Martín Aguirre
Martín Aguirre

Ni tanto ni tan poco

El gobierno festejó la firma con UPM como la final del mundo. Largos minutos en informativo central, la ministra Cosse tirando "selfies", el presidente Vázquez sacando pecho.

Del otro lado, muchos periodistas y formadores de opinión denunciaban la entrega de las joyas de la abuela a cambio de nada. ¿Dónde está la verdad?

Como suele suceder en el mundo real, la verdad se oculta más entre los grises de lo que se muestra entre los blancos y negros de quienes buscan generar impacto en una opinión pública cada vez menos crítica y sofisticada.

Lo primero que cabe decir es que no se trata de un contrato definitivo por el que UPM se obligue a construir nada. Es un acuerdo de inversión donde se deja por escrito las obligaciones a las que se compromete el gobierno durante los próximos dos años, para que en función de eso los finlandeses ejecuten la obra. En ese contrato Uruguay se obliga, a grandes rasgos, a dos cosas: a realizar inversiones multimillonarias en infraestructura, educación y otros rubros exigidos por la empresa, y a garantizar un marco tributario y laboral especial y más benéfico que el que soporta el uruguayo medio.

Esto ha sido visto por varios analistas como una entrega de soberanía y como un beneficio injusto para una empresa extranjera. Si dejamos de lado purismos ideológicos, la verdad es que el resultado del acuerdo, a la larga, parece muy beneficioso para el país.

Uruguay precisa desde hace una década un shock intensivo de inversión en infraestructura y un cambio radical en materia educativa. No hay nadie que niegue esto, salvo los burócratas que medran con el estado actual de las cosas. Está claro que si tras 10 años de crecimiento, con un gobierno con mayorías legislativas propias, y dos presidentes con el peso político de Vázquez y Mujica, no se hizo nada en este sentido, poco se podía esperar a futuro. Ahora, tentados por los billetes nórdicos, el gobierno se obliga por escrito a hacer estas inversiones y reformas. ¿Es para enojarse o para sentirse aliviado?

Que un presidente uruguayo necesite que vengan empresarios extranjeros a decirle que tiene que invertir en rutas y en educación porque así el país no funciona, puede ser triste. Pero en todo caso la culpa es nuestra, no de ellos.

Tal vez sea un poco más complejo el tema del régimen más beneficioso que se le da a una empresa extranjera que a las locales en materias tributaria y laboral. Pero también se puede ver esto con una óptica positiva. Por ejemplo desde el punto de vista didáctico: en algún momento la sociedad se va a dar cuenta de que todo lo que más o menos funciona en este país es porque lo hace con régimen impositivo y normas laborales diferentes a las generales. Entonces, ¿no sería mejor que todo el país tuviera un sistema más parecido a ese y así todos tuvieran la misma oportunidad de éxito? ¿Cuándo un político va a tener el ataque de honestidad de decir algo así?

Porque lo que reclaman los finlandeses no es el producto de alguna mente febril neoliberal privatizadora de los 90 motosierrística. Son simplemente cosas básicas de cualquier país normal, lo anormal es lo nuestro. Si esto sirve para que más gente se dé cuenta...

Por último está el tema ambiental. Y es ahí donde tal vez la cosa esté menos clara. Porque por más nórdicos que sean los de UPM, y por más serios y con cabeza de largo plazo que tengan los empresarios, no dejan de ser eso, empresarios, que deben maximizar rentabilidades y dar beneficios a sus accionistas.

La sensación que deja este acuerdo es que el Estado sigue omiso en un plan ambiental macro, que enfrente los problemas actuales que desafían al país, y que sea base sólida para un desarrollo empresarial sustentable.

¿Cuáles fueron los estudios previos del gobierno para definir dónde se puede habilitar una planta así? ¿Por qué seguimos con un sistema donde los estudios ambientales previos y las grandes definiciones están siempre en manos de las propias empresas? ¿Qué capacidad real tiene el Estado uruguayo de controlar y verificar que la información que viene de las empresas es real y que estas operan de acuerdo al interés general?

Porque, por ejemplo, en Uruguay padecemos desde hace años de una crisis en los cursos de agua, y según a quién se pregunte esta se debe a la agricultura, a lo que traen los ríos desde los países vecinos, o a carencias de saneamiento.

El ciudadano común y preocupado por estas cosas vive entre dos fuegos: por un lado un estamento político envejecido y con una cabeza desarrollista donde el medio ambiente es cosa de loquitos abrazaárboles, y por otro un grupo de loquitos abrazaárboles que parece que quisieran volver a la época neandertal. Y hay que aclarar que en este segundo grupo revistan algunos expertos de gran abolengo académico, pero que a la primera pregunta incómoda muestran reacciones propias de fanáticos.

Volviendo al principio, el acuerdo a primera vista parece positivo. Pero más que festejarlo como una final del mundo, parece más cerca a un modesto pase al repechaje.

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