estatal, habilita a que en 2017 un demente cualquiera pueda tener 40 fusiles automáticos con los que rociar a la audiencia de un festival.

La única explicación para esto es el poder que manejan en estos tiempos los pequeños grupos radicalizados, que logran en base a dinero y empuje polarizar tanto la discusión pública, que las mayorías razonables quedan de rehén.

Algo muy parecido es lo que pasó en España. Siendo de un país que ha debido padecer tanto para mantener su independencia, resulta difícil ser crítico con los catalanes. Pero el radicalismo que parece haber alcanzado esa sociedad, palpable por cualquier uruguayo con familiares allá o que observe las redes sociales, por momentos llega al ridículo.

Pero casi peor ha sido lo del gobierno. Mandar barcos cargados de policías a reprimir a señoras mayores y a cerrar a palazos salas de votación, por más ilegales que fueran, no parece la respuesta razonable de una sociedad sana a ningún desafío institucional.

El nivel de desquicio que se puede palpar hoy en las noticias españolas, con toreros reflotando banderas franquistas, y activistas catalanes manipulando fotos de la represión en Venezuela para acicatear a su base, no deja de ser un recordatorio cruel de cómo fue posible que esa sociedad hace menos de un siglo se masacrara en una de las peores guerras civiles de estos tiempos.

Es difícil no comparar toda esta locura con lo sucedido en Escocia hace apenas unos meses. El deseo separatista de Gran Bretaña de buena parte de la población, tan o más justificado históricamente que el catalán, se resolvió civilizadamente en un referendo. Y listo. Y en Cataluña, hasta hace muy poco, todas las encuestas daban que de hacerse una consulta en serio, el resultado sería similar. ¿Entonces?

Ahí es donde entra Las Vegas. Y entramos nosotros. Por un lado porque el tema en España es que la Constitución beneficia los discursos radicales de tal manera que hasta para conseguir un legislador, vale más el voto de los nacionalistas que el de los partidos "generales". El sistema premia a los extremismos, y más allá de comprensibles sentimientos locales, eso es lo que termina generando estos problemas. Ahora que se abrió la caja de Pandora, parece difícil que se pueda volver atrás.

Y no hay que olvidar que en Uruguay, gran cantidad de la población tiene una genética fratricida muy española. Por algo vivimos el primer siglo de vida independiente en guerra civil constante. Por algo pasamos lo que pasamos hace apenas 50 años. Y por algo estamos viendo algunas cosas que vemos hoy.

Un ejemplo frívolo pero revelador es el caso de la diputada comunista que se pone a reír en pleno homenaje a una figura histórica de su propio departamento. Ya saltan los que dicen que es una infamia digna de crucifixión, y quienes dicen que la risa es genial y que no hay que ser amargos. Cuando la verdad es que la risa es muy linda, pero hay lugares y lugares. Y que cuando se ocupan determinados sitios hay que asumir ciertas responsabilidades. ¿Es tan difícil analizar esto con un poco de lógica?

La sociedad uruguaya hoy enfrenta un desafío no tan diferente a la española, a la catalana, a la americana. La política local está marcada por grupos radicalizados de un lado y de otro, que empujan la discusión a niveles de exasperación que solo los benefician a ellos. Basta leer las posturas de sectores del FA sobre el caso del peón de Salto, o la de algunos dirigentes evangélicos blancos sobre las drogas o las opciones sexuales. ¿A qué porcentaje de la sociedad representan esas visiones? ¿Justifican la relevancia que les damos? ¿Quién se beneficia de que nos dividamos con esa dureza cuando la mayoría amplísima de la sociedad no tenemos posturas tan alejadas, y nos urgen otras prioridades? Como para pensar. Mientras estamos a tiempo.

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